No sé si hay muchas ciudades en las que se
pueda iniciar la ascensión a un monte desde su propio centro urbano. Intuyo que
no. Bilbao es una de ellas.
La ruta organizada por nuestro compañero
Jesus la iniciamos en el mismo Ensanche de Bilbao, en su plaza Circular. Y
ascendiendo por la plaza Zabálburu y el barrio de San Adrián realizamos la
aproximación a las estribaciones del Pagasarri. De las múltiples opciones que
existen para llegar hasta la cumbre elegimos el camino más “exigente” (bueno,
lo eligió el jefe) y en dos horas de recorrido ya estábamos disfrutando de la
magnífica panorámica que se observa desde su punto más elevado, a 671 m.
El descenso lo realizamos por otro camino, a
través de las laderas del Monte Arraiz, entrando en la zona urbana por el bilbaíno
barrio de Rekalde. Y, aunque no haya imágenes, también hubo buenas viandas (esa
empanada de bacalao, esa morcillita picante…)
Buen tiempo y ritmo suave para los 16,5 km.
de recorrido. ¿En la próxima nos atreveremos con el Ganekogorta?
Desde el centro de la ciudad
¡Esos cuernos!
Parece que vamos bien
Bilbao cada vez más abajo. O nosotros más arriba.
Un descanso. ¿Y a ese qué le pasa?
Se complica un poco
Ya estamos arriba
¿Y este hombre qué hace?
En la cumbre
Mirando al botxo
Al fondo el Ganeko... Para otro día
Pies andarines
Yo creo que es por aquí
Aparece Bilbao
Refrescando el gaznate en Arraiz
¡No podían faltar!
Con un racimo... de moras
Bajando y bajando. ¿Pero tanto hemos subido?
Cerdo urbanitas
Pinchando sobre cualquiera de las fotografías
se abre la galería de imágenes.
Hace
unos años decidí ser yo quien agasajara en una fecha en la que lo normal es
recibir felicitaciones y algún que otro regalo. Lo hice con un disco que
recogía 35 canciones asociadas a aquellos primeros 40 años de vida. Y prometí
que “dentro de 40 años… más”. No he esperado tanto para cumplir mi promesa.
En
2014 “subí a Youtube” mi primer vídeo, con el atrevimiento o la ingenuidad de
acompañar las imágenes con un tema musical de Miles Davis. No sé si fue él quien se retorció en su tumba o los
que chupan ahora de su música quienes hicieron saltar las alarmas (me inclino
por estos últimos) pero tuve que retirar de inmediato el vídeo bajo pena de no
sé qué. Alternativas: bucear en el farragoso mundo de los derechos de autor
para conseguir músicas libres o… jugar a músico y realizar mis propias
composiciones. Y he jugado. Tal atrevimiento ha derivado en estos dos años en
12 temas, y me ha parecido un número apropiado para juntarlos en un LP (o como
se llame ahora).
El
juego se ha convertido en ocasiones en un muro casi infranqueable y ha puesto
al descubierto lo que ya sabía: mis limitaciones e incapacidades para componer
e interpretar, aunque sea a través de la tecnología digital. Lo que ha
incrementado, aún más si cabe, mi admiración por todos esos músicos capaces de
generar universos sonoros. Me quito una vez más el sombrero, la gorra y la
boina.
Cuando
me metí en este charco, que ha resultado ser mucho más profundo de lo que
parecía a simple vista, imaginaba que una de las mayores dificultades con las
que me iba a encontrar sería conseguir el “tono” más o menos adecuado para
ilustrar de forma sonora las diferentes imágenes e historias: un tono dinámico,
épico, luminoso, trascendente… Y así ha sido. Sin embargo el mayor atasco ha
surgido con algo, a priori, mucho más banal: terminar los temas, las canciones.
Cerrar de forma coherente las últimas notas o los últimos acordes de una
melodía que, más o menos, podía funcionar. Nunca imaginé que fuera tan difícil,
al menos para mí.
Podría
extenderme mucho más sobre este viaje musical, apasionante y complejo a la vez.
Pero, al fin y al cabo, no ha sido más que un proceso de aprendizaje personal
que, probablemente, haya llegado a su punto final.
Son
músicas (o lo que sea) surgidas para acompañar imágenes, así que animo a
escucharlas con los ojos cerrados para que cada uno le ponga las suyas. Y pido
perdón, por usar el nombre de Miles
en vano, por atreverme a juntar notas sin ser músico y, sobre todo, por invitar
a escucharlas.
Bovina: Perteneciente
o relativo al toro o a la vaca.
Era
consciente de que aproximadamente por estas fechas se puso en marcha este blog
y escribí en él mi primera entrada (o “post”, o artículo…) Así que revisando
los archivos… ¡oh, sorpresa!, el 20 de Septiembre de 2011 echonovemberecho soltó amarras con una reflexión arquitectónica
titulada “La inspiración de Krier”, hace hoy
exactamente cinco años.
Un
lustro y 197 entradas después soy plenamente consciente de que este blog
“personal” está lejos, muy lejos, de haber conseguido la más mínima repercusión
mediática medida en términos o parámetros “google”: seguidores, público,
comentarios… No nació con esa intención, aunque esto pueda sonar ahora a
justificación o excusa. Pero sí puedo afirmar que echonovemberecho me ha exigido una cierta disciplina (una entrada
cada nueve días según la plantilla estadística), un ejercicio de atención y
reflexión continua, y me ha permitido una mirada sonriente hacia mi entorno,
entre otras cosas.
También
me ha hecho comprobar que el paso del tiempo no solo no ha disipado dudas y
vacilaciones sino que, por el contrario, ha hecho disminuir las pocas certezas que
podía tener sobre los grandes temas del mundo y de la vida. Tal vez por eso
haya centrado más mi mirada en las pequeñas cosas, en los detalles que me han
ido produciendo satisfacción y emoción en cada momento, pasando de la
indeterminación de lo “macro” a la comprensión de lo “micro”.
No
creo en los manuales de autoayuda ni en los presuntos logros de eso que se
viene llamando “inteligencia emocional”. Así que no voy a caer en la arrogancia
de pensar que este blog me ha ayudado a crecer en algo. Y mucho menos en la
ilusión o en la ficción de que pueda haber servido a alguien de “ahí afuera”. Diré,
simplemente, que me he divertido. Que hace cinco años con echonovemberecho empezó una bonita aventura. Y alguna historia más.
Hace
unos meses el cineasta austríaco Ulrich
Seidl estrenó su nuevo documental, “En
el sótano”, donde desvela qué ocultan sus compatriotas debajo de sus
impolutos hogares. En esos espacios a los que se accede a través de una
estrecha y empinada escalera mal iluminada parece que nada bueno puede
ocultarse. No hay prohibiciones ni tabúes y en ellos se puede dar rienda suelta
a todo tipo de fantasías y perversiones, ya sea en forma de objetos y
utensilios almacenados o en actividades “retorcidas” lejos de las miradas de
los demás.
Dice
Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de símbolos”: “Una escalera que comunica con un nivel
inferior al del suelo es siempre un símbolo de apertura hacia lo infernal”.
Esos lugares subterráneos de las viviendas provocan un “yuyu” del que la
literatura y el cine se han aprovechado para la ambientación de sus historias
de terror, horror y actos viciosos varios. Junto con los desvanes (unos abajo y
otros arriba), y apartados de lo que sí mostramos a los demás, recogen esa
parte subconsciente y oscura del ser humano. “Psicosis”, “El sótano del
miedo”, “Memorias del subsuelo”, “Drácula”, “Captivity”, “Secreto tras la
puerta”, “La torre de los siete jorobados”,
“La escalera de caracol” y tantos y
tantos otros, son títulos que se adscriben a esta tendencia de los submundos
ocultos dentro de los hogares “normales”.
El
caso es que los arquitectos, tal vez por un exceso de celo profesional, nos
empeñamos últimamente en diseñar sótanos en las viviendas en los que apenas
percibimos esa sensación de estar bajo el nivel del suelo. Nos las ingeniamos
para darles ventilación, hacerles llegar luz natural, los revestimos y los
amueblamos como si de una dependencia más de la casa se tratara. Y además les
damos usos confesables: sala de cine, txoko, gimnasio, bodega… Craso error. Catarsis,
prohibición, infierno, crimen, terror… Esos sótanos deben ser lugares
constructivamente inacabados y funcionalmente indefinidos. Espacios para ser habitados
por seres malignos o para convertirse en escenarios de acciones criminales y
tendencias psicóticas. Submundos “normales”.
La
noche anterior no conseguía conciliar el sueño. Vueltas y vueltas en la cama
hasta que, con la primera luz del día que se colaba por la ventana, saltaba
como un resorte. Me vestía apresurado. Mi estómago, encogido, apenas podía
aceptar una taza de leche con cola-cao. Bajaba a la calle y a través del
encachado de la plazoleta y el pórtico me acercaba, nervioso, a aquella pesada
puerta de madera de castaño. El interior aún estaba en penumbra. Subía por la
escalera hasta el coro y aferraba mis manos a la cadena que se descolgaba desde
el campanario. ¡Ya era mía! Sólo faltaba esperar la señal.
Llegaba
el momento. Las manos me sudaban a pesar del ambiente frío y húmedo. Los primeros
movimientos debían ser precisos y delicados. La cadena descendía y ascendía con
lentitud y unos primeros tañidos desacompasados empezaban a escucharse allí
arriba. Poco a poco el ritmo se iba incrementando, del movimiento y de los
latidos de mi corazón. La cadena empezaba a deslizarse con fluidez, era señal
de que la campana iniciaba su volteo. Lo más difícil estaba hecho. Había que
seguir incrementado el ritmo hasta conseguir un movimiento casi frenético,
abajo y arriba, abajo y arriba… La campana empezaba a repicar. Y había que
mantener ese repique durante un par de minutos, minutos que se hacían
interminables.
Cuando
ya mis hombros estaban doloridos por el esfuerzo había que mantener el control
del movimiento para, suavemente, ir ralentizando el repique y conseguir un
final progresivo y sin brusquedades. Cuando la cadena se detenía definitivamente
soltaba mis manos, agarrotadas, me giraba hacia la barandilla y dirigía mi
mirada hacia el retablo central, donde estaba él, con sus amplias orejas (para escuchar
bien el repique, pensaba yo) y la enorme llave aferrada en su mano izquierda.
Y, un año más, San Pedruco me guiñaba su ojo derecho en señal de aprobación.
Décadas
después vuelvo a entrar a la ermita de San Pedro Zarikete, que ha cambiado
mucho desde entonces. Luce curada
de sus heridas, limpia, luminosa.
Y, sobre todo, abierta a todos. A los que siguen creyendo en los
desembrujamientos, en las capacidades curativas del santo y en las bondades de
su agua bendita. Y a los que no. Pero unos y otros podemos hoy conocer y
rastrear la historia milenaria de San Pedro Zarikete, participar de sus
tradiciones vivas o disfrutar de un espacio recuperado para la cultura.
Yo
también me noté algo cambiado, han pasado unos cuantos años. Ya no sentí esa
necesidad de subir al coro para hacer repicar la campana. Pero sin embargo, al
salir, volví a mirar de reojo a San Pedruco. Los siglos no pasan por él. Es más,
le encontré incluso rejuvenecido y resplandeciente, gracias al “lifting” realizado por manos expertas. Cuando ya
retiraba mi mirada noté un leve gesto en su rostro: volvió a guiñarme su ojo
derecho.
de inmediato
le puse la etiqueta de “música country”. Error, era música irlandesa. Me
equivoqué, pero no del todo…
La patata
llegó a Europa procedente de Sudamérica en el siglo XVI. Tres siglos después, a
mediados del siglo XIX, la aparición de una plaga en su planta provocó lo que
se conoce como “la gran hambruna irlandesa”, una situación de falta de alimento
agravada por la actitud de los terratenientes británicos, que se extendió varios
años y que causó la muerte a más de dos millones de irlandeses. Otros dos
millones decidieron emigrar a un país que aún se estaba formando, los Estados
Unidos de América, en unas duras travesías atlánticas que también dejaron por
el camino un buen número de víctimas. Ahora son más de cuarenta millones los
estadounidenses con ascendencia irlandesa.
No podían
llevar mucho encima, pero la música no ocupaba lugar. Y desde su desembarco en el
Este del nuevo territorio fueron viajando hacia el Oeste con sus canciones y
sus instrumentos. Canciones que se fueron combinando con otras formas musicales
afroamericanas ya arraigadas en Norteamérica, como el blues, y la música
espiritual y religiosa, como el gospel. Derivando, ya a comienzos del siglo XX,
en lo que hoy conocemos como “música country”. Así que, de alguna forma, la
patata fue protagonista en ese viaje de ida y vuelta a través del Atlántico que
provocó la aparición de un nuevo género musical.
A finales
del pasado siglo XX un músico estadounidense, Steve Earle, viajó a Irlanda en busca, precisamente, de esas raíces
tradicionales. Recaló en Galway, ciudad situada en la costa Oeste. Y en uno de
sus paseos tuvo un encuentro, breve pero intenso, con una chica del lugar, que
le inspiró la canción titulada “The Galway girl”. La grabó con músicos
irlandeses y la incluyó en el álbum “Trascendental Blues” que se publicó en el
año 2000. La canción se hizo muy popular en Irlanda hasta convertirse en una
especie de “canción himno” que suena a diario en los “pubs” y que supone, de
alguna forma, ese punto de encuentro entre la música popular irlandesa y la
música country estadounidense.
Con todo mi
respeto y admiración hacia su creador, Steve
Earle, me quedo con la versión de un grupo irlandés, The Kilkennys. ¡Viva la patata!
The Galway
girl:
The Galway
girl
“Bueno, fui a dar un paseo por el largo y viejo camino
un día...
Me encontré con una pequeña chica y nos paramos a
charlar, un buen día...
Y te pregunto amigo, qué puede hacer un tío,
porque su pelo era negro y sus ojos azules,
y allí mismo supe que estaba en mitad de un
torbellino,
girando en el paseo a Salthill con una chica de
Galway.
Estábamos a mitad de camino cuando vino la lluvia, un
día...
y ella me invitó a ir a su piso en el centro, un buen
día...
Y te pregunto amigo, qué puede hacer un tío,
porque su pelo era negro y sus ojos azules,
así que la cogí de la mano y la hice girar sobre sí
misma,
y perdí mi corazón por una chica de Galway.
Cuando me desperté estaba completamente solo,
con el corazón roto y un billete a casa,
y te pregunto ahora, dime qué hubieras hecho tú,
si su pelo era negro y sus ojos azules,
He viajado mucho, he estado por todo este mundo,
chicos, nunca he visto nada igual a la chica de
Galway.”
Hace unas décadas dos proyectos de
rehabilitación llevados a cabo por el arquitecto Salvador Pérez Arroyo levantaron una gran polvareda. Me refiero a
sus intervenciones en los Monasterios de
San Pedro de Arlanza y de Carracedo, edificaciones que se encontraban en
estado de ruina. Su intervención consistió, básicamente, en una mínima
consolidación de los elementos en peligro, la protección de muros y de otros
componentes constructivos que se encontraban a la intemperie. Y poco más.
En aquellos momentos (años 80-90 del siglo
XX), en los que se empezaba a tomar conciencia de la necesidad de intervenir y
recuperar el patrimonio histórico, el debate arquitectónico sobre cómo llevar a
cabo dichas intervenciones era intenso y se movía en torno a dos
posicionamientos conceptuales: la mímesis (que no se notara la intervención) y
la diferenciación (que quedara formalmente expresada la actuación realizada).
Pero ambos planteamientos bebían de una misma fuente: la recuperación global de
la edificación para un uso concreto, similar al original o distinto. Eso sí, en
ningún caso se consideraba la posibilidad de mantener la construcción en estado
de ruina, eso era inadmisible. Mejor hacerlo desaparecer o desmontarlo y
trasladarlo piedra a piedra a algún museo. O venderlo al mejor postor (los
casos de espolio del patrimonio arquitectónico fueron continuos en la primera
mitad del siglo XX en nuestro país).
La propuesta de Pérez Arroyo no asumía, por tanto, la ortodoxia de las
intervenciones sobre el patrimonio histórico y fue tachada por muchos de
auténtica burla y despropósito. Mantener un edificio en ruinas no encajaba en
la mentalidad de la época. Y hoy sigue sin encajar. En una reciente edición de
un curso sobre arquitectura desarrollábamos un taller de rehabilitación en el
que los alumnos tenían que plantear propuestas para una antigua edificación
industrial en desuso. Todos optaron por dotar de nuevos usos y contenidos a la
antigua fábrica de harinas. Nadie planteó una propuesta de consolidación básica
de su estado actual que permitiera mantener su memoria histórica.
Viajando recientemente por las tierras celtas
de Irlanda he comprobado “in situ” lo
que ya había percibido a través de lecturas e imágenes: el concepto que, en la
cultura anglosajona, tienen sobre la ruina, en las antípodas de nuestra
estrecha y limitada visión. Hay edificaciones históricas que se rehabilitan y
se dotan de contenidos, por supuesto. Pero otras muchas, sin embargo,
envejecen, se “arruinan” y en décadas, o en cientos de años, morirán. Y esta
situación se percibe como algo natural.
Monasterio de Clonmacnois. Irlanda
Monasterio de Glendalough. Irlanda
El edificio que ha tomado sus piedras, sus
materiales, de la tierra, que ha cobrado vida con ellos, se los va devolviendo,
pasa a formar parte del paisaje, se cubre con la vegetación que lo va
invadiendo y se va fundiendo de nuevo con la tierra. Y en ese largo camino nos
explica su historia y nos recuerda a las gentes que han ocupado sus espacios en
tiempos pretéritos. ¿Existe metáfora más bella del ciclo de la vida? ¿No
estamos ante el más extraordinario proceso de “reciclaje”? Dejemos que algunos
edificios envejezcan y, ¿por qué no?, mueran con dignidad.
La R.A.E.
define refugio como “asilo, acogida o
amparo”. En terminología náutica se denomina puerto refugio “al que se utiliza sólo como abrigo para las
embarcaciones en tiempos duros”. Y en un libro que estoy leyendo aparece la
frase: “su amistad me sirvió de refugio en los momentos difíciles”. Si a esto
le añadimos términos como “refugio atómico” o “refugio antiaéreo” parece
evidente que el concepto refugio está
asociado, de forma indisoluble, a una situación negativa, de alto riesgo o
necesidad.
A pesar de todo
ello siempre he tenido un concepto “algo más amable” del término refugio. Que lo he “tuneado”, vamos. Y
he ido construyendo los míos propios. Lugares físicos, imaginarios, mentales,
que iban abriendo sus puertas cada cierto tiempo respondiendo a estados de
ánimo diversos, no siempre asociados con momentos de ofuscamiento ni de
oscuridad. Y uno de los espacios que, de forma recurrente, mejor me ha acogido se
encuentra en el mundo sonoro, en la música, en la música de jazz.
Desde
aquellos primeros conciertos en mi etapa universitaria (Dexter Gordon, Tete Montoliu, Ron Carter…) el jazz se instaló como
refugio de sólidos cimientos en mi parcela emocional y sigue manteniendo años
después su solidez y su funcionalidad. A pesar de algunas ausencias o
traiciones más o menos prolongadas siempre he vuelto a llamar a su puerta y a
disfrutar de su calidez y de su capacidad de fortalecimiento.
No soy capaz
de averiguar por qué el jazz y no otras músicas que también escucho. Tampoco sé
si la clave está en el swing, en la improvisación, en el fraseo, o en ser la
“música de los salvajes”, como la definía un periodista del The New York Times en 1924. Pero sí soy
capaz de percibir lo que me proporciona, precisamente fortaleza y energía,
emoción.
Así que,
cien años después de que apareciera por primera vez el término jazz asociado a la música, vuelvo una
vez más a mi refugio, a su refugio. Y esta vez me abrirá la puerta una mujer de
bellos ojos negros, Dee Dee Bridgewater:
Aprovechamos esta salida de primavera para
celebrar el quinto aniversario de nuestras rutas montañeras. Con un pequeño “obsequio”
para todas las personas (y animales) que habéis participado en ellas al menos
una vez y también para las que habéis manifestado vuestro deseo de participar
pero aún no habéis sudado la camiseta con nosotros. Obsequio en forma de vídeo,
en versión original sin voz en “off” (algunos ya sabéis lo que quiero decir):
El pasado sábado amaneció con el
cielo cubierto pero sin amenaza de lluvia. A medida que la jornada avanzaba el
cielo se iba abriendo y el termómetro iba subiendo. Y subiendo, subiendo, desde
el puente medieval de La Gándara sobre el río Agüera hasta la cumbre del Pico
las Nieves con su ermita recién encalada. Por el camino el barrio de Landeral,
con algunas construcciones curiosas, la cumbre de Castro Lucio y el collado de
El Toril. Y desde arriba magníficas vistas, a pesar de una ligera bruma, hacia
la costa y hacia el interior.
En otoño iniciaremos nuestro segundo lustro.
Queda mucho camino por recorrer.
(Pinchando sobre una de las
fotografías se abre la galería de imágenes).
“The Godoys Wanderers”, “The Godoys
Wondererers”, “Godoys Wonders”… A
lo largo de este año hemos visto y leído múltiples “versiones” del nombre de
este joven grupo bilbaíno. Sabía que las canciones podían ser objeto de versiones
pero el nombre… Siempre se aprende algo nuevo. Los citaré aquí como TGW y así
evito riesgos.
Hace poco
más de un año publicaron su primer EP con cinco canciones propias. Disco que
nos pilló casi por sorpresa porque sus primeros conciertos estaban basados
principalmente en versiones (ahora sí) de canciones de otros grupos y artistas.
¡Ah!, que ahora se dice “covers”. Pues vale. Así que sus composiciones habían
nacido en la oscuridad de su local de ensayo y empezaron a ver la luz y a rodar
desde la publicación de su trabajo.
Ahora dicen
que el segundo disco ya está en el horno a punto de salir. Que no se queme pero
que tampoco quede crudo. El punto justo de cocción no siempre es sencillo. Pero
en este caso el proceso ha sido inverso. Hace unos meses empezaron a sonar las
nuevas composiciones en sus actuaciones en directo. Y esas canciones fueron
creciendo, madurando e incorporándose a nuestro repertorio antes de pasar por
el estudio de grabación. Y dicen también que el disco que va a recoger estas
siete piezas se llama JAMIE. ¿Por qué? Se lo tendréis que preguntar a ellos,
una vez más. Aquí nos ofrecen un aperitivo refrescante, Watermelon:
En un
reciente concierto callejero de TGW un grupo de niños y niñas se “pegaron” al
escenario sobre el que apenas sobresalían sus cabezas. Y no perdieron detalle.
A uno le fascinó la guitarra roja, porque brillaba. Otro quería cumplir su
sueño, golpear los platillos con las baquetas. Dos niñas subían y bajaban la
cabeza constantemente, pero no en señal de asentimiento. Tenían entre sus manos
la carátula del disco e intentaban identificar a sus componentes. Ya solo
tenían una duda: entre el chico del “piano” y el de la guitarra. Les eché una
mano… e intenté convencerlas para que se llevaran el disco a casa. Hubo suerte,
a sus progenitores también les había gustado el concierto. ¿Quién dijo aquello
de “dejad que los niños se acerquen a mí”? ¿Jimi
Hendrix? ¿O Janis Joplin? Todos
los caminos llevan a la buena música, a la música hecha con pasión.
Música que
podremos escuchar el próximo viernes 10 de Junio en el Kafe Antzokia de Bilbao. La luz de JAMIE.