miércoles, 5 de octubre de 2016

ASCENSIÓN AL PAGASARRI (02/10/2016)


No sé si hay muchas ciudades en las que se pueda iniciar la ascensión a un monte desde su propio centro urbano. Intuyo que no. Bilbao es una de ellas.

La ruta organizada por nuestro compañero Jesus la iniciamos en el mismo Ensanche de Bilbao, en su plaza Circular. Y ascendiendo por la plaza Zabálburu y el barrio de San Adrián realizamos la aproximación a las estribaciones del Pagasarri. De las múltiples opciones que existen para llegar hasta la cumbre elegimos el camino más “exigente” (bueno, lo eligió el jefe) y en dos horas de recorrido ya estábamos disfrutando de la magnífica panorámica que se observa desde su punto más elevado, a 671 m.

El descenso lo realizamos por otro camino, a través de las laderas del Monte Arraiz, entrando en la zona urbana por el bilbaíno barrio de Rekalde. Y, aunque no haya imágenes, también hubo buenas viandas (esa empanada de bacalao, esa morcillita picante…)

Buen tiempo y ritmo suave para los 16,5 km. de recorrido. ¿En la próxima nos atreveremos con el Ganekogorta?

Desde el centro de la ciudad
¡Esos cuernos!
Parece que vamos bien
Bilbao cada vez más abajo. O nosotros más arriba.
Un descanso. ¿Y a ese qué le pasa?
Se complica un poco
Ya estamos arriba
¿Y este hombre qué hace?
En la cumbre
Mirando al botxo
Al fondo el Ganeko... Para otro día
Pies andarines
Yo creo que es por aquí
Aparece Bilbao
Refrescando el gaznate en Arraiz
¡No podían faltar!
Con un racimo... de moras
Bajando y bajando. ¿Pero tanto hemos subido?
Cerdo urbanitas 

Pinchando sobre cualquiera de las fotografías se abre la galería de imágenes.

domingo, 2 de octubre de 2016

MÚSICAS BOVBINAS


Hace unos años decidí ser yo quien agasajara en una fecha en la que lo normal es recibir felicitaciones y algún que otro regalo. Lo hice con un disco que recogía 35 canciones asociadas a aquellos primeros 40 años de vida. Y prometí que “dentro de 40 años… más”. No he esperado tanto para cumplir mi promesa.

En 2014 “subí a Youtube” mi primer vídeo, con el atrevimiento o la ingenuidad de acompañar las imágenes con un tema musical de Miles Davis. No sé si fue él quien se retorció en su tumba o los que chupan ahora de su música quienes hicieron saltar las alarmas (me inclino por estos últimos) pero tuve que retirar de inmediato el vídeo bajo pena de no sé qué. Alternativas: bucear en el farragoso mundo de los derechos de autor para conseguir músicas libres o… jugar a músico y realizar mis propias composiciones. Y he jugado. Tal atrevimiento ha derivado en estos dos años en 12 temas, y me ha parecido un número apropiado para juntarlos en un LP (o como se llame ahora).

El juego se ha convertido en ocasiones en un muro casi infranqueable y ha puesto al descubierto lo que ya sabía: mis limitaciones e incapacidades para componer e interpretar, aunque sea a través de la tecnología digital. Lo que ha incrementado, aún más si cabe, mi admiración por todos esos músicos capaces de generar universos sonoros. Me quito una vez más el sombrero, la gorra y la boina.

Cuando me metí en este charco, que ha resultado ser mucho más profundo de lo que parecía a simple vista, imaginaba que una de las mayores dificultades con las que me iba a encontrar sería conseguir el “tono” más o menos adecuado para ilustrar de forma sonora las diferentes imágenes e historias: un tono dinámico, épico, luminoso, trascendente… Y así ha sido. Sin embargo el mayor atasco ha surgido con algo, a priori, mucho más banal: terminar los temas, las canciones. Cerrar de forma coherente las últimas notas o los últimos acordes de una melodía que, más o menos, podía funcionar. Nunca imaginé que fuera tan difícil, al menos para mí.

Podría extenderme mucho más sobre este viaje musical, apasionante y complejo a la vez. Pero, al fin y al cabo, no ha sido más que un proceso de aprendizaje personal que, probablemente, haya llegado a su punto final.

Son músicas (o lo que sea) surgidas para acompañar imágenes, así que animo a escucharlas con los ojos cerrados para que cada uno le ponga las suyas. Y pido perdón, por usar el nombre de Miles en vano, por atreverme a juntar notas sin ser músico y, sobre todo, por invitar a escucharlas.

Bovina: Perteneciente o relativo al toro o a la vaca.
Bobina: Tontina, sin entendimiento o razón.
Bobina: Rollo de película cinematográfica.


martes, 20 de septiembre de 2016

CINCO AÑOS DE ECHONOVEMBERECHO


Era consciente de que aproximadamente por estas fechas se puso en marcha este blog y escribí en él mi primera entrada (o “post”, o artículo…) Así que revisando los archivos… ¡oh, sorpresa!, el 20 de Septiembre de 2011 echonovemberecho soltó amarras con una reflexión arquitectónica titulada “La inspiración de Krier”, hace hoy exactamente cinco años.

Un lustro y 197 entradas después soy plenamente consciente de que este blog “personal” está lejos, muy lejos, de haber conseguido la más mínima repercusión mediática medida en términos o parámetros “google”: seguidores, público, comentarios… No nació con esa intención, aunque esto pueda sonar ahora a justificación o excusa. Pero sí puedo afirmar que echonovemberecho me ha exigido una cierta disciplina (una entrada cada nueve días según la plantilla estadística), un ejercicio de atención y reflexión continua, y me ha permitido una mirada sonriente hacia mi entorno, entre otras cosas.

También me ha hecho comprobar que el paso del tiempo no solo no ha disipado dudas y vacilaciones sino que, por el contrario, ha hecho disminuir las pocas certezas que podía tener sobre los grandes temas del mundo y de la vida. Tal vez por eso haya centrado más mi mirada en las pequeñas cosas, en los detalles que me han ido produciendo satisfacción y emoción en cada momento, pasando de la indeterminación de lo “macro” a la comprensión de lo “micro”.

No creo en los manuales de autoayuda ni en los presuntos logros de eso que se viene llamando “inteligencia emocional”. Así que no voy a caer en la arrogancia de pensar que este blog me ha ayudado a crecer en algo. Y mucho menos en la ilusión o en la ficción de que pueda haber servido a alguien de “ahí afuera”. Diré, simplemente, que me he divertido. Que hace cinco años con echonovemberecho empezó una bonita aventura. Y alguna historia más.

martes, 13 de septiembre de 2016

EN EL SÓTANO


Hace unos meses el cineasta austríaco Ulrich Seidl estrenó su nuevo documental, “En el sótano”, donde desvela qué ocultan sus compatriotas debajo de sus impolutos hogares. En esos espacios a los que se accede a través de una estrecha y empinada escalera mal iluminada parece que nada bueno puede ocultarse. No hay prohibiciones ni tabúes y en ellos se puede dar rienda suelta a todo tipo de fantasías y perversiones, ya sea en forma de objetos y utensilios almacenados o en actividades “retorcidas” lejos de las miradas de los demás.

Dice Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de símbolos”: “Una escalera que comunica con un nivel inferior al del suelo es siempre un símbolo de apertura hacia lo infernal”. Esos lugares subterráneos de las viviendas provocan un “yuyu” del que la literatura y el cine se han aprovechado para la ambientación de sus historias de terror, horror y actos viciosos varios. Junto con los desvanes (unos abajo y otros arriba), y apartados de lo que sí mostramos a los demás, recogen esa parte subconsciente y oscura del ser humano. “Psicosis”, “El sótano del miedo”, “Memorias del subsuelo”, “Drácula”, “Captivity”, “Secreto tras la puerta”, “La torre de los siete jorobados”, “La escalera de caracol” y tantos y tantos otros, son títulos que se adscriben a esta tendencia de los submundos ocultos dentro de los hogares “normales”.

El caso es que los arquitectos, tal vez por un exceso de celo profesional, nos empeñamos últimamente en diseñar sótanos en las viviendas en los que apenas percibimos esa sensación de estar bajo el nivel del suelo. Nos las ingeniamos para darles ventilación, hacerles llegar luz natural, los revestimos y los amueblamos como si de una dependencia más de la casa se tratara. Y además les damos usos confesables: sala de cine, txoko, gimnasio, bodega… Craso error. Catarsis, prohibición, infierno, crimen, terror… Esos sótanos deben ser lugares constructivamente inacabados y funcionalmente indefinidos. Espacios para ser habitados por seres malignos o para convertirse en escenarios de acciones criminales y tendencias psicóticas. Submundos “normales”.

¿Quién me acompaña al sótano?

lunes, 29 de agosto de 2016

SAN PEDRUCO


La noche anterior no conseguía conciliar el sueño. Vueltas y vueltas en la cama hasta que, con la primera luz del día que se colaba por la ventana, saltaba como un resorte. Me vestía apresurado. Mi estómago, encogido, apenas podía aceptar una taza de leche con cola-cao. Bajaba a la calle y a través del encachado de la plazoleta y el pórtico me acercaba, nervioso, a aquella pesada puerta de madera de castaño. El interior aún estaba en penumbra. Subía por la escalera hasta el coro y aferraba mis manos a la cadena que se descolgaba desde el campanario. ¡Ya era mía! Sólo faltaba esperar la señal.

Llegaba el momento. Las manos me sudaban a pesar del ambiente frío y húmedo. Los primeros movimientos debían ser precisos y delicados. La cadena descendía y ascendía con lentitud y unos primeros tañidos desacompasados empezaban a escucharse allí arriba. Poco a poco el ritmo se iba incrementando, del movimiento y de los latidos de mi corazón. La cadena empezaba a deslizarse con fluidez, era señal de que la campana iniciaba su volteo. Lo más difícil estaba hecho. Había que seguir incrementado el ritmo hasta conseguir un movimiento casi frenético, abajo y arriba, abajo y arriba… La campana empezaba a repicar. Y había que mantener ese repique durante un par de minutos, minutos que se hacían interminables.

Cuando ya mis hombros estaban doloridos por el esfuerzo había que mantener el control del movimiento para, suavemente, ir ralentizando el repique y conseguir un final progresivo y sin brusquedades. Cuando la cadena se detenía definitivamente soltaba mis manos, agarrotadas, me giraba hacia la barandilla y dirigía mi mirada hacia el retablo central, donde estaba él, con sus amplias orejas (para escuchar bien el repique, pensaba yo) y la enorme llave aferrada en su mano izquierda. Y, un año más, San Pedruco me guiñaba su ojo derecho en señal de aprobación.

Décadas después vuelvo a entrar a la ermita de San Pedro Zarikete, que ha cambiado mucho desde entonces. Luce curada de sus heridas, limpia, luminosa. Y, sobre todo, abierta a todos. A los que siguen creyendo en los desembrujamientos, en las capacidades curativas del santo y en las bondades de su agua bendita. Y a los que no. Pero unos y otros podemos hoy conocer y rastrear la historia milenaria de San Pedro Zarikete, participar de sus tradiciones vivas o disfrutar de un espacio recuperado para la cultura.

Yo también me noté algo cambiado, han pasado unos cuantos años. Ya no sentí esa necesidad de subir al coro para hacer repicar la campana. Pero sin embargo, al salir, volví a mirar de reojo a San Pedruco. Los siglos no pasan por él. Es más, le encontré incluso rejuvenecido y resplandeciente, gracias al “lifting” realizado por manos expertas. Cuando ya retiraba mi mirada noté un leve gesto en su rostro: volvió a guiñarme su ojo derecho.


Vídeo:

viernes, 5 de agosto de 2016

THE GALWAY GIRL


La primera vez que escuché esta canción:

“Whiskey in the jar”:


de inmediato le puse la etiqueta de “música country”. Error, era música irlandesa. Me equivoqué, pero no del todo…

La patata llegó a Europa procedente de Sudamérica en el siglo XVI. Tres siglos después, a mediados del siglo XIX, la aparición de una plaga en su planta provocó lo que se conoce como “la gran hambruna irlandesa”, una situación de falta de alimento agravada por la actitud de los terratenientes británicos, que se extendió varios años y que causó la muerte a más de dos millones de irlandeses. Otros dos millones decidieron emigrar a un país que aún se estaba formando, los Estados Unidos de América, en unas duras travesías atlánticas que también dejaron por el camino un buen número de víctimas. Ahora son más de cuarenta millones los estadounidenses con ascendencia irlandesa.

No podían llevar mucho encima, pero la música no ocupaba lugar. Y desde su desembarco en el Este del nuevo territorio fueron viajando hacia el Oeste con sus canciones y sus instrumentos. Canciones que se fueron combinando con otras formas musicales afroamericanas ya arraigadas en Norteamérica, como el blues, y la música espiritual y religiosa, como el gospel. Derivando, ya a comienzos del siglo XX, en lo que hoy conocemos como “música country”. Así que, de alguna forma, la patata fue protagonista en ese viaje de ida y vuelta a través del Atlántico que provocó la aparición de un nuevo género musical.

A finales del pasado siglo XX un músico estadounidense, Steve Earle, viajó a Irlanda en busca, precisamente, de esas raíces tradicionales. Recaló en Galway, ciudad situada en la costa Oeste. Y en uno de sus paseos tuvo un encuentro, breve pero intenso, con una chica del lugar, que le inspiró la canción titulada “The Galway girl”. La grabó con músicos irlandeses y la incluyó en el álbum “Trascendental Blues” que se publicó en el año 2000. La canción se hizo muy popular en Irlanda hasta convertirse en una especie de “canción himno” que suena a diario en los “pubs” y que supone, de alguna forma, ese punto de encuentro entre la música popular irlandesa y la música country estadounidense.

Con todo mi respeto y admiración hacia su creador, Steve Earle, me quedo con la versión de un grupo irlandés, The Kilkennys. ¡Viva la patata!

The Galway girl:


The Galway girl

“Bueno, fui a dar un paseo por el largo y viejo camino un día...
Me encontré con una pequeña chica y nos paramos a charlar, un buen día...
Y te pregunto amigo, qué puede hacer un tío,
porque su pelo era negro y sus ojos azules,
y allí mismo supe que estaba en mitad de un torbellino,
girando en el paseo a Salthill con una chica de Galway.

Estábamos a mitad de camino cuando vino la lluvia, un día...
y ella me invitó a ir a su piso en el centro, un buen día...
Y te pregunto amigo, qué puede hacer un tío,
porque su pelo era negro y sus ojos azules,
así que la cogí de la mano y la hice girar sobre sí misma,
y perdí mi corazón por una chica de Galway.

Cuando me desperté estaba completamente solo,
con el corazón roto y un billete a casa,
y te pregunto ahora, dime qué hubieras hecho tú,
si su pelo era negro y sus ojos azules,
He viajado mucho, he estado por todo este mundo,
chicos, nunca he visto nada igual a la chica de Galway.”

miércoles, 20 de julio de 2016

ELOGIO DE LA RUINA

Hace unas décadas dos proyectos de rehabilitación llevados a cabo por el arquitecto Salvador Pérez Arroyo levantaron una gran polvareda. Me refiero a sus intervenciones en los Monasterios de San Pedro de Arlanza y de Carracedo, edificaciones que se encontraban en estado de ruina. Su intervención consistió, básicamente, en una mínima consolidación de los elementos en peligro, la protección de muros y de otros componentes constructivos que se encontraban a la intemperie. Y poco más.

En aquellos momentos (años 80-90 del siglo XX), en los que se empezaba a tomar conciencia de la necesidad de intervenir y recuperar el patrimonio histórico, el debate arquitectónico sobre cómo llevar a cabo dichas intervenciones era intenso y se movía en torno a dos posicionamientos conceptuales: la mímesis (que no se notara la intervención) y la diferenciación (que quedara formalmente expresada la actuación realizada). Pero ambos planteamientos bebían de una misma fuente: la recuperación global de la edificación para un uso concreto, similar al original o distinto. Eso sí, en ningún caso se consideraba la posibilidad de mantener la construcción en estado de ruina, eso era inadmisible. Mejor hacerlo desaparecer o desmontarlo y trasladarlo piedra a piedra a algún museo. O venderlo al mejor postor (los casos de espolio del patrimonio arquitectónico fueron continuos en la primera mitad del siglo XX en nuestro país).

La propuesta de Pérez Arroyo no asumía, por tanto, la ortodoxia de las intervenciones sobre el patrimonio histórico y fue tachada por muchos de auténtica burla y despropósito. Mantener un edificio en ruinas no encajaba en la mentalidad de la época. Y hoy sigue sin encajar. En una reciente edición de un curso sobre arquitectura desarrollábamos un taller de rehabilitación en el que los alumnos tenían que plantear propuestas para una antigua edificación industrial en desuso. Todos optaron por dotar de nuevos usos y contenidos a la antigua fábrica de harinas. Nadie planteó una propuesta de consolidación básica de su estado actual que permitiera mantener su memoria histórica.

Viajando recientemente por las tierras celtas de Irlanda he comprobado “in situ” lo que ya había percibido a través de lecturas e imágenes: el concepto que, en la cultura anglosajona, tienen sobre la ruina, en las antípodas de nuestra estrecha y limitada visión. Hay edificaciones históricas que se rehabilitan y se dotan de contenidos, por supuesto. Pero otras muchas, sin embargo, envejecen, se “arruinan” y en décadas, o en cientos de años, morirán. Y esta situación se percibe como algo natural.

Monasterio de Clonmacnois. Irlanda
Monasterio de Glendalough. Irlanda
El edificio que ha tomado sus piedras, sus materiales, de la tierra, que ha cobrado vida con ellos, se los va devolviendo, pasa a formar parte del paisaje, se cubre con la vegetación que lo va invadiendo y se va fundiendo de nuevo con la tierra. Y en ese largo camino nos explica su historia y nos recuerda a las gentes que han ocupado sus espacios en tiempos pretéritos. ¿Existe metáfora más bella del ciclo de la vida? ¿No estamos ante el más extraordinario proceso de “reciclaje”? Dejemos que algunos edificios envejezcan y, ¿por qué no?, mueran con dignidad.

Irlanda
Irlanda

martes, 28 de junio de 2016

JAZZ, MÚSICA REFUGIO


La R.A.E. define refugio como “asilo, acogida o amparo”. En terminología náutica se denomina puerto refugio “al que se utiliza sólo como abrigo para las embarcaciones en tiempos duros”. Y en un libro que estoy leyendo aparece la frase: “su amistad me sirvió de refugio en los momentos difíciles”. Si a esto le añadimos términos como “refugio atómico” o “refugio antiaéreo” parece evidente que el concepto refugio está asociado, de forma indisoluble, a una situación negativa, de alto riesgo o necesidad.

A pesar de todo ello siempre he tenido un concepto “algo más amable” del término refugio. Que lo he “tuneado”, vamos. Y he ido construyendo los míos propios. Lugares físicos, imaginarios, mentales, que iban abriendo sus puertas cada cierto tiempo respondiendo a estados de ánimo diversos, no siempre asociados con momentos de ofuscamiento ni de oscuridad. Y uno de los espacios que, de forma recurrente, mejor me ha acogido se encuentra en el mundo sonoro, en la música, en la música de jazz.

Desde aquellos primeros conciertos en mi etapa universitaria (Dexter Gordon, Tete Montoliu, Ron Carter…) el jazz se instaló como refugio de sólidos cimientos en mi parcela emocional y sigue manteniendo años después su solidez y su funcionalidad. A pesar de algunas ausencias o traiciones más o menos prolongadas siempre he vuelto a llamar a su puerta y a disfrutar de su calidez y de su capacidad de fortalecimiento.
No soy capaz de averiguar por qué el jazz y no otras músicas que también escucho. Tampoco sé si la clave está en el swing, en la improvisación, en el fraseo, o en ser la “música de los salvajes”, como la definía un periodista del The New York Times en 1924. Pero sí soy capaz de percibir lo que me proporciona, precisamente fortaleza y energía, emoción.

Así que, cien años después de que apareciera por primera vez el término jazz asociado a la música, vuelvo una vez más a mi refugio, a su refugio. Y esta vez me abrirá la puerta una mujer de bellos ojos negros, Dee Dee Bridgewater


martes, 14 de junio de 2016

ASCENSIÓN AL PICO LAS NIEVES (11/06/2016)

Aprovechamos esta salida de primavera para celebrar el quinto aniversario de nuestras rutas montañeras. Con un pequeño “obsequio” para todas las personas (y animales) que habéis participado en ellas al menos una vez y también para las que habéis manifestado vuestro deseo de participar pero aún no habéis sudado la camiseta con nosotros. Obsequio en forma de vídeo, en versión original sin voz en “off” (algunos ya sabéis lo que quiero decir):


El pasado sábado amaneció con el cielo cubierto pero sin amenaza de lluvia. A medida que la jornada avanzaba el cielo se iba abriendo y el termómetro iba subiendo. Y subiendo, subiendo, desde el puente medieval de La Gándara sobre el río Agüera hasta la cumbre del Pico las Nieves con su ermita recién encalada. Por el camino el barrio de Landeral, con algunas construcciones curiosas, la cumbre de Castro Lucio y el collado de El Toril. Y desde arriba magníficas vistas, a pesar de una ligera bruma, hacia la costa y hacia el interior.

En otoño iniciaremos nuestro segundo lustro. Queda mucho camino por recorrer.


(Pinchando sobre una de las fotografías se abre la galería de imágenes).

Primeras rampas
Hay puertas... y esta puerta (M. R.)
Barrio de Landeral, Guriezo
Formándose los racimos
Quiere asomar el sol
¡Eso son cuernos!
¿Falta mucho?
Naturaleza viva
Aparece la ermita (M. R.)
Aproximándonos al objetivo
Me pica... y me rasco
En la cumbre
El bosque del corazón o el corazón del bosque
El Toril y la campa de la Virgen de las Nieves
Deporte rural: levantamiento de perro
Falta la pata
Tras el avituallamiento
Iniciamos el descenso
Fuente con cazo
"La casa de los balcones"
La antigua fábrica de chorizos de Guriezo
Iglesia de San Sebastián
Que no falten las viandas
Quinto aniversario ¡A por otros cinco!



martes, 7 de junio de 2016

THE GODOYS WONDERERS (2)


“The Godoys Wanderers”, “The Godoys Wondererers”, “Godoys Wonders”… A lo largo de este año hemos visto y leído múltiples “versiones” del nombre de este joven grupo bilbaíno. Sabía que las canciones podían ser objeto de versiones pero el nombre… Siempre se aprende algo nuevo. Los citaré aquí como TGW y así evito riesgos.

Hace poco más de un año publicaron su primer EP con cinco canciones propias. Disco que nos pilló casi por sorpresa porque sus primeros conciertos estaban basados principalmente en versiones (ahora sí) de canciones de otros grupos y artistas. ¡Ah!, que ahora se dice “covers”. Pues vale. Así que sus composiciones habían nacido en la oscuridad de su local de ensayo y empezaron a ver la luz y a rodar desde la publicación de su trabajo.


Ahora dicen que el segundo disco ya está en el horno a punto de salir. Que no se queme pero que tampoco quede crudo. El punto justo de cocción no siempre es sencillo. Pero en este caso el proceso ha sido inverso. Hace unos meses empezaron a sonar las nuevas composiciones en sus actuaciones en directo. Y esas canciones fueron creciendo, madurando e incorporándose a nuestro repertorio antes de pasar por el estudio de grabación. Y dicen también que el disco que va a recoger estas siete piezas se llama JAMIE. ¿Por qué? Se lo tendréis que preguntar a ellos, una vez más. Aquí nos ofrecen un aperitivo refrescante, Watermelon:


En un reciente concierto callejero de TGW un grupo de niños y niñas se “pegaron” al escenario sobre el que apenas sobresalían sus cabezas. Y no perdieron detalle. A uno le fascinó la guitarra roja, porque brillaba. Otro quería cumplir su sueño, golpear los platillos con las baquetas. Dos niñas subían y bajaban la cabeza constantemente, pero no en señal de asentimiento. Tenían entre sus manos la carátula del disco e intentaban identificar a sus componentes. Ya solo tenían una duda: entre el chico del “piano” y el de la guitarra. Les eché una mano… e intenté convencerlas para que se llevaran el disco a casa. Hubo suerte, a sus progenitores también les había gustado el concierto. ¿Quién dijo aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”? ¿Jimi Hendrix? ¿O Janis Joplin? Todos los caminos llevan a la buena música, a la música hecha con pasión.


Música que podremos escuchar el próximo viernes 10 de Junio en el Kafe Antzokia de Bilbao. La luz de JAMIE.