jueves, 25 de mayo de 2017

ASCENSIÓN AL MONTE KOLITZA (20/05/2017)


En esta ruta, organizada por nuestra compañera Marta, realizamos la ascensión al Monte Kolitza (879 m.), uno de los cinco montes bocineros de Bizkaia y una de las cimas que conforman la cordillera de los montes de Ordunte, en su extremo más oriental.

Iniciamos la ascensión en Balmaseda, la primera “villa” de Bizkaia (año 1199), a través del barrio de Pandozales. Es la ruta más popular. Con una temperatura fresca, ideal para la ocasión, alcanzamos la cumbre, donde está ubicada la ermita de San Roque, en algo más de hora y media. Poco a poco la niebla que nos había acompañado en el último tramo se fue disipando y se abrió ante nuestros ojos una extraordinaria panorámica de los tres territorios: Bizkaia, Cantabria y Burgos.

Unos “choripanes” nos pusieron a tono para iniciar la bajada a través del refugio, cuyas nuevas instalaciones (incluyendo bicicletas generadoras de energía eléctrica) se han inaugurado recientemente. Ya de vuelta, tras un recorrido de 14 km., buenas viandas en buena compañía junto al río Cadagua.

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viernes, 21 de abril de 2017

ESPANTAPÁJAROS


El Mago de Oz

Espantapájaros: Muñeco de figura humana que, colocado en terrenos de cultivo o en los árboles, sirve para ahuyentar a los pájaros.

Huele a tierra aireada y húmeda. Avanza la primavera y las huertas empiezan a estar listas para mostrar su “extraordinaria geometría”. Tiempo de plantación, de sudores y riñones doloridos. Es el precio que hay que pagar para obtener la sabrosa recompensa a lo largo del período estival. Y a veces nuestro esfuerzo se va al traste al aparecer unos amigos de las semillas recién sembradas o de los frutos que empiezan a madurar: los pájaros.

Ya en 1881 la Household Cyclopedia recomendaba “las explosiones de pólvora de un arma, que provoca terror en estos sagaces animales”, o “la colocación de pequeños molinos de viento para asustarlos, aunque acaban pronto acostumbrándose a ellos”. Métodos contundentes y aparatosos, sin duda. Así que mejor nos quedamos con el espantapájaros tradicional, relleno de paja, con un amplio sombrero y con los brazos en cruz. Personaje que aparece ya en la literatura americana del siglo XIX en el cuento “El maravilloso Mago de Oz”, llevado a la pantalla en los años 30 del siglo pasado, y que anhelaba un cerebro concedido por el Gran Mago.

Pero la tecnología avanza que es una barbaridad y los espantapájaros modernos rara vez toman ya forma humana. Existen, por ejemplo, ruidosas pistolas automáticas accionadas por gas que, de alguna forma, retoman las antiguas recomendaciones de la Household Cyclopedia. Un poco molestas para el vecindario, eso sí. Pero, en la época en la que estamos, no podían faltar sistemas “digitales” más sutiles y menos escandalosos.

Y en esas estoy, actualizando aplicaciones horticultoras. Pero me encuentro con un serio dilema: no sé qué será más efectivo para asustar a los pájaros, si el último disco de Justin Bieber o una recopilación de grandes éxitos de Kenny G.

Espantapájaros digital

viernes, 17 de marzo de 2017

LA CUERDA Y EL GUIJARRO. Entre la tradición y la modernidad.


El cliente nos pedía una vivienda de estilo tradicional, inspirada en la arquitectura del caserío vasco, con su cubierta a dos aguas, sus aleros, sus entramados de madera y ladrillo rústico… Sin embargo interiormente, a nivel de instalaciones, debía ser una casa “inteligente”, con un alto grado tecnológico: controles domóticos, pantallas de plasma, electrodomésticos de última generación… Y contar con un amplio garaje para su vehículo de no sé cuántos caballos. Y no de tiro precisamente.

Algo parecido ocurre también en nuestra profesión cuando nos enfrentamos a la rehabilitación o intervención sobre un edificio histórico, el eterno debate entre el respeto absoluto a lo existente o la convivencia entre el lenguaje contemporáneo (modernidad) y el histórico (tradición). En este blog se ha abordado en varias ocasiones esta cuestión:

Nos movemos continuamente entre la modernidad y la tradición. Entre las “esferificaciones” y las croquetas de la abuela. Nos seduce lo nuevo, lo avanzado, lo pulido. Pero, al mismo tiempo, nos resistimos a abandonar lo conocido, “lo de toda la vida”, lo que nos da seguridad. Y en ese equilibrio continuo, que no parece difícil, discurren nuestras vidas. Entre las raíces, que nos siguen vinculando a la tierra, y las alas, que nos permiten un cierto revoloteo pero sin llegar a romper esos vínculos ancestrales.

Hace unos días escuché las palabras de Javed Akhtar, escritor indio y coguionista de la película “Sholay”, que definía de esta forma esa dualidad entre tradición y modernidad, aplicada al mundo del arte pero extensible a cualquier faceta de la actividad humana:

“Seguro que ha visto a niños jugar con una cuerda y un guijarro. Atan el guijarro con la cuerda y empiezan a hacerlo girar por encima de la cabeza. Poco a poco van soltando la cuerda y empiezan a hacer círculos cada vez más grandes. Este guijarro es la sublevación contra la tradición, quiere alejarse. Pero la cuerda es la tradición, la continuidad que lo sujeta. Si cortas la cuerda el guijarro se caerá. Si quitas el guijarro la cuerda no puede llegar tan lejos. Esa tensión entre la tradición y la modernidad (entendida esta última como sublevación contra la tradición) es, en cierto modo, contradictoria. Pero, en definitiva, son una síntesis, una unión. Tradición y modernidad siempre estarán juntas en cualquier buen arte”.

Bella y lúcida definición. Pero me quedo con una sencilla acción que observé no hace mucho tiempo mientras viajaba en el metro. A mi lado una señora estaba concentrada en la lectura de su libro electrónico (o e-book). Cuando llegó al final de la página acercó su dedo índice a la boca, lo humedeció y pulsó la tecla de avance. Tradición y modernidad en estado puro.

domingo, 19 de febrero de 2017

VERSIONES DE CANCIONES (2)

Sonaron los primeros acordes de la guitarra y creí identificar la canción, una versión de “Hurt”, que grabó Johnny Cash hace ya unos años. Fue el pasado sábado en el acto de inauguración de una exposición fotográfica, y no me equivocaba.

No es la primera vez que hablo de Cash y de sus canciones: “Diez años sin el hombre de negro”. Pero sí es la primera vez que hablo de esta canción que me puso los pelos de punta la primera vez que la escuché, y aún lo sigue haciendo. Su interpretación destila una profunda melancolía que suena a repaso vital y a despedida. Pertenece a su último disco, “American IV: The Man Comes Around”, que grabó en 2002 ya con su enfermedad pulmonar muy avanzada, unos meses antes de morir. Probablemente su estado físico provocó un cambio de registro en su música con interpretaciones más reflexivas pero no menos intensas. Y “Hurt” es una buena muestra de ello.


Unos años más tarde escuché una versión de esta canción a cargo de un grupo desconocido para mí hasta entonces, Nine Inch Nails. Me pareció interesante, de ese tipo de versiones que reinventan la canción original hasta hacerla prácticamente nueva, una “deconstrucción” del tema original, por utilizar un término filosófico muy en boga en todos los ámbitos, incluso en el arquitectónico y en el gastronómico. La deconstrucción tenía su atractivo, sin duda, y me reafirmaba en la idea de que la creatividad puede estar apoyada en trabajos ajenos y llegar incluso, en algún caso, a superar el original: “Versiones de canciones”.


Y hasta aquí sería una historia más de entre tantas si no fuera porque lo que acabo de contar es totalmente falso. Porque aquí sí me equivocaba. Aunque no he mentido.

Hace unos meses volví a escuchar “Hurt” en la versión de Nine Inch Nails. Y aparecía una fecha, 1994, el año en que fue grabada por este grupo dentro de su álbum “The downward spiral”. ¿Cómo? Me quedé petrificado un momento. Y no tuve más remedio que reconstruir la historia admitiendo que fue Johnny Cash quien hizo, asimismo, su propia “reconstrucción” de este tema ocho años después de su publicación.

Pero a pesar de este giro en la historia de 180 º hay algo que no ha cambiado: es una canción sublime.

domingo, 22 de enero de 2017

ASCENSIÓN AL SERANTES (21/01/2017)


El monte Serantes (451 m. de altitud) se sitúa en la orilla izquierda de la desembocadura del río Nervión o ría de Bilbao, espacio que conocemos como “El Abra”.

La ruta, organizada por nuestra compañera Teresa, la iniciamos en un puente que no necesita presentación, y que une los municipios de Getxo y Portugalete. Mañana fría pero soleada. Avanzamos hasta Santurtzi, localidad de tradición pesquera, e iniciamos la aproximación a las estribaciones del Serantes. Hay varias rutas posibles de ascensión y, en este caso, optamos (casi sin querer) por la más corta y exigente: todo para arriba, como las cabras. En poco más de hora y media estábamos disfrutando de la magnífica panorámica que se observa desde su cumbre.

El descenso nos llevó de nuevo a la noble villa de Portugalete, donde recuperamos líquidos, y completamos la jornada, tras cruzar la ría en el histórico gasolino, con un tradicional cocido de “tres vuelcos” (sopa, garbanzos y carnes).

En resumen, un cómodo recorrido de algo menos de quince kilómetros en nuestra primera salida invernal.

Fotografía de Marta R.




Al fondo nuestro objetivo


¡Menuda zancada!

Ya sabemos lo que es El Abra ¿no?

Tradición y modernidad
Fotografía de Marta R.
Fotografía de Marta R.
"Despega como puedas"
El mejor recogepelotas
El fotógrafo en plan... Sin más







¡Que circule ese queso!
¡Ay cómo se mueve!
Punto y seguido

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