sábado, 2 de agosto de 2014

FINALES DE PELÍCULAS

“No me cuentes el final que no la he visto”.
De entrada desconfío de aquellas películas de las que no se puede desvelar el final, en las que todo su interés se basa casi exclusivamente en un desenlace sorprendente, genial, en un giro inesperado de la historia. Tengo la sensación de que los noventa minutos previos han sido una artimaña de distracción para sacarse al final un conejo de la chistera, un truco de magia con el que dejarnos boquiabiertos y con buen sabor de boca por el ingenio de sus autores. O dicho de otra forma, no me gustan las películas que no admiten ser revisitadas a través de un segundo o más visionados, que una vez descubierto el desenlace final pierden todo su interés.

Tampoco creo que los finales se puedan clasificar en felices o infelices, me parece simplificar demasiado. A veces cuando termino de ver una película tengo la sensación de que la historia continúa más allá de la pantalla. Sí, muy bien, el guionista y el director han marcado una raya en la cronología de los personajes porque consideran que ese es un punto adecuado para cerrar el argumento, pero no puedo evitar pensar que esos personajes siguen avanzando en su historia desobedeciendo a los autores del film. Y que el final feliz lo es únicamente en ese punto cronológico. Y a partir de ahí… O a la inversa. 

Por tanto me parece más adecuado afirmar que hay dos finales de películas básicamente, uno cerrado y otro abierto. Con el primero los espectadores respiramos tranquilos y con el segundo la incertidumbre nos provoca incomodidad, dudas, difuminándose de alguna forma esa línea que debía marcar claramente el final de la historia.

“Breve Encuentro” (David Lean, 1945), es un claro ejemplo de final cerrado, tan cerrado que la escena final coincide con la escena inicial. Es decir, un relato circular. La protagonista renuncia a proseguir la relación con su amante y vuelve al redil del hogar, de su marido y sus hijos. Unos lo considerarían como un final feliz y otros como terriblemente infeliz, si nos ajustáramos a esa clasificación.


“Breve encuentro.” Escena final.

En “Los pájaros” (Alfred Hitchcock, 1963), el maestro británico no solo plantea un final abierto con la incertidumbre de si los pájaros volverán a atacar sino que lo hace transgrediendo las reglas cinematográficas establecidas, consiguiendo con ello un efecto aún más perturbador: ausencia de música en la escena final (la música suele ser un fiel acompañante de los cierres argumentales) y eliminación del rótulo “The End”, atrevimiento que le costó una dura disputa con los productores. Y con todo ello consiguió acentuar ese concepto de final abierto, incómodo.


Escena final de “Los pájaros”

“Match Point” (Woody Allen, 2005) nos plantea la vida como una sucesión de acontecimientos en los que la suerte juega un papel esencial. “Más vale tener suerte que talento”, así empieza esta película donde Allen nos explica qué es la suerte a través de la metáfora del juego del tenis: hay momentos en los cuales la pelota choca contra la red, tambalea entre los dos lados de la cancha y cae en uno de ellos. Si cae hacia delante ganas y si cae de tu lado pierdes. Y es precisamente ese azar el que provoca que en el final de la película un crimen quede impune. Así que en este caso un final teóricamente cerrado nos genera sin embargo una cierta incomodidad ante la injusticia del azar.


¿Hacia dónde caerá la pelota?

Decía John Lennon que “la vida es esa cosa que pasa mientras haces otros planes”. Esta frase puede resumir el hilo argumental de “El primer día del resto de tu vida” (Rémi Bezançon, 2008) a través de la historia de los miembros de una familia francesa a lo largo de doce años. La línea que marca el final de la historia está trazada en el punto en el que una nueva vida va a sustituir a otra perdida recientemente, a través de una sencilla y a la vez extraordinaria sucesión de cuatro breves escenas que recogen ese inagotable ciclo de la vida. En este caso, al contrario de “Los pájaros”, la banda sonora sí ayuda a generar un ambiente concreto, y mucho. Habrá que hablar en algún momento del papel de la música en el cine. ¿Otro truco?


“El primer día del resto de tu vida”

NOTA: Se ha acuñado el término “spoiler” (destripe) para la descripción de una parte importante de una trama. Dicho de otra forma, destapar el final. Espero no haber “spoileado” demasiado en esta entrada. Pero como decía al comienzo, si no se puede desvelar el final…


3 comentarios:

Anónimo dijo...

De muchas películas solo recordamos cómo terminan, las últimas imágenes. Nos podemos olvidar de casi todo lo demás pero el final llega incluso a hacerse popular y a convertirse en algo mítico en muchas ocasiones.
Coincido en que los finales excesivamente sorpresivos suelen ocultar una historia floja pero por lo que decía antes puede llegar a convertirse en una película muy popular solo por eso.

Javier Nebot dijo...

Coincido totalmente con tu planteamiento: los finales son cerrados o abiertos. Lo de felices o infelices me parece una concesión terrible del creador al gusto imperante en cada momento entre el público. Un final triste puede ser un final heroico y un final feliz puede ser un canto a la tradición (o a la memez). Leí un artículo hace un tiempo en el que el autor profundizaba en la exigencia por parte de los auditorios de todos los países para que las historias acabasen "bien".
Supongo que hay un reclamo de justicia en el inconsciente colectivo pero "bien" y "mal" son elaboraciones culturales que cambian....¿o no?

Bernardo I. García de la Torre dijo...

Así es. Y en mi caso, quizás por una cierta rebeldía, no lo sé, contra esa "exigencia" de que las historias acaben bien, como comentas, siento una cierta predisposición y preferencia por las que no se pliegan a ello.
Pero siempre hay excepciones, por supuesto. Y muchas veces recordamos, evocamos y transmitimos las sensaciones que nos ha provocado una película por su forma de concluir, por esa última imagen que nos ha quedado en la retina.