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jueves, 28 de junio de 2018

EVENTOS (1): ¿CIUDADES FRANQUICIA?

Fotografía de getxo.eus

Red Bull Cliff Diving, Open House, Premios MTV, The World's 50 Best Restaurants, Best European City… ¿Hablamos de Bilbao? Sí. Estos son algunos de los “eventos” y reconocimientos programados en nuestra ciudad para el año 2018. Definitivamente parece que Bilbao ha apostado por entrar en el circuito de los grandes actos y celebraciones que la sitúen en el mapa del panorama internacional dotándola de visibilidad. Pero también podríamos decir que estos son algunos de los eventos y reconocimientos programados, por ejemplo, para la ciudad de Nantes en 2019, o para la ciudad de Londres en 2020 o…

Esta agenda de la ciudad basada en potentes hitos de actividad concentrados en unos pocos días y con una gran congregación de personas por metro cuadrado se justifica por parte de las autoridades municipales en función de los beneficios económicos que se generan para Bilbao y de la proyección exterior que facilita la captación, a su vez, de nuevos eventos, en una continua carrera sin fin. Es una forma de mostrar músculo, es decir, capacidad de atracción y de organización. Y el balance siempre medido en cifras, cuanto más altas mejor.

Vaya por delante que he formado parte activa en la organización de alguno de los eventos mencionados. Y quizás por eso, por haberlos vivido desde dentro, siento la necesidad de hacer esta reflexión en voz alta. Reflexión que se traduce en dos inquietudes o dudas fundamentales. En primer lugar, ¿estos eventos tienen una repercusión y un beneficio real sobre la generalidad de los habitantes y de las distintas áreas urbanas de la ciudad? ¿Qué queda de todo ello unos días después de su conclusión? Tengo la percepción de que su influencia es muy limitada, más allá de su repercusión mediática, en el espacio y en el tiempo. Y que los beneficiarios son únicamente unos sectores muy concretos, en casi todos los casos los mismos. En segundo lugar, con este tipo de eventos franquicia, que llegan ya totalmente diseñados, patrocinados y empaquetados ¿no nos encaminamos hacia una ciudad impersonal, intercambiable con cualquiera del ámbito europeo o incluso mundial, perdiendo definitivamente sus señas de identidad histórica y cultural? Si el próximo año nos acercamos a Londres, o a Nantes, o a Milán, podremos percibir un “déjà vu”, con los mismos eventos y actividades, que nos puede hacer perder la capacidad de conocer y reconocer la ciudad en la que estamos.

En un reciente encuentro con un responsable municipal, a quien le planteábamos un proyecto cultural continuado en el tiempo, de bajo coste y con pretensiones de hacerlo llegar a un amplio tejido social de nuestra ciudad, su respuesta fue de una cierta indiferencia ante “algo” que no encajaba dentro de la “cultura de los eventos”. De hecho en su despedida nos lanzó la siguiente pregunta: “¿Este año vais a participar también en XXX (evento de 2017)? Fue una pasada, más de treinta y cinco mil participantes en la primera edición, todo un éxito”. Toda una declaración de principios, diría yo.

(Continuará…)

miércoles, 10 de enero de 2018

¿PARTICIPACIÓN CIUDADANA?


“Por favor, vota por mi fotografía y distribuye este mensaje, gracias”. ¿Quién no ha sido partícipe en alguna ocasión de la solicitud de un hijo, de una amiga, del hijo de una amiga, de la prima del vecino del cuñado de una amiga? Total, por echar una mano… Y sin ni siquiera dar un vistazo al resto de trabajos participantes le hacemos un “clic”.

La participación ciudadana se ha establecido en la teoría democrática moderna como un derecho para que, a través de diferentes mecanismos, la población pueda acceder a ser escuchada su opinión e incluso a tomar decisiones de manera independiente sin pertenecer a la administración pública o a un partido político. Hoy en día muchos organismos incluyen fórmulas de participación ciudadana a través de consejos, consultas, foros, encuestas…

Hasta aquí nada que objetar. El problema surge cuando se realiza una traslación directa de esa participación ciudadana a la toma de decisiones en ámbitos profesionales y artísticos. Y me estoy refiriendo precisamente a las, ya casi omnipresentes, votaciones populares, establecidas para concursos de carteles, de fotografía, de música, de arquitectura… de todo.

Y surge la primera aberración, el concurso de “lo que sea” se convierte en un concurso de marketing y publicidad, en una carrera, en la que al final se lleva el gato al agua la persona que mayor capacidad de movilización y de seducción tiene, que mejor se mueve en las redes sociales, que más tiempo dedica a enviar mensajes… El resultado de estos formatos es que los premios pocas veces recaen en los mejores trabajos y, como consecuencia directa, la calidad general de los concursos va decayendo.

Y a esta decadencia también contribuye la decisión de algunos profesionales o gente con valía en cada disciplina que, poco a poco, se van desentendiendo de estos procesos al comprobar que no son baremos de calidad relacionados con la disciplina en la que se concursa lo que se acaba premiando, sino otras “capacidades” de gestión.

Algunos convocantes de concursos han debido captar este desatino y han intentado introducir ciertos “factores de corrección” en estos procesos de votación popular para intentar paliar esta absurda interpretación de lo que debe ser la participación ciudadana. Y para ello han establecido en las bases de sus concursos cláusulas surrealistas para equilibrar votación popular y decisión de un jurado profesional, por ejemplo. Mal menor que no acaba de resolver el problema y que suele ir acompañado de palmarias contradicciones. Un ejemplo: un concurso de carteles con una dotación económica importante (3.000 euros) exige el anonimato en la presentación de las obras, algo lógico y recomendable. Pero el sistema de votación popular establecido provoca que ese anonimato salte por los aires en un pispás. ¿?

Sabemos que detrás de estos sistemas de votación popular se encuentran, en muchos casos, los mecanismos de captación de datos con los que luego se negocia en los mercados digitales. Así que, curiosamente, un mecanismo de corte “democrático” y ciudadano acaba alimentando finalmente a las cúpulas financieras, a las grandes empresas de eso que se ha dado en llamar el Big Data.

Lo cierto es que, en estos últimos años, la calidad de los trabajos premiados en este tipo de concursos ha caído en picado, los trabajos con ideas y propuestas interesantes (y por consiguiente sus autores) han ido desapareciendo y los profesionales que formaban parte de los jurados también han dado un paso atrás. Sin olvidarnos de la frustración sufrida por muchos participantes que han visto relegados sus trabajos por otros de menor valía. Y no hablo de pataletas sino de injusticias evidentes.

La participación ciudadana está de moda. Y no lo digo de forma peyorativa. Es sana, necesaria y garantizadora de derechos. Pero estas fórmulas de votación popular poco o nada tienen que ver con dichos mecanismos y a lo único que están llevando es a la banalización de las formas artísticas y al desánimo de los creadores. Así que para este año que empieza hago el siguiente propósito: cuando reciba una petición de voto revisaré el resto de trabajos participantes y votaré (o no)… al que me dé la gana (o no). Es más, cuando yo mismo participe en algún concurso espero que no se entere ni mi sombra (si es que la tengo).

viernes, 1 de diciembre de 2017

MAMIHLAPINATAPAI

Algunos viajes son rebeldes, van trazando su propio itinerario, más allá del que se haya planificado. Y esa rebeldía los hace únicos. En aquel viaje buscábamos el mítico Cabo de Hornos, y lo encontramos. Pero también encontramos a Robin. Y a Cristina.

Y así las velas de nuestro barco fueron empujadas por los vientos de tres historias diferentes, pero con un elemento en común, el mar. Y cada una de ellas podría tener su propio título: “Navegando por Cabo de Hornos”; “Regata de titanes”; “El final de un pueblo”. Pero nos quedamos con esta palabra, casi impronunciable: MAMIHLAPINATAPAI.

Vídeo:


miércoles, 5 de julio de 2017

PISCINAS VACÍAS

Piscina en La Escala, Girona.

“El nadador” (“The swimmer”. Frank Perry, 1968) arranca con una propuesta argumental sugerente: Ned Merrill (Burt Lancaster), que vive en una zona residencial de clase alta en las afueras de Connecticut, decide recorrer el valle de piscina en piscina, ante el asombro de sus amigos y vecinos. Pero a medida que la narración avanza este original planteamiento se va diluyendo como un azucarillo en una taza de café caliente. Y es que cualquier aspecto cinematográfico de la película que analicemos mínimamente hace más aguas que las contenidas en todas las piscinas del valle.

Las transiciones entre secuencias son torpes, hay numerosos fallos de continuidad entre los planos medios y cortos, la música es bastante odiosa, los pretendidos toques naif con evocadoras imágenes superpuestas resultan pretenciosos y los primeros planos estáticos del rostro del protagonista son cansinos e inexpresivos.

¿Cómo es posible, por tanto, que con estos mimbres tan frágiles la película quede sólidamente construida y transmita una cierta fascinación? Fascinación que, en mi caso, ha conseguido que al menos una vez al año salga de la estantería en dirección al reproductor de DVD.

Y ahora, claro, viene la pregunta del millón: ¿dónde radica ese grado de fascinación? Pues confieso que ha estado bien escondido para mí todos estos años, en los que no he sido capaz de identificarlo. Hasta el último visionado, hace unos días. La clave, las auténticas protagonistas del filme, las piscinas. Y en concreto una de ellas, la que aparece a mitad del metraje en la que sin duda es la mejor secuencia de la película: el encuentro de Ned con el joven muchacho de la flauta. Una piscina sin agua, una piscina… vacía.

"El nadador"

Una piscina llena de agua, en uso, en su “estado natural” nos sugiere alegría, voces, juego… Si además esa piscina (privada) es de gran tamaño nos está hablando también de bienestar, de éxito, ya que generalmente acompaña a una mansión de lujo, a una situación económica acomodada.
Por contraposición, una piscina vacía, sin agua, resulta, sin duda, una de las mejores metáforas de la decadencia, del fracaso. Frente a la lámina inmaculada de agua transparente, el gran espacio vacío que la ha contenido, la suciedad en el fondo, el óxido, el silencio. Lo que ha sido un entorno acogedor y luminoso se ha vuelto lúgubre y siniestro, una construcción inútil e inquietante que nos insinúa de alguna forma su pasado. Y si a ese profundo vaso, convertido en pozo inmundo, le añadimos en su borde la silueta de un trampolín, a la metáfora de la decadencia y el fracaso se añade la del peligro, la del salto mortal. El símbolo perfecto para un melodrama.

Ahora ya conozco el motivo de mi reincidencia periódica hacia esta curiosa parábola mágnetica y turbadora, en la que a través de las swimming pools se van desnudando las miserias de unas vidas opulentas. Y reconozco que ando “buscando desesperadamente” piscinas vacías que poder fotografiar. Supongo que para ver si soy capaz de encontrar en alguna de ellas las almas errantes del fracaso y la decadencia. Aquí está la primera. Si tenéis alguna piscina vacía por ahí…  

viernes, 17 de marzo de 2017

LA CUERDA Y EL GUIJARRO. Entre la tradición y la modernidad.


El cliente nos pedía una vivienda de estilo tradicional, inspirada en la arquitectura del caserío vasco, con su cubierta a dos aguas, sus aleros, sus entramados de madera y ladrillo rústico… Sin embargo interiormente, a nivel de instalaciones, debía ser una casa “inteligente”, con un alto grado tecnológico: controles domóticos, pantallas de plasma, electrodomésticos de última generación… Y contar con un amplio garaje para su vehículo de no sé cuántos caballos. Y no de tiro precisamente.

Algo parecido ocurre también en nuestra profesión cuando nos enfrentamos a la rehabilitación o intervención sobre un edificio histórico, el eterno debate entre el respeto absoluto a lo existente o la convivencia entre el lenguaje contemporáneo (modernidad) y el histórico (tradición). En este blog se ha abordado en varias ocasiones esta cuestión:

Nos movemos continuamente entre la modernidad y la tradición. Entre las “esferificaciones” y las croquetas de la abuela. Nos seduce lo nuevo, lo avanzado, lo pulido. Pero, al mismo tiempo, nos resistimos a abandonar lo conocido, “lo de toda la vida”, lo que nos da seguridad. Y en ese equilibrio continuo, que no parece difícil, discurren nuestras vidas. Entre las raíces, que nos siguen vinculando a la tierra, y las alas, que nos permiten un cierto revoloteo pero sin llegar a romper esos vínculos ancestrales.

Hace unos días escuché las palabras de Javed Akhtar, escritor indio y coguionista de la película “Sholay”, que definía de esta forma esa dualidad entre tradición y modernidad, aplicada al mundo del arte pero extensible a cualquier faceta de la actividad humana:

“Seguro que ha visto a niños jugar con una cuerda y un guijarro. Atan el guijarro con la cuerda y empiezan a hacerlo girar por encima de la cabeza. Poco a poco van soltando la cuerda y empiezan a hacer círculos cada vez más grandes. Este guijarro es la sublevación contra la tradición, quiere alejarse. Pero la cuerda es la tradición, la continuidad que lo sujeta. Si cortas la cuerda el guijarro se caerá. Si quitas el guijarro la cuerda no puede llegar tan lejos. Esa tensión entre la tradición y la modernidad (entendida esta última como sublevación contra la tradición) es, en cierto modo, contradictoria. Pero, en definitiva, son una síntesis, una unión. Tradición y modernidad siempre estarán juntas en cualquier buen arte”.

Bella y lúcida definición. Pero me quedo con una sencilla acción que observé no hace mucho tiempo mientras viajaba en el metro. A mi lado una señora estaba concentrada en la lectura de su libro electrónico (o e-book). Cuando llegó al final de la página acercó su dedo índice a la boca, lo humedeció y pulsó la tecla de avance. Tradición y modernidad en estado puro.

jueves, 27 de octubre de 2016

LAS PESTAÑAS QUE CAMBIARON LA HISTORIA DEL CINE


Maksymilian nació en el seno de una familia judía el 15 de Septiembre de 1872 en Zduńska Wola, Polonia. Con ocho años empezó a trabajar como asistente de un dentista y con nueve era ya aprendiz en una empresa de cosméticos. Se trasladó a Berlín donde trabajó como peluquero y con catorce años ya estaba integrado en la plantilla de Korpo, como maquillador de la Gran Ópera Imperial Rusa. Tras cumplir el servicio militar en la armada rusa, con veinte años abrió su propio negocio en la ciudad rusa de Ryazan, donde empezó a comercializar sus pintalabios hechos a mano, sus perfumes y sus pelucas con gran éxito. Su popularidad llegó a oídos de la nobleza rusa, que le nombró director de cosméticos de la familia real y de la Gran Ópera Imperial Rusa en la que había trabajado anteriormente.

Tras nacer sus tres hijos y afectado por la creciente persecución antijudía que se estaba desarrollando en Rusia decidió desplazarse con su familia a Estados Unidos e inició su nueva andadura en la ciudad de San Luis. Pero problemas con su socio financiero le llevaron a la quiebra y tuvo que empezar nuevamente de cero abriendo una pequeña barbería. Poco después de nacer su cuarto hijo falleció su esposa de una hemorragia cerebral en 1906. Un nuevo matrimonio, fallido, tras el cual se trasladó con sus hijos a Los Ángeles, donde se introdujo en el mundo del teatro y de la incipiente industria cinematográfica con sus maquillajes y sus pelucas. A partir de ese momento desarrolló nuevos productos y sistemas de maquillaje (incluyendo el uso de pestañas postizas), entendiendo que los utilizados hasta entonces en el mundo del teatro no eran adecuados para el mundo del cine, y que la gran pantalla necesitaba tratar de forma diferente el rostro de las actrices, fundamentalmente, con tratamientos faciales más delicados que permitieran una mayor expresividad.

Empezó a experimentar con distintos compuestos y para 1914 había obtenido y perfeccionado el primer maquillaje expresamente creado para ser usado en los rodajes cinematográficos, con una gama mucho mayor de matices y de sombras que los utilizados hasta ese momento. De esta forma Maksymilian se convirtió en la máxima autoridad en la imagen facial de las actrices, combinando maquillajes, nuevas pelucas de pelo humano y pestañas postizas.

A su vez comercializó una amplia gama de productos cosméticos para que, según sus propias palabras, “cada muchacha pudiera parecerse a una estrella de cine”. Así el uso de cosméticos y maquillajes se fue generalizando en la sociedad norteamericana y en el mundo entero. Él era capaz de personalizar el maquillaje de cada actriz para que lucieran lo mejor posible en la pantalla. Gloria Swanson, Mary Pickford, Jean Harlow, Claudette Colbert, Bette Davis, Norma Shearer, Joan Crawford o Judy Garland pasaron por sus hábiles manos. Falleció a la edad de 65 años en Beverly Hills.

No cabe duda de que, más allá de incorporaciones tecnológicas, aparición de nuevos géneros, puestas en escena sorprendentes, directores innovadores… ha habido un nombre que con su visión, su experimentación y sus creaciones influyó de forma relevante en esa época inicial de la historia del cine, deudor aún de la actividad teatral, mudo y en blanco y negro, en su tránsito hacia su despegue definitivo. Sin embargo he repasado unas cuantas publicaciones que estudian y analizan este período y en ninguna de ellas se cita siquiera a este hombre que con sus pestañas, sus maquillajes, sus pintalabios y sus pelucas cambió la historia del cine y, quizás también, la historia del aspecto y de la apariencia humana, de la verosimilitud y de la probabilidad, de lo que parece y no es.

Ese nombre: Maksymilian Faktorowicz, o lo que es lo mismo, Max Factor. 


martes, 13 de septiembre de 2016

EN EL SÓTANO


Hace unos meses el cineasta austríaco Ulrich Seidl estrenó su nuevo documental, “En el sótano”, donde desvela qué ocultan sus compatriotas debajo de sus impolutos hogares. En esos espacios a los que se accede a través de una estrecha y empinada escalera mal iluminada parece que nada bueno puede ocultarse. No hay prohibiciones ni tabúes y en ellos se puede dar rienda suelta a todo tipo de fantasías y perversiones, ya sea en forma de objetos y utensilios almacenados o en actividades “retorcidas” lejos de las miradas de los demás.

Dice Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de símbolos”: “Una escalera que comunica con un nivel inferior al del suelo es siempre un símbolo de apertura hacia lo infernal”. Esos lugares subterráneos de las viviendas provocan un “yuyu” del que la literatura y el cine se han aprovechado para la ambientación de sus historias de terror, horror y actos viciosos varios. Junto con los desvanes (unos abajo y otros arriba), y apartados de lo que sí mostramos a los demás, recogen esa parte subconsciente y oscura del ser humano. “Psicosis”, “El sótano del miedo”, “Memorias del subsuelo”, “Drácula”, “Captivity”, “Secreto tras la puerta”, “La torre de los siete jorobados”, “La escalera de caracol” y tantos y tantos otros, son títulos que se adscriben a esta tendencia de los submundos ocultos dentro de los hogares “normales”.

El caso es que los arquitectos, tal vez por un exceso de celo profesional, nos empeñamos últimamente en diseñar sótanos en las viviendas en los que apenas percibimos esa sensación de estar bajo el nivel del suelo. Nos las ingeniamos para darles ventilación, hacerles llegar luz natural, los revestimos y los amueblamos como si de una dependencia más de la casa se tratara. Y además les damos usos confesables: sala de cine, txoko, gimnasio, bodega… Craso error. Catarsis, prohibición, infierno, crimen, terror… Esos sótanos deben ser lugares constructivamente inacabados y funcionalmente indefinidos. Espacios para ser habitados por seres malignos o para convertirse en escenarios de acciones criminales y tendencias psicóticas. Submundos “normales”.

¿Quién me acompaña al sótano?

martes, 28 de junio de 2016

JAZZ, MÚSICA REFUGIO


La R.A.E. define refugio como “asilo, acogida o amparo”. En terminología náutica se denomina puerto refugio “al que se utiliza sólo como abrigo para las embarcaciones en tiempos duros”. Y en un libro que estoy leyendo aparece la frase: “su amistad me sirvió de refugio en los momentos difíciles”. Si a esto le añadimos términos como “refugio atómico” o “refugio antiaéreo” parece evidente que el concepto refugio está asociado, de forma indisoluble, a una situación negativa, de alto riesgo o necesidad.

A pesar de todo ello siempre he tenido un concepto “algo más amable” del término refugio. Que lo he “tuneado”, vamos. Y he ido construyendo los míos propios. Lugares físicos, imaginarios, mentales, que iban abriendo sus puertas cada cierto tiempo respondiendo a estados de ánimo diversos, no siempre asociados con momentos de ofuscamiento ni de oscuridad. Y uno de los espacios que, de forma recurrente, mejor me ha acogido se encuentra en el mundo sonoro, en la música, en la música de jazz.

Desde aquellos primeros conciertos en mi etapa universitaria (Dexter Gordon, Tete Montoliu, Ron Carter…) el jazz se instaló como refugio de sólidos cimientos en mi parcela emocional y sigue manteniendo años después su solidez y su funcionalidad. A pesar de algunas ausencias o traiciones más o menos prolongadas siempre he vuelto a llamar a su puerta y a disfrutar de su calidez y de su capacidad de fortalecimiento.
No soy capaz de averiguar por qué el jazz y no otras músicas que también escucho. Tampoco sé si la clave está en el swing, en la improvisación, en el fraseo, o en ser la “música de los salvajes”, como la definía un periodista del The New York Times en 1924. Pero sí soy capaz de percibir lo que me proporciona, precisamente fortaleza y energía, emoción.

Así que, cien años después de que apareciera por primera vez el término jazz asociado a la música, vuelvo una vez más a mi refugio, a su refugio. Y esta vez me abrirá la puerta una mujer de bellos ojos negros, Dee Dee Bridgewater: 


sábado, 30 de abril de 2016

SÍNTESIS


Me movía inquieto en el asiento. Empezaba a considerar seriamente la posibilidad de abandonar la sala. El conferenciante llevaba ya dos horas de exposición y su expresión no indicaba el final en un breve plazo de tiempo. Más bien todo lo contrario, parecía que su estrategia consistía en convencer (o vencer) por agotamiento. Y sí, yo estaba a punto de sacar la bandera blanca de rendición. Si no lo hice fue por respeto a los organizadores del evento. Conste que el tema de la conferencia me resultaba de gran interés y que el ponente demostraba grandes conocimientos sobre él. Pero su conocimiento parecía estar reñido con una, para mí, gran cualidad: la capacidad de síntesis.

Hace unos años recibimos el encargo de proyectar el diseño de una exposición antológica dedicada a un gran arquitecto. El material de dicha exposición se basaba en un estudio previo, concienzudo y pormenorizado, realizado por una persona profesionalmente muy cualificada. Pues bien, de las horas que empleamos en nuestro trabajo una buena cantidad tuvimos que dedicarlas a “pelearnos” con ella intentando hacerle entender que era materialmente imposible y didácticamente inadecuado “meter todo” en el espacio expositivo. Que era necesario hacer una selección que facilitara al público la lectura y la comprensión de la obra del arquitecto. La lucha fue casi cuerpo a cuerpo, titánica (exagerando), ya que nuestro “contrincante” entendía que estábamos minusvalorando su trabajo. De nuevo, incapacidad de síntesis.

Hace unos meses un arquitecto británico visitó nuestra ciudad para recibir un galardón por su contribución a la regeneración urbana de la misma. En el acto de entrega tuvo una intervención para repasar y explicar su amplia trayectoria en el campo de las infraestructuras del transporte. Veinte minutos escasos y una docena de imágenes fueron suficientes. Capacidad de síntesis.

Lo cual me lleva a pensar que esta entrada está a punto de sobrepasar la extensión suficiente para contar lo que quería contar. No quiero que se note demasiado mi incapacidad de síntesis. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

LLORAR CUESTA 74 EUROS


Llorar no es gratis, al menos en Japón, un país en el que expresar los sentimientos abiertamente es casi un tabú. Un céntrico hotel de Tokio ha dispuesto una serie de habitaciones, denominadas las “habitaciones del llanto”, en las que por un ¿módico precio? (entre 74 y 148 euros) se puede llorar a moco tendido, sin vergüenza y sin miedo a ser objeto de burla o desdén. En sus estanterías, películas y libros de marcado perfil lacrimógeno ayudan en el empeño.

Hace tiempo, al menos en la cultura occidental, se abandonó la idea de que las lágrimas eran un signo de debilidad y que llorar demostraba una personalidad inmadura. Incluso distintos estudios científicos han ido abonando la idea de los beneficios del llanto: anestesia natural contra el dolor, eliminación de toxinas, hidratación de los ojos, eliminación de gérmenes nocivos… Por tanto, tras conocer las bondades que aporta a nuestra salud emocional y física deberíamos tener totalmente asumido que no debemos sentir temor ni vergüenza cuando una lágrima asoma amenazante bajo nuestros párpados.

Todo esto estaría muy bien si no fuera por un pequeño detalle: las “habitaciones del llanto” japonesas han sido diseñadas solo para mujeres. A lo que sumo otro pequeño detalle: buscando documentación gráfica para ilustrar esta entrada, de las 100 primeras imágenes aparecidas bajo el epígrafe “llorar”, 69 correspondían a mujeres, 24 a niños o bebés y solo 7 a hombres con el lacrimal desbordado. Por lo visto lo masculino está reñido con los beneficios del llanto. O se practica “en la intimidad”.

Se me ha ocurrido bucear en el séptimo arte para comprobar si los tipos duros del cine han tenido que forzar alguna vez su glándula (la del párpado) por exigencias del guion y el resultado ha sido éste: todos han llorado en alguna ocasión pero, por regla general, sin desatarse, conteniendo el sentimiento, con mesura. Aquí van algunos:

Clint Eastwood


Humphrey Bogart


Marlon Brando


Dustin Hoffman


Robert de Niro


Brad Pitt


Incluso “El hombre de lata”, que a pesar de su robusta coraza no era un tipo muy duro.


Sin embargo, no puedo resistirme a cerrar este repaso cinematográfico sin incluir una secuencia de “Paris, Texas” (Win Wenders, 1984), protagonizada por Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski, con un estremecedor primer plano fijo de más de tres minutos de duración (entre los minutos 4.43 y 7.50 del vídeo). Sí, la que llora es una mujer. Y la sutil música de fondo de Ry Cooder también ayuda. Pero esa es otra historia.

Nastassja Kinski


jueves, 20 de agosto de 2015

EL SUSTANCIERO

Días y noches de verano en el pueblo, años de infancia y juventud. Una vivencia que casi todos hemos tenido y añoramos: la bicicleta, las fiestas de los barrios, las chicas; los pimientos de la huerta, los baños en el río, las chicas; la pila de hierba, los bailes en las romerías, las chicas.

Pero además de todo esto, y de las chicas, recuerdo las tertulias (no las televisivas, afortunadamente) que tenían lugar después de cenar, en el pórtico de la ermita junto a nuestra casa. Era una reunión atípica por su carácter intergeneracional (de ocho a ochenta años) y su interculturalidad (los “urbanitas” que habíamos aterrizado por allí y los “rurales” de toda la vida). Se hablaba un poco de todo y, lo más interesante, se contaban historias. Este apartado estaba reservado generalmente a los más veteranos. Y eran historias que se repetían año tras año. Pero yo disfrutaba mucho con ellas, con sus escenificaciones y con las pequeñas variantes que se iban introduciendo con el paso del tiempo.

Recuerdo con nitidez una de las historias que contaba mi abuela, la del “sustanciero”, palabra que el corrector me subraya en rojo porque, es cierto, no está recogida en el diccionario de la R.A.E. El “sustanciero” era (no tengo constancia de que exista en la actualidad) un hombre que recorría las calles del pueblo con un saco a cuestas al grito de “¡Sustancia, sustancia!” y que, cuando era requerido desde alguna casa, sacaba del saco un hueso de jamón o de vaca y lo introducía en la olla que estaba al fuego por un módico precio. Quince minutos tenían la culpa para dejar toda la sustancia y el sabor en el guiso, si es que aún le quedaba algo de esencia al hueso, antecedente de las pastillas de caldo Avecrem o Starlux (aquí se pueden decir marcas) que llegarían unos años más tarde.

Recreación. Fotografía de José María Moreno García.

Mucho tiempo después de haber escuchado esta historia anduve fisgando por aquí y por allá y pude comprobar que este personaje, este oficio al fin y al cabo, no era exclusivo de nuestra comarca sino que también se habían “sustanciado” caldos en otros puntos de la geografía española. Es más, historias paralelas sostenían que el susodicho, en algunos casos, dejaba en las casas alguna sustancia más que la que iba a parar al caldo. Vamos, que debía haber repartidos por los pueblos una buena colección de vástagos de “sustanciero”. ¡Mentes calenturientas! Esta variante no la recuerdo yo de boca de mi abuela, a no ser que mi corta edad me impidiese interpretar adecuadamente sus palabras. Probablemente se trate de una leyenda urbana más (rural en este caso), como la del “butanero” o la del “fontanero”.

Sea como fuere, siempre me pareció una historia fascinante la del “sustanciero”. Y bien pensado, esa sabrosura que el esquelético hueso aportaba al guiso ¿no respondería en realidad a un efecto placebo? ¿A una cuestión más de fe y de deseo que de paladar? Es probable. Y me pregunto también si en la actualidad existe alguna actividad similar que acceda a nuestras casas y dé sustancia a nuestros guisos, a nuestros días, a nuestras vidas… Algo o alguien que consiga, en pocos minutos, hacernos creer que todo es mejor, más bonito y más sabroso de lo que en realidad es. Que nos haga creer que somos guapísimos, que todo lo que hacemos es súper-guay y que toda la gente nos quiere con locura. Que “me gusta” lo que haces, “te comparto” y, si te descuidas, “te etiqueto”. ¿No será “el Facebook” nuestro “sustanciero” del siglo XXI?

Nota: No pienso actualizar mi foto de perfil… hasta que cambie de ojo.

viernes, 3 de julio de 2015

DICCIONARIO HIPSTER Y DE NUEVAS TENDENCIAS

Hace unos días, al enseñar la fotografía de un arquitecto cántabro que trabajó en Bilbao, uno de los jóvenes asistentes exclamó: “¡Hala, si era un hipster!” Sí, un hipster del siglo XIX.

El “hipster” Joaquín de Rucoba (1844-1919)

Unas semanas antes bombardearon mi ordenador con unos mensajes publicitarios bajo el título “Viajes para singles”. Soy lento de reflejos, y me costó entender eso de “Viajes para discos sencillos”.

Poco a poco fui atando cabos y poniéndome al día. Y decidí acometer mi pequeña aportación para aquellos que, como yo, tienen dificultades con este nuevo lenguaje. Y fui descubriendo, para mi sorpresa, que en realidad estos “palabros” no son tan nuevos sino que parecen obedecer a una puesta al día de términos que han existido toda la vida.

Así que aquí va el germen de este Manual de Uso o Diccionario Hipster y de Nuevas Tendencias, o lo que sea. Espero aportaciones para que pueda llegar a convertirse en la Hipsterpedia.

Bebé reborn:   Con su pelo, con sus venitas, con sus arruguitas… Muñeco.
Bonus:            El “sobre” de toda la vida.
Hipster:           Barbudo bien peinado.
Coaching:       Entrenamiento. Suena mejor aquello de “Entrenador, entrenador…”
Crowdfunding:  Patrocinio, mecenazgo. Desde los Médicis, o más allá.
Cupcake:        Madalena (o magdalena) con moño.
Freelance:      Trabajador por cuenta propia, autónomo… ¡Ahí va!, yo mismo.
Gadget:           Dispositivo o aparato. Un “cacharro”, para entendernos.
Riff:                 Secuencia de acordes. El arranque de “Smoke on the water”, por ejemplo. Y ya ha llovido.
Selfi:                Autorretrato. Desde la pintura renacentista, y más allá.
Single:             Soltero… buscando.
Slow food:       Comiendo despacio. Ya me lo decía mi abuela.
Slow motion:   Cámara lenta. Desde que el cine es cine.
Streaming:      En directo. Desde que la televisión es televisión.

“El hipster se levantó aquella mañana con intención de dar un giro a su vida. Mientras sumergía el cupcake en la leche tomó la decisión de abandonar su labor de coaching para trabajar como freelance a partir de ese momento. Se hizo un selfi para cambiar su foto de perfil y se arrancó con un improvisado riff a la guitarra. Era el comienzo de una nueva etapa. Se desplazó por la habitación en slow motion y cuando ya estuvo sentado frente al ordenador se planteó la posibilidad de acudir a un crowdfunding para financiar el proyecto que tenía en mente. Pero antes hizo la reserva en un viaje para singles a Nepal. Vio que estaban retransmitiendo in streaming el concierto de su grupo preferido. Pero prefirió ir a su antigua empresa, recoger el bonus de productividad y despedirse. Sus compañeros le regalaron como recuerdo un gadget para controlar la temperatura de las botellas de vino. Quedaron para comer juntos el fin de semana en un slow food.
Pero lo que no sospechaban sus ya antiguos compañeros era que no acudiría solo a esa cita, porque justo en ese momento se encaminaba a adoptar un bebé reborn.”

jueves, 12 de marzo de 2015

NO SONRÍA, POR FAVOR

Tess Christian, mujer británica de cincuenta años, lleva cuarenta sin sonreír. No hay nada que se lo impida, ninguna malformación, atrofia muscular ni enfermedad. Fue una decisión voluntaria que surgió cuando tenía diez años y estudiaba en una escuela católica: “Las monjas no eran alegres, no les gustaba que los niños sonriesen. Siempre me dijeron que borrara la sonrisa de mi cara. Así que aprendí a no sonreír”, afirma. Lo que empezó como una cuestión de fe se convirtió en una estrategia o método de belleza al pensar que, gracias al hecho de no reír o sonreír, conseguiría uno de sus anhelos, no tener arrugas.

Dicho y hecho. Tess ha aplicado con rigor y escrupulosa disciplina esta técnica anti-envejecimiento a lo largo de los años y, al parecer, con resultados totalmente satisfactorios: “Mi dedicación ha dado sus frutos, ahora no tengo una sola línea en la cara”. Tanto rigor ha aplicado en su método que ni siquiera sonrió al ver por primera vez a su hija.

Tras leer esta noticia mi primera reacción fue sacar el álbum de fotos y darle un rápido repaso: risas, sonrisas, muecas… Después me acerqué al espejo, todo lo que mi miopía (demasiado “mi mi”) me permitía, y pude comprobar las consecuencias: líneas horizontales y verticales en la frente, desplegadas en abanico bajo los ojos, diagonales en la comisura de los labios… Mejor no sigo. Los dermatólogos corroboran que “las arrugas aparecen debido a la creciente constante de la sonrisa y de las líneas de la frente por los músculos de la cara, lo que dobla el tejido conectivo por debajo de la piel”. Así que nuestra heroína ha dado en el clavo, ha desarrollado el método perfecto, ahorrándose el botox y las cremas caras. Y ahora luce un espléndido rostro de porcelana.

Y me pregunto, ¿cómo será su álbum de fotos?, ¿habrá aleccionado también a su hija a no sonreír?, ¿sonreirá su pareja por ella?, ¿puede permitirse llorar?... Demasiadas preguntas de las que nunca conoceré la respuesta.

Vuelvo a acercarme al espejo, todo lo que “mi mi” me permite. Huum, demasiado tarde. Lástima no haber ido a ese colegio de monjas. Pero…sonría, por favor.

martes, 30 de diciembre de 2014

LEYENDA O REALIDAD

Según el diccionario de la R.A.E. leyenda es la “relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”. Podríamos decir también que una leyenda es una narración de apariencia histórica con una gran proporción de elementos imaginativos, un relato que pretende explicar un fenómeno natural a través de una historia fantástica.

Si visitamos un palacio que nunca se pudo terminar de construir nos contarán que se debió a la maldición que el diablo, en forma de viejo jorobado, lanzó sobre la familia que lo iba a habitar. Si nos asombramos ante la belleza de una laguna de intenso color verde alguien nos dirá que se debe a que en el fondo de sus aguas está enterrado el cuerpo de una princesa cuyos ojos eran de ese color. Nos gusta más escuchar estas historias que conocer los problemas económicos que impidieron la culminación de las obras del gran palacio. O aprender el impronunciable nombre de las algas responsables del tono verdoso de las aguas. ¡Dónde va a parar!
Un apartado apasionante dentro de este género fantástico lo constituye la creación de personajes de leyenda, elevados a seres mitológicos en muchos casos: Odín, Thor, en la mitología escandinava. Y qué decir de la mitología griega, en la que resulta casi imposible separar la historia real de la mitológica: Prometeo, Edipo, Ulises, los dioses del Olimpo… Pero hay un personaje, muy presente además en estas fechas, cuya fantástica historia y su “puesta en escena” (aspecto físico, vestimenta, medio de transporte…) se ha ido configurando, no ya a través de los años sino a través de los siglos. Hablo de San Nicolás – Santa Claus – Papá Noel, con un largo periplo desde las tierras del norte de Europa en el siglo cuarto hasta su último “retoque” por parte de los publicistas de Coca Cola en 1931, que terminaron de darle ese aspecto más humano de tierno abuelito. A partir de entonces el marketing consumista aplicado a los personajes de leyenda ha sido una constante (cómics, películas, videojuegos…)


Y hablando de “puesta en escena”, estos días he vuelto a ver una de las últimas películas de John Ford, “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962). Y he descubierto en ella nuevos matices, nuevos temas, que la mantienen totalmente vigente. He vuelto a disfrutar. Tanto es así que, tras varios años en los que mi película favorita de este director ha sido “Centauros del desierto”, a partir de ahora, y no sé durante cuánto tiempo, va a ocupar ese puesto este western (crepuscular, dirían algunos) que realizó ya al final de su carrera. Frente a los paisajes abiertos de “Centauros del desierto”, aquí la historia se desarrolla en decorados e interiores (la cocina, el bar, el salón…) en un argumento en el que destaca, precisamente, esa disyuntiva entre leyenda y realidad. Cuando Ransom Stoddard (James Stewart), relata al periodista la verdadera historia por la que ha acudido junto a su mujer Hallie (Vera Miles) al funeral de su viejo amigo Tom Doniphon (John Wayne), se produce este diálogo:


 R. S.: ¿Usted qué prefiere, la verdad o la leyenda?
Periodista: En el Oeste, cuando la leyenda supera a la verdad publicamos la leyenda.

viernes, 28 de noviembre de 2014

GENEROSIDAD

Hace unos días, en una reunión de trabajo, un compañero le hacía a otro el siguiente reproche: “Qué poco generoso eres, Iñaki (nombre simulado)”. Al escucharlo me sorprendió la sutileza del reprochador al sustituir la acusación de egoísmo por su antónimo, la generosidad. Me pareció elegante.

Pero asimismo redescubrí esa palabra, ese término que yacía un poco adormecido en el cajón de mi vocabulario. Y no había caído en la cuenta de que la generosidad abarca una serie de cualidades que a veces yo he intentado destacar de alguna persona a través de otros términos, con poco éxito: una persona amable, cercana, que sabe escuchar, que se presta a colaborar, a aportar, que da ánimos, que irradia “buena onda” (como dicen en México), que desprende energía positiva solo con su mirada, que nos brinda una sonrisa sincera… Y ¡vaya!, de repente me doy cuenta que con una sola palabra me basta.

Es una especie, la de la persona generosa, que abunda poco, incluso en peligro de extinción diría yo. Porque la generosidad supone no esperar nada a cambio de tu acción, de tu actitud. Y eso, en una sociedad basada en el intercambio, en el dar para recibir, en la suspicacia y la competitividad, se convierte en la acción de una “rara avis”. Aunque estoy seguro de que finalmente hay algún tipo de contrapartida para el generoso, pero que tiene más que ver con sensaciones o estados de ánimo al haberse quitado de encima ese peso del trueque establecido.

En ese sentido tengo que afirmar que, a día de hoy, en mi entorno habitual, en mi pequeño ecosistema, no tengo carencias en lo que a la generosidad se refiere. Disfruto de la presencia de varios ejemplares de “homo generosus” (acabo de visitar los yacimientos de Atapuerca). Y eso se traduce en momentos de felicidad. Sí, me considero afortunado, y ojalá el “homo generosus”, a pesar de todo, corra mejor suerte que la que tuvo el “homo neanderthalensis”.

Compañero Iñaki, a ver si eres un poco más generoso y dejas de estar… incordiando (de primeras me había salido otra expresión, pero no toca) al personal día sí y día también. Sé que es difícil evolucionar, pero seguro que tú puedes.

Miguelón

Y, por cierto, no venimos del mono sino de Miguelón: http://www.museoevolucionhumana.com/~museoevo/es

jueves, 16 de octubre de 2014

EL CABRERO, EL MONTAÑERO Y LA EXPERIENCIA


Vi a lo lejos un rebaño de cabras que ascendía por el monte. Y detrás dos figuras humanas que las azuzaban con gritos y silbidos. Aceleré el paso para cruzarme con ellos, pero se movían con rapidez. Tuve que dar lo mejor de mí mismo y conseguí llegar a la altura del segundo cabrero… porque se detuvo un momento. Yo estaba sin resuello y le hice un gesto para que esperara. Cuando pude articular palabra le pregunté, suponiendo que conocía bien la zona, si sabía de alguna ruta para llegar a la cima por el lado norte (por el lado sur ya había subido en otras ocasiones). En efecto, conocía aquellas montañas al dedillo, me dio todo tipo de explicaciones sobre los nombres de cada paraje, me contó que estaban bajando las cabras al valle porque venía el veterinario, que parecía que el tiempo estaba de cambio, que se podía ir por aquí y por allá… pero no respondió a mi pregunta. Volví a formulársela, de manera más clara, y el resultado fue el mismo. El cabrero conocía cada risco, cada paso, pero no necesitaba caminos ni senderos para ir de un lugar a otro. Con seguir a las cabras le bastaba. 

Unos metros más adelante me crucé con un montañero veterano que bajaba no sé de dónde. Le planteé la misma cuestión. No respondió de inmediato con lo que supuse que tampoco iba a sacar nada en limpio. Miró hacia la cumbre, miró a la derecha, miró a la izquierda, y empezó a improvisar una respuesta. La misma respuesta que habría dado yo después de mirar a la cumbre, a derecha y a izquierda. No reconoció que nunca había hecho esa ruta pero intentó evidenciar su experiencia en la montaña.

Cuando estudié en la Universidad tuve algún que otro profesor “cabrero”, arquitectos con una trayectoria profesional interesante, con buenas obras realizadas, con mucha experiencia, pero con incapacidad para adaptar y transmitir sus conocimientos al alumnado. Y también algún que otro profesor “montañero”, de esos que año tras año cuentan la misma historia, llevan el mismo programa, sin plantearse si quiera el que pueda existir algún “camino diferente hacia la cumbre.”

Y esto me lleva a pensar en el relativo valor de la experiencia o, mejor dicho, en el excesivo valor que, a veces, le otorgamos a la misma, entendida como una actividad o práctica prolongada, como un valor simplemente cuantitativo, sin profundizar en su nivel de calidad. Por ejemplo, en los concursos de arquitectura se plantea como valor fundamental el tener experiencia en “trabajos similares al objeto de la convocatoria”, llegando al extremo de ser incluso una condición necesaria para poder participar el haber realizado a lo largo de los últimos años proyectos de más de 200 viviendas para un concurso de 50 viviendas (no me lo estoy inventando). O haber realizado al menos 3 proyectos de palacios de congresos para un concurso de 1 palacio de congresos (claro, como se hacen palacios de congresos a diario quien más quien menos tiene en su currículo dos o tres proyectos de ese tipo que le avalen).

En definitiva, damos por hecho con excesiva ligereza que la experiencia es un activo y un valor en sí misma sin analizar la calidad de ese “amplio currículo”. Puede que esos proyectos de más de 200 viviendas sean unos malos proyectos, hechos como churros a lo largo de muchos años y que, sin embargo, un arquitecto recién licenciado y “sin experiencia” sea capaz de aportar cosas más interesantes en su primer proyecto. Y creo que el ejemplo es exportable a todas las facetas de la vida. Mi “experiencia” me dice que en muchos casos es así. Y eso que estoy tirando piedras contra mi propio tejado porque ya empiezo a estar más del lado de una amplia trayectoria profesional que del recién licenciado, ¡jo!

EPÍLOGO. Cuando me encontré con el cabrero ésta era mi equipación: pantalones y camiseta de montaña, botas chirucas, bastones de montaña, gorra, cinta para las gafas, mochila con: botellín de agua, navaja multiusos, pañuelos de papel, una manzana, dos onzas de chocolate, cámara de fotos, teléfono móvil, prismáticos, sudadera por si se ponía de cambio… La del cabrero: unas viejas zapatillas de deporte, un chándal deslavado y una vara de avellano para dirigir a las cabras. Al menos algo positivo tiene la experiencia, la optimización de recursos.

¿Que cómo acabó la jornada? Alcancé la cumbre por la vertiente sur, el camino de toda la vida.