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sábado, 25 de agosto de 2018

CARLES Y OWEN (2)



La trayectoria de Owen Pallett no es tan dilatada como la de Carles Santos. Pero, sin haber cumplido aún los cuarenta, ha atravesado ya por distintas fases y proyectos como compositor, instrumentista (sobre todo de violín) y vocalista. Y tiene en común con el artista castellonense sus extraordinarias dotes musicales y su continua búsqueda de nuevas formas musicales.

Nació en Toronto, hijo de un organista, y desde pequeño fue adquiriendo una sólida base musical. Compuso su primera pieza para violín con tan sólo trece años. Mientras cursaba estudios en la Universidad de Toronto realizó sus primeras bandas sonoras para películas y videojuegos. En 2005 publicó su primer disco bajo el alias de “Final Fantasy” y en 2006 obtuvo el premio Polaris Music por su álbum “He Poods Clouds”.

Además de su carrera en solitario ha colaborado y compuesto temas para otros grupos como Arcade Fire, R.E.M. o The National. Difícilmente clasificable dentro del panorama musical su música se ha definido como “indie pop” o “pop barroco”. Lo dicho, difícilmente clasificable. En sus actuaciones en directo es donde despliega su gran virtuosismo musical con una puesta en escena que, en alguna medida, tiene puntos de contacto con los conceptos musicales que desarrolla la argentina Juana Molina. Eso sí, con una gran complejidad en sus estructuras musicales en cuanto al ritmo y las armonías, pero sin dejar de transmitir un gran lirismo, algo que está al alcance de muy pocos.

En este tema los continuos cambios de compás, incluso con desfases entre la voz y el instrumento, las transiciones, los sonidos aleatorios… crean una atmósfera aparentemente confusa e inexplicablemente inquietante y atractiva:


Y en directo, en estado puro:


¡Que no pare la música!

viernes, 3 de agosto de 2018

CARLES Y OWEN (1)



Si el verano pasado hablé de Silvia y Juana como dos descubrimientos simultáneos en el mundo de la música algo similar me ha ocurrido estos últimos meses, en este caso con dos hombres, Carles y Owen. A lo que hay que añadir un paralelismo más, También en el caso de Carles, como en el de Silvia, ha sido más bien un redescubrimiento.

Volví a saber de Carles Santos, de quien había perdido la pista hace ya unos años, por la noticia de su fallecimiento, hace unos meses. Noticia que no ocupó más allá de unas pocas líneas en algún medio de comunicación. Tenía 77 años.

Carles Santos nació en Castellón. A los cinco años ya tocaba el piano y con veinte empezó a dar conciertos, convirtiéndose en un pianista virtuoso lo que, sin duda, le habría permitido desarrollar una extraordinaria carrera profesional. Pero su espíritu inquieto le llevó a trasladarse a Estados Unidos donde conoció a John Cage, que marcó su actitud y su futuro artístico. Y de pianista virtuoso pasó a artista polifacético y vanguardista, siempre con propuestas innovadoras y sorprendentes: compositor, intérprete, guionista y director de cine y teatro, escultor, fotógrafo… Pocas facetas del mundo del arte escaparon a su frenética actividad durante más de cinco décadas.

Por ejemplo, de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 todos recordamos la actuación a dúo de Montserrat Caballé y Freddie Mercury pero pocos saben que la composición y dirección del espectáculo musical de ese mismo acto estuvo a cargo de Carles Santos.

A pesar de haber recibido numerosos premios y condecoraciones, tanto en el campo de la música como en el de los espectáculos escénicos, su nombre sólo era reconocido en ambientes y entornos muy reducidos. Podría decirse aquello tan manido de que quizás si hubiese desarrollado su actividad en Nueva York otro gallo habría cantado. Quizás, quién sabe. Lo cierto es que su fallecimiento me ha impulsado a revisar parte de su obra y concluir, sin ningún género de dudas, que Carles Santos era un auténtico genio, acogiéndome a la acepción número 4 de la RAE:
“Capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables.”, a lo que habría que añadir sus extraordinarias facultades como intérprete, que nunca perdió.


Como despedida me quedo con una de sus últimas… lo que sea: en el estreno de uno de sus espectáculos se tumbó en el umbral de la puerta de acceso a la sala obligando a los espectadores a pasar por encima de él, librando su cuerpo, rozándolo o incluso pisándolo, al gusto y decisión de cada uno. Pues eso, que cada uno haga su propia interpretación.


Una pequeña selección de algunas de sus creaciones:




Una de las pocas entrevistas que concedió, en TV3:


Y para finalizar esta auténtica “delicatessen” de su disco “Pianotrack”:



sábado, 12 de mayo de 2018

IZ



Cuando voy escuchando la radio, generalmente en el coche, me gusta jugar a imaginarme el aspecto físico de las personas que intervienen en los programas, intentando asociar su voz con un determinado rostro, color de ojos, corte de pelo… Y debo ser el peor jugador del mundo en este ejercicio mental intrascendente. Mi último logro: el conductor de un programa de música nocturno al que había dibujado mentalmente con una larga melena negra (quizás con coleta), rostro huesudo y chupa de cuero llena de remaches resultó ser un dandi impecable con chaqueta blanca entallada, pelo canoso engominado y gafas de pasta fina. ¡Todo un éxito!

Hace unos años empezó a escucharse con insistencia en las ondas una canción que era en realidad una versión del tema principal de la película “Mago de Oz”. El tema, “Over the rainbow”, sonaba con un original ritmo de ukelele que le proporcionaba una vitalidad y una frescura diferente a todas las versiones que había escuchado hasta entonces. El motivo fue su inclusión en la banda sonora de una película que se estrenó en 1998, “¿Conoces a Joe Black?”. Diez años después la he escuchado de nuevo en la radio y he vuelto a jugar: su intérprete debe ser un chico alto, rubio, de pelo rizado y ojos claros. Quizás relacionado con la cultura del “surf” (supongo que por la sonoridad del ukelele). Pues bien, en esto último no iba desencaminado, pero en el resto…

La canción se había grabado en 1993 y estaba incluida en un disco titulado “Facing Future”. Su autor, un músico hawaiano de nombre sencillo, Israel, y de apellido impronunciable, al menos para mí, Kamakawiwo'ole, apodado IZ. Había nacido en 1959 y era un intérprete de música hawaiana fusionada con toques de jazz y reggae, con un estilo peculiar y único. En el archipiélago llegó a ser un personaje muy popular, considerado como uno de los músicos hawaianos más importantes de la historia, y fue también un activista destacado en la causa independentista.

En cuanto a su aspecto físico: moreno, de pelo liso, ojos negros como el azabache y más de trescientos kilos de peso. Una vez más, nada que ver con mi conjetura. Los problemas derivados de su obesidad hicieron que su vida no llegase más allá de los 38 años. A la ceremonia en la que sus cenizas fueron esparcidas en el océano Pacífico acudieron más de 10.000 personas que le rindieron homenaje con cánticos y chapoteos desde sus canoas frente a la playa de Makua.

Israel IZ  Kamakawiwo'ole, la voz “más allá del arco iris”.

“Over the rainbow”:


“What a wonderful world”:


lunes, 2 de octubre de 2017

SILVIA Y JUANA (2)


(…Continúa)

Si Juana Molina fue para mí un descubrimiento absoluto lo de Silvia fue más bien un redescubrimiento, un reencuentro. Porque de Silvia Pérez Cruz sólo tenía una vaga referencia, su participación en la banda sonora de la película “Blancanieves” (Pablo Berger, 2012), y de ahí que la situara en el mundo de la música andaluza y del flamenco. Este verano escuché su versión de “Abril 74”, canción compuesta por Lluís Llach en homenaje a la revolución portuguesa del 25 de Abril. Al escuchar su voz en catalán me surgieron dudas sobre su origen y, de pronto, se abrió el extraordinario abanico musical que Silvia ha ido recorriendo en su, aún, breve trayectoria.


Música andaluza, boleros, habaneras, música francesa, jazz… Al lado de grandes músicos como Toti Soler, Javier Colina, Jorge Drexler… Versiones de temas clásicos que en su voz adquieren una dimensión nueva, canciones que vuelven a nacer pasando a convertirse en temas propios. Su versión de “Pequeño vals vienés”, que compuso Leonard Cohen sobre un poema de Federico García Lorca, es exuberante, con el mágico acompañamiento a la guitarra de Raúl Fernández. Y más sorprendente aún su versión de “Gallo rojo, gallo negro”, himno popular compuesto por Chicho Sánchez Ferlosio.

Podría pensarse por tanto que Silvia es sólo una gran intérprete que se apoya en composiciones ajenas para desarrollar toda su energía musical, lo cual no es poco. Pero no es así. También ha desarrollado trabajos de creación propia como su participación en el grupo Las Migas o el disco “11 de Novembre”, su primera grabación en solitario. En este documental ella misma explica esa condición “universal” de su música.


Gracias Silvia, gracias Juana. Por acompañarme a lo largo de este verano raro, raro, raro.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

SILVIA Y JUANA (1)


Silvia nació en Palafrugell, Juana en Buenos Aires. Silvia nació en 1983, Juana en 1962. Silvia tiene una hija, Juana también. Silvia ha grabado siete discos, Juana ocho.

Silvia y Juana me han acompañado a lo largo de este verano raro, raro, raro, con sus canciones. Ha sido un descubrimiento simultáneo y reciente, aunque no son unas novatas en el mundo de la música. Y además he encontrado un nexo de unión entre ellas: su inquietud, su inconformismo, su búsqueda continua. Aparte de su extraordinaria calidad musical lejos de cualquier etiqueta posible.

Me alivia encontrar de cuando en cuando, en cualquier campo o actividad artística, propuestas que aporten un soplo de aire fresco, personas con capacidad de riesgo y de cambio, dejando atrás, incluso, un estatus cómodo y desahogado. Y sobre todo con capacidad de emocionar. En este caso, a través de sus universos sonoros particulares.

Hoy empezaré con Juana, Juana Molina. Que decidió abandonar su exitosa trayectoria como actriz de telecomedias para dedicarse a lo que siempre le había apasionado, la música. Mi “flechazo” con ella, ese idilio que dura ya varios meses, se produjo al escuchar en la radio mientras viajaba por carreteras pobladas de vacas (esa es otra historia) una canción de su último disco, “Cosoco”. Me dejó hechizado.

  
No era capaz de discernir en qué radicaba esa fascinación así que, sencillamente, me dejé llevar y embaucar por su ritmo y su sonoridad. Días después, alguien que sabe de música mucho más que yo (que no sé nada) me dijo que la canción estaba en un compás atípico, 7/8 (siete por ocho). ¡Mira tú! Y otra persona calificó la canción como “rara”. Pues está bien, una canción rara para un verano raro. Todo encaja, hasta un grupo de vacas en medio de la carretera.

Y claro, a partir de entonces me tocó revisar la discografía y la trayectoria de Juana. Y me enganché definitivamente a su universo sonoro, a su valentía, a su talento, a su personalidad. Todo ello se recoge de forma sencilla y a la vez profunda en el siguiente documental. Todo está en su cabeza… y en su pie.

(Continuará...)


domingo, 19 de febrero de 2017

VERSIONES DE CANCIONES (2)

Sonaron los primeros acordes de la guitarra y creí identificar la canción, una versión de “Hurt”, que grabó Johnny Cash hace ya unos años. Fue el pasado sábado en el acto de inauguración de una exposición fotográfica, y no me equivocaba.

No es la primera vez que hablo de Cash y de sus canciones: “Diez años sin el hombre de negro”. Pero sí es la primera vez que hablo de esta canción que me puso los pelos de punta la primera vez que la escuché, y aún lo sigue haciendo. Su interpretación destila una profunda melancolía que suena a repaso vital y a despedida. Pertenece a su último disco, “American IV: The Man Comes Around”, que grabó en 2002 ya con su enfermedad pulmonar muy avanzada, unos meses antes de morir. Probablemente su estado físico provocó un cambio de registro en su música con interpretaciones más reflexivas pero no menos intensas. Y “Hurt” es una buena muestra de ello.


Unos años más tarde escuché una versión de esta canción a cargo de un grupo desconocido para mí hasta entonces, Nine Inch Nails. Me pareció interesante, de ese tipo de versiones que reinventan la canción original hasta hacerla prácticamente nueva, una “deconstrucción” del tema original, por utilizar un término filosófico muy en boga en todos los ámbitos, incluso en el arquitectónico y en el gastronómico. La deconstrucción tenía su atractivo, sin duda, y me reafirmaba en la idea de que la creatividad puede estar apoyada en trabajos ajenos y llegar incluso, en algún caso, a superar el original: “Versiones de canciones”.


Y hasta aquí sería una historia más de entre tantas si no fuera porque lo que acabo de contar es totalmente falso. Porque aquí sí me equivocaba. Aunque no he mentido.

Hace unos meses volví a escuchar “Hurt” en la versión de Nine Inch Nails. Y aparecía una fecha, 1994, el año en que fue grabada por este grupo dentro de su álbum “The downward spiral”. ¿Cómo? Me quedé petrificado un momento. Y no tuve más remedio que reconstruir la historia admitiendo que fue Johnny Cash quien hizo, asimismo, su propia “reconstrucción” de este tema ocho años después de su publicación.

Pero a pesar de este giro en la historia de 180 º hay algo que no ha cambiado: es una canción sublime.

miércoles, 18 de enero de 2017

¡CORTEN!


Una de las mejores entrevistas que he escuchado jamás tuvo como protagonista, al final de su trayectoria profesional, al cineasta John Ford. El mérito no fue precisamente (o quizás sí) de su entrevistador, el también director de cine Peter Bogdanovich, que se afanaba en intentar extraer de su entrevistado las claves más profundas de su obra cinematográfica.

P.B.: Señor Ford, su visión del Oeste es cada vez más melancólica, si comparamos por ejemplo “Caravana de paz” con “El hombre que mató a Liberty Valance”. ¿Se había dado cuenta?
J.F.: No.
P.B.: Ahora que se lo comento, ¿quiere decir algo al respecto?
J.F.: No sé a qué se refiere.
P.B.: Señor Ford, ¿diría que en “Fort Apache” la moraleja era que el ejército era más importante que el individuo?
J.F.: ¡Corten!

Sin duda el sabio y huraño Ford en estado puro. Un Ford que nunca mostró interés alguno en hablar de su cine, en explicar ni analizar sus películas. Ya serían otros los que se ocuparían de elucubrar, interpretar y decidir por qué su cine era así y no de otra manera, llegando a conclusiones incluso contradictorias en muchos casos.

En los tiempos que corren, por el contrario, parece que los propios artistas y creadores de diferentes ámbitos (cine, literatura, música, artes plásticas…) se empeñan en explicar y justificar sus propias creaciones, convirtiéndose, de alguna forma, en sus propios entrevistadores, dirigiendo o predisponiendo al espectador ante sus obras, eliminando el factor sorpresa o la capacidad de emocionar o sugerir que toda obra artística debería poseer por sí misma. Y esos creadores dedican más energías (demasiadas, diría yo) a convertirse en guías espirituales, en divulgadores y voceros culturales de sus propias obras. Y cuando eso sucede, cada vez de forma más habitual, me pongo en guardia, recelo de la capacidad creativa real de esas personas.

Estos días disfruto, gracias a la generosidad de los Reyes Magos, de la escucha de un disco grabado en 2016, con motivo de la despedida de un grupo de música de nuestra tierra, Oskorri, tras cuarenta y cinco años de trayectoria profesional. Nunca me he parado a analizar y diseccionar sus canciones. Tampoco he escuchado de ellos explicaciones metafísicas ni filosóficas sobre su trabajo. Pero han sido y son muy buenos, los mejores, un escalón o dos por encima del resto. Sólo hay que dejarse llevar por su música. Que si son grandes intérpretes, que si fusionan de forma magistral tradición y modernidad, que si son exquisitos músicos en directo, que si… Como diría John Ford… ¡corten!

Oskorri & Ruper Ordorika en 1996:


domingo, 2 de octubre de 2016

MÚSICAS BOVBINAS


Hace unos años decidí ser yo quien agasajara en una fecha en la que lo normal es recibir felicitaciones y algún que otro regalo. Lo hice con un disco que recogía 35 canciones asociadas a aquellos primeros 40 años de vida. Y prometí que “dentro de 40 años… más”. No he esperado tanto para cumplir mi promesa.

En 2014 “subí a Youtube” mi primer vídeo, con el atrevimiento o la ingenuidad de acompañar las imágenes con un tema musical de Miles Davis. No sé si fue él quien se retorció en su tumba o los que chupan ahora de su música quienes hicieron saltar las alarmas (me inclino por estos últimos) pero tuve que retirar de inmediato el vídeo bajo pena de no sé qué. Alternativas: bucear en el farragoso mundo de los derechos de autor para conseguir músicas libres o… jugar a músico y realizar mis propias composiciones. Y he jugado. Tal atrevimiento ha derivado en estos dos años en 12 temas, y me ha parecido un número apropiado para juntarlos en un LP (o como se llame ahora).

El juego se ha convertido en ocasiones en un muro casi infranqueable y ha puesto al descubierto lo que ya sabía: mis limitaciones e incapacidades para componer e interpretar, aunque sea a través de la tecnología digital. Lo que ha incrementado, aún más si cabe, mi admiración por todos esos músicos capaces de generar universos sonoros. Me quito una vez más el sombrero, la gorra y la boina.

Cuando me metí en este charco, que ha resultado ser mucho más profundo de lo que parecía a simple vista, imaginaba que una de las mayores dificultades con las que me iba a encontrar sería conseguir el “tono” más o menos adecuado para ilustrar de forma sonora las diferentes imágenes e historias: un tono dinámico, épico, luminoso, trascendente… Y así ha sido. Sin embargo el mayor atasco ha surgido con algo, a priori, mucho más banal: terminar los temas, las canciones. Cerrar de forma coherente las últimas notas o los últimos acordes de una melodía que, más o menos, podía funcionar. Nunca imaginé que fuera tan difícil, al menos para mí.

Podría extenderme mucho más sobre este viaje musical, apasionante y complejo a la vez. Pero, al fin y al cabo, no ha sido más que un proceso de aprendizaje personal que, probablemente, haya llegado a su punto final.

Son músicas (o lo que sea) surgidas para acompañar imágenes, así que animo a escucharlas con los ojos cerrados para que cada uno le ponga las suyas. Y pido perdón, por usar el nombre de Miles en vano, por atreverme a juntar notas sin ser músico y, sobre todo, por invitar a escucharlas.

Bovina: Perteneciente o relativo al toro o a la vaca.
Bobina: Tontina, sin entendimiento o razón.
Bobina: Rollo de película cinematográfica.


viernes, 5 de agosto de 2016

THE GALWAY GIRL


La primera vez que escuché esta canción:

“Whiskey in the jar”:


de inmediato le puse la etiqueta de “música country”. Error, era música irlandesa. Me equivoqué, pero no del todo…

La patata llegó a Europa procedente de Sudamérica en el siglo XVI. Tres siglos después, a mediados del siglo XIX, la aparición de una plaga en su planta provocó lo que se conoce como “la gran hambruna irlandesa”, una situación de falta de alimento agravada por la actitud de los terratenientes británicos, que se extendió varios años y que causó la muerte a más de dos millones de irlandeses. Otros dos millones decidieron emigrar a un país que aún se estaba formando, los Estados Unidos de América, en unas duras travesías atlánticas que también dejaron por el camino un buen número de víctimas. Ahora son más de cuarenta millones los estadounidenses con ascendencia irlandesa.

No podían llevar mucho encima, pero la música no ocupaba lugar. Y desde su desembarco en el Este del nuevo territorio fueron viajando hacia el Oeste con sus canciones y sus instrumentos. Canciones que se fueron combinando con otras formas musicales afroamericanas ya arraigadas en Norteamérica, como el blues, y la música espiritual y religiosa, como el gospel. Derivando, ya a comienzos del siglo XX, en lo que hoy conocemos como “música country”. Así que, de alguna forma, la patata fue protagonista en ese viaje de ida y vuelta a través del Atlántico que provocó la aparición de un nuevo género musical.

A finales del pasado siglo XX un músico estadounidense, Steve Earle, viajó a Irlanda en busca, precisamente, de esas raíces tradicionales. Recaló en Galway, ciudad situada en la costa Oeste. Y en uno de sus paseos tuvo un encuentro, breve pero intenso, con una chica del lugar, que le inspiró la canción titulada “The Galway girl”. La grabó con músicos irlandeses y la incluyó en el álbum “Trascendental Blues” que se publicó en el año 2000. La canción se hizo muy popular en Irlanda hasta convertirse en una especie de “canción himno” que suena a diario en los “pubs” y que supone, de alguna forma, ese punto de encuentro entre la música popular irlandesa y la música country estadounidense.

Con todo mi respeto y admiración hacia su creador, Steve Earle, me quedo con la versión de un grupo irlandés, The Kilkennys. ¡Viva la patata!

The Galway girl:


The Galway girl

“Bueno, fui a dar un paseo por el largo y viejo camino un día...
Me encontré con una pequeña chica y nos paramos a charlar, un buen día...
Y te pregunto amigo, qué puede hacer un tío,
porque su pelo era negro y sus ojos azules,
y allí mismo supe que estaba en mitad de un torbellino,
girando en el paseo a Salthill con una chica de Galway.

Estábamos a mitad de camino cuando vino la lluvia, un día...
y ella me invitó a ir a su piso en el centro, un buen día...
Y te pregunto amigo, qué puede hacer un tío,
porque su pelo era negro y sus ojos azules,
así que la cogí de la mano y la hice girar sobre sí misma,
y perdí mi corazón por una chica de Galway.

Cuando me desperté estaba completamente solo,
con el corazón roto y un billete a casa,
y te pregunto ahora, dime qué hubieras hecho tú,
si su pelo era negro y sus ojos azules,
He viajado mucho, he estado por todo este mundo,
chicos, nunca he visto nada igual a la chica de Galway.”

martes, 28 de junio de 2016

JAZZ, MÚSICA REFUGIO


La R.A.E. define refugio como “asilo, acogida o amparo”. En terminología náutica se denomina puerto refugio “al que se utiliza sólo como abrigo para las embarcaciones en tiempos duros”. Y en un libro que estoy leyendo aparece la frase: “su amistad me sirvió de refugio en los momentos difíciles”. Si a esto le añadimos términos como “refugio atómico” o “refugio antiaéreo” parece evidente que el concepto refugio está asociado, de forma indisoluble, a una situación negativa, de alto riesgo o necesidad.

A pesar de todo ello siempre he tenido un concepto “algo más amable” del término refugio. Que lo he “tuneado”, vamos. Y he ido construyendo los míos propios. Lugares físicos, imaginarios, mentales, que iban abriendo sus puertas cada cierto tiempo respondiendo a estados de ánimo diversos, no siempre asociados con momentos de ofuscamiento ni de oscuridad. Y uno de los espacios que, de forma recurrente, mejor me ha acogido se encuentra en el mundo sonoro, en la música, en la música de jazz.

Desde aquellos primeros conciertos en mi etapa universitaria (Dexter Gordon, Tete Montoliu, Ron Carter…) el jazz se instaló como refugio de sólidos cimientos en mi parcela emocional y sigue manteniendo años después su solidez y su funcionalidad. A pesar de algunas ausencias o traiciones más o menos prolongadas siempre he vuelto a llamar a su puerta y a disfrutar de su calidez y de su capacidad de fortalecimiento.
No soy capaz de averiguar por qué el jazz y no otras músicas que también escucho. Tampoco sé si la clave está en el swing, en la improvisación, en el fraseo, o en ser la “música de los salvajes”, como la definía un periodista del The New York Times en 1924. Pero sí soy capaz de percibir lo que me proporciona, precisamente fortaleza y energía, emoción.

Así que, cien años después de que apareciera por primera vez el término jazz asociado a la música, vuelvo una vez más a mi refugio, a su refugio. Y esta vez me abrirá la puerta una mujer de bellos ojos negros, Dee Dee Bridgewater: 


martes, 7 de junio de 2016

THE GODOYS WONDERERS (2)


“The Godoys Wanderers”, “The Godoys Wondererers”, “Godoys Wonders”… A lo largo de este año hemos visto y leído múltiples “versiones” del nombre de este joven grupo bilbaíno. Sabía que las canciones podían ser objeto de versiones pero el nombre… Siempre se aprende algo nuevo. Los citaré aquí como TGW y así evito riesgos.

Hace poco más de un año publicaron su primer EP con cinco canciones propias. Disco que nos pilló casi por sorpresa porque sus primeros conciertos estaban basados principalmente en versiones (ahora sí) de canciones de otros grupos y artistas. ¡Ah!, que ahora se dice “covers”. Pues vale. Así que sus composiciones habían nacido en la oscuridad de su local de ensayo y empezaron a ver la luz y a rodar desde la publicación de su trabajo.


Ahora dicen que el segundo disco ya está en el horno a punto de salir. Que no se queme pero que tampoco quede crudo. El punto justo de cocción no siempre es sencillo. Pero en este caso el proceso ha sido inverso. Hace unos meses empezaron a sonar las nuevas composiciones en sus actuaciones en directo. Y esas canciones fueron creciendo, madurando e incorporándose a nuestro repertorio antes de pasar por el estudio de grabación. Y dicen también que el disco que va a recoger estas siete piezas se llama JAMIE. ¿Por qué? Se lo tendréis que preguntar a ellos, una vez más. Aquí nos ofrecen un aperitivo refrescante, Watermelon:


En un reciente concierto callejero de TGW un grupo de niños y niñas se “pegaron” al escenario sobre el que apenas sobresalían sus cabezas. Y no perdieron detalle. A uno le fascinó la guitarra roja, porque brillaba. Otro quería cumplir su sueño, golpear los platillos con las baquetas. Dos niñas subían y bajaban la cabeza constantemente, pero no en señal de asentimiento. Tenían entre sus manos la carátula del disco e intentaban identificar a sus componentes. Ya solo tenían una duda: entre el chico del “piano” y el de la guitarra. Les eché una mano… e intenté convencerlas para que se llevaran el disco a casa. Hubo suerte, a sus progenitores también les había gustado el concierto. ¿Quién dijo aquello de “dejad que los niños se acerquen a mí”? ¿Jimi Hendrix? ¿O Janis Joplin? Todos los caminos llevan a la buena música, a la música hecha con pasión.


Música que podremos escuchar el próximo viernes 10 de Junio en el Kafe Antzokia de Bilbao. La luz de JAMIE.


jueves, 25 de febrero de 2016

CUESTIÓN DE VIBRATO

Joni Mitchell (Imagen de la revista Rolling Stone)

A veces hay cosas que no te gustan, con las que no puedes bregar, y por más que intentas analizar y descubrir el porqué, resulta una tarea baldía. Eso me ocurrió hace unas décadas con la música y las canciones de Joan Báez. Era toda una figura del folk estadounidense pero, por más que lo intentaba, no podía con ella. Y eso que durante algún tiempo compartió escenarios (y algo más, según algunos cronistas) con uno de mis músicos de cabecera, Bob Dylan. Llegué a pensar si, tal vez, las versiones que hacía de alguno de sus temas podían tener algo que ver con esta inquina, al considerarlo, aunque fuera de manera inconsciente, como un ultraje a las composiciones de Dylan. No llegué a ninguna conclusión definitiva y el tema quedó aparcado durante años.

Hace unos días me metí un “chute” de música folk estadounidense, revisando sobre todo a las intérpretes femeninas: la propia Joan Báez (a ver si insistiendo…), Joni Mitchell, Emmylou Harris… De repente noté un “click” en mi cerebro, se hizo la luz: todo era cuestión de vibrato.

Según la R.A.E.:
Vibrato: Ondulación del sonido producida por una vibración ligera del tono.

El vibrato es una característica vocal que poseen la mayor parte de los cantantes (no solo los de ópera) en mayor o menor medida, esa vibración al final de una frase. Y el vibrato de Joan Báez resulta tremebundo, infinito, excesivo… Al menos para mí. Así que respiré aliviado, por fin había resuelto el enigma de mi animadversión musical hacia la neoyorquina.

“Whe shall overcome” (Joan Báez):


Seguí escuchando canciones. Y al sonar “The circle game” en la voz de Joni Mitchell, canadiense de origen pero afincada desde joven en Estados Unidos, comprobé con estupor que su voz también estaba dotada de un potente vibrato que, sin embargo, no me impedía disfrutar de sus canciones.

“The circle game” (Joni Mitchell):


De un plumazo, mi teoría por los suelos. Así que pido ayuda: por favor, que alguien me explique por qué me irrita el vibrato de Joan Báez y sin embargo me seduce y me acaricia el de Joni Mitchell. ¿Voy a tener que esperar otras dos o tres décadas para descubrirlo?

P.D.: La gran soprano María Callas fue poco a poco perdiendo su vibrato, lo que acompañó al declive de su voz y de su trayectoria profesional.

“Coyote” (Joni Mitchell en directo, en estado puro, en el concierto de despedida de “The Band”):





domingo, 24 de enero de 2016

NOTAS DE AMOR SUPREMO

 

Mientras asistía hace unos años a un concierto de Ravi Coltrane con su banda no podía dejar de preguntarme lo que supondría para él llevar ese apellido, siendo también músico y teniendo entre sus manos el mismo instrumento que su padre había elevado al olimpo del jazz unas décadas atrás, el saxo. ¿Sería un honor o una pesada losa? ¿O quizás ambas cosas?

Y también cabría preguntarse hasta dónde habría sido capaz de llegar John Coltrane en el mundo de la música si no hubiera fallecido de forma prematura, en un momento de extraordinaria creatividad. La misma pregunta nos podemos hacer con referencia a otros músicos que apagaron sus instrumentos y sus voces demasiado pronto: ¿A qué universos lejanos habría viajado Jimi Hendrix con su guitarra? ¿Se habría desgarrado completamente la voz de Janis Joplin veinte años después? ¿Qué paisajes sonoros imaginaría John Lennon en sus nuevas composiciones? Sí, es cierto, su pronta desaparición provocó que se convirtieran en mitos de la cultura popular pero también nos privó, y esto es lo más doloroso, de su madurez creativa.

Jonh Coltrane se forjó musicalmente con grandes nombres del jazz, Charlie Parker, Miles Davis, Thelonius Monk, pero su inquietud musical le llevó a volar solo, a componer sus propios temas y a hacerse acompañar de sus músicos preferidos. En 1965 (hace pocos meses se cumplieron 50 años) publicó “A love supreme”, disco que, aunque calificado actualmente como obra maestra, en su momento no resultó de fácil digestión y fue calificado como las notas disonantes de un músico sin rumbo. Es una historia que se repite periódicamente en cualquier ámbito de la cultura cuando aparecen creaciones que “se salen” de los márgenes establecidos y que precisan de un cierto reposo para ser digeridas de nuevo y valoradas con cierta perspectiva. (Las vacas sí que saben de esto)

Si el disco “Kind of blue” publicado por Miles Davis en 1959 (en el que también participó Coltrane) puede considerarse como el nacimiento del jazz moderno una vez superada la etapa bebop, los cuatro temas de “A love supreme” van un paso más allá  tanto en su concepción musical como en la estructura global del disco y en la búsqueda de nuevos sonidos. Y todo ello bajo el manto de una profunda inspiración espiritual, casi mística, renunciando en ocasiones al virtuosismo interpretativo en favor de una composición y una sensibilidad extrema.

¿Partitura? de “A love supreme”

En su última etapa con Miles Davis se le acusó a Coltrane de empezar a tocar “raro”, mal, para provocar su expulsión del grupo y poder así iniciar su carrera en solitario de forma obligada, sin ataduras. Compleja estrategia al menos. Preguntado Davis sobre si Coltrane estaba yendo demasiado lejos respondió: “Soy yo quien no soy capaz de llegar tan lejos como él”.  

“Pursuance”, la tormenta, la calma:


sábado, 19 de diciembre de 2015

EN BUSCA DE LOS ALISIOS (2)


Estos días se cumplen diez años de aquel viaje. Y puedo caer en la tentación de decir aquello de que “aquel viaje marcó mi vida…dejó una huella imborrable…hubo un antes y un después…” No sé hasta qué punto en mi caso pueden ser ciertas esas afirmaciones. Lo que sí es cierto es que con la edición de este documental he vuelto a disfrutar de mi primera travesía atlántica. Y ahí lo voy a dejar, no quiero ponerme ñoño.

Este trabajo se lo debía a mis compañeros de travesía y, aunque “con unas cuantas lunas de retraso”, aquí está. Cuando embarqué en el NUI con mi cámara a cuestas no llevaba ningún guion preparado, no sabía realmente lo que me esperaba allí afuera. Así que fui grabando imágenes y sonido de forma intuitiva, sin pensar en el resultado final. Eso sí, descubriendo la dificultad de hacerlo sobre algo que no para de moverse, con un viento que sopla a menudo y con un océano que salpica agua salada.

Y ahora me ha tocado unir todos esos fragmentos e intentar construir una parte, al menos, de aquella historia. Las más de cinco horas de grabación se han quedado en poco menos de una. Y esa labor de síntesis, de recortes (en el buen sentido) siempre resulta difícil y dolorosa, pero necesaria (ya nos hemos tragado todos demasiados vídeos interminables e infumables de vacaciones, bodas y demás zarandajas).
Una vez más tengo que agradecer la generosidad de The Godoys Wonderers al aportar la canción de cierre, que resume muy bien lo que fue aquel viaje:

“the sea has been just like my mum,
living with fishes,
surrounded by nature,
breathing fresh air grew up.
We are one, we are one”.

Y quiero felicitar a Santi Vega, que nos acompañó en la primera parte del viaje (con su guitarra), por su reciente nominación a los Premios Goya gracias a su banda sonora para la película “El teatro del más allá”.

Soy consciente de que el estreno de “En busca de los alisios” coincide con el de la séptima entrega de “Star Wars”. Lo siento por George Lucas y los suyos. Ellos tendrán el halcón milenario pero nosotros siempre tendremos el NUI. Que la fuerza y los buenos vientos (echo-november-echo) os acompañen.

La película:


Y la versión reducida, el tráiler, para los que cincuenta y ocho minutos de cine sean demasiados: