Algunos
viajes son rebeldes, van trazando su propio itinerario, más allá del que se
haya planificado. Y esa rebeldía los hace únicos. En aquel viaje buscábamos el
mítico Cabo de Hornos, y lo encontramos. Pero también encontramos a Robin. Y a
Cristina.
Y así las
velas de nuestro barco fueron empujadas por los vientos de tres historias
diferentes, pero con un elemento en común, el mar. Y cada una de ellas podría
tener su propio título: “Navegando por Cabo de Hornos”; “Regata de titanes”; “El
final de un pueblo”. Pero nos quedamos con esta palabra, casi impronunciable:
MAMIHLAPINATAPAI.
Conocemos los edificios de nuestra ciudad.
Unos más, otros menos. En algún caso algo de su historia, de su estilo, de la
época en que fueron construidos. Incluso de sus cambios de uso. Pero en pocos
casos sabemos quiénes han sido sus arquitectos, los profesionales que han
realizado esos proyectos, que han diseñado su forma, su funcionalidad y su
manera de construirlos.
En Bilbao han empezado a sonar algunos
nombres recientemente, con motivo del “desembarco” de las grandes firmas
internacionales que han intervenido en una parte del proceso de regeneración
urbana de la ciudad a partir de los años 90 del siglo XX: Gehry, Foster, Siza…
Y sin embargo desconocemos a los auténticos artífices de nuestra ciudad, del
nuevo Bilbao que empezó a gestarse a finales del siglo XIX y que se desarrolló
de forma paralela a la etapa industrial de la comarca, hasta finales del siglo
XX.
Visualizar su rostro, conocer algo de su
trayectoria, de sus ideas y de sus inquietudes personales es uno de los caminos
que proponemos para entender, comprender y valorar nuestro entorno urbano.
Detrás de cada edificio hay una idea, una intención, un esfuerzo creativo, unos
dibujos… con el fin último de que presten servicio a los que habitamos la
ciudad. Empezamos el camino con estos “siete magníficos”, pero hay muchos más.
Bilbao, 27 de Agosto de 2016. Una tarde de
verano en la “Aste Nagusia” (Semana Grande, fiestas patronales).
Esperando el inicio del concierto de un grupo
local, y esperando a que el semáforo se pusiera verde para cruzar la calle,
surgió esa fotografía, de forma totalmente casual. Y a partir de ahí vinieron
otras y otras, observando la arquitectura de nuestra ciudad desde el suelo
hacia el cielo, mimetizado casi con esos dispositivos de control de tráfico.
Verde, naranja, rojo, verde...
Una serie fotográfica, una colección de
imágenes, un proyecto visual… sin proyecto, sin planificación, sin un objetivo
definido, casi sin cámara (una compacta y vetusta “olympus” de bolsillo).
Hay muchas formas de mirar la arquitectura, y
ésta puede ser una de ellas. ARQUÍFOROS, Arquitecturas desde el semáforo. Y la
música no podía ser otra que la de los “culpables” de esa primera fotografía.
Estos días se cumplen diez años de aquel
viaje. Y puedo caer en la tentación de decir aquello de que “aquel viaje marcó mi vida…dejó una huella
imborrable…hubo un antes y un después…” No sé hasta qué punto en mi caso pueden
ser ciertas esas afirmaciones. Lo que sí es cierto es que con la edición de
este documental he vuelto a disfrutar de mi primera travesía atlántica. Y ahí
lo voy a dejar, no quiero ponerme ñoño.
Este trabajo se lo debía a mis compañeros de
travesía y, aunque “con unas cuantas lunas de retraso”, aquí está. Cuando
embarqué en el NUI con mi cámara a
cuestas no llevaba ningún guion preparado, no sabía realmente lo que me
esperaba allí afuera. Así que fui grabando imágenes y sonido de forma
intuitiva, sin pensar en el resultado final. Eso sí, descubriendo la dificultad
de hacerlo sobre algo que no para de moverse, con un viento que sopla a menudo y
con un océano que salpica agua salada.
Y ahora me ha tocado unir todos esos
fragmentos e intentar construir una parte, al menos, de aquella historia. Las
más de cinco horas de grabación se han quedado en poco menos de una. Y esa
labor de síntesis, de recortes (en el buen sentido) siempre resulta difícil y
dolorosa, pero necesaria (ya nos hemos tragado todos demasiados vídeos
interminables e infumables de vacaciones, bodas y demás zarandajas).
Una vez más tengo que agradecer la
generosidad de The Godoys Wonderers
al aportar la canción de cierre, que resume muy bien lo que fue aquel viaje:
“the
sea has been just like my mum,
living
with fishes,
surrounded
by nature,
breathing
fresh air grew up.
We are one, we are one”.
Y quiero felicitar a Santi Vega, que nos acompañó en la primera parte del viaje (con su
guitarra), por su reciente nominación a los Premios Goya gracias a su banda
sonora para la película “El teatro del
más allá”.
Soy consciente de que el estreno de “En busca de los alisios” coincide con
el de la séptima entrega de “Star Wars”.
Lo siento por George Lucas y los
suyos. Ellos tendrán el halcón milenario
pero nosotros siempre tendremos el NUI.
Que la fuerza y los buenos vientos (echo-november-echo) os acompañen.
La película:
Y la versión reducida, el tráiler, para los
que cincuenta y ocho minutos de cine sean demasiados:
Valladolid-Pucela, 1981. Un grupo de jóvenes
universitarios aprovechábamos los ratos libres para devorar revistas de cómics
y admirar las extraordinarias historias gráficas de Moebius, Milo Manara, Richard Corben, Carlos Giménez, Hugo Pratt…
También para dar algún que otro paseo por la
ciudad. Y desde el primer día nos llamó la atención la estatua del Sagrado
Corazón que remata (supongo que aún sigue allí si no ha habido ningún alma
caritativa que la haya echado abajo) la única torre de la Catedral, edificación
inacabada y bastante desafortunada por cierto. El descomunal Cristo de hormigón
que la presidía era conocido popularmente como “el suicida”.
De la unión entre nuestra afición al cómic y
nuestra “devoción” al Cristo surgió la idea de realizar una historia gráfica
que se tituló, evidentemente, “El
suicida”.
Un par de años después coincidimos con otro
grupo de jóvenes entusiastas y emprendedores (como diríamos ahora) que estaban pergeñando
la publicación de una nueva revista de cómics. Les presentamos nuestra
historia, les gustó, y se publicó en el nº 1 de la revista “Zanco Panco”, junto
a una entrevista al gran Carlos Gimenéz.
Todo un honor para nosotros. En la introducción de aquel número nuestra
historia se presentaba así:
“Esta
es la primera y única historieta que el señor Bilbao ha realizado hasta el
momento y la verdad es que no piensa continuar, ya se sabe, estudios…, pero
claro, todo dependerá de nuestra habilidad persuasora.”
Su habilidad persuasora no debió ser muy
grande porque nuestra trayectoria en el mundo de la historia gráfica empezó y
acabó con esa doble página.
Portada
del nº 1 de la revista Zanco Panco
Unos cuantos años más tarde he decidido
rescatar aquella historia del papel impreso y pasarla a un nuevo formato, como
mero ejercicio y sin más intención que compartir el recuerdo de aquellos años que
tanta huella dejaron en nuestras vidas. No tenemos intención de hacer la
secuela ni la precuela (que ahora mola más) de esta historia, al menos de
momento.
En el vídeo se respetan los dibujos hechos en
1981 sin ningún retoque, así como la proporción del formato entre las viñetas.
Probablemente la banda sonora incorporada lo estropea todo pero… “nadie es perfecto”.
En primavera hablaba sobre “la extraordinaria
geometría de las huertas”, esas retículas perfectas creadas por la acción
humana. Pero no cabe duda de que las geometrías más extraordinarias y variadas
las encontramos en la propia naturaleza, asociadas en unos casos a formaciones
vegetales y en otros, generadas por la acción del agua y del viento. Y
precisamente la acción del agua y del viento sobre la arena me ha brindado la
oportunidad de captar una colección de imágenes que van a protagonizar el
inicio de una serie o apartado dentro de este blog sobre el mundo de la
fotografía, un mundo que siempre me ha acompañado.
Normalmente, y más ahora desde la irrupción
de la era digital, muchas de las fotografías que hacemos son objeto de disfrute
una o dos veces, por una o dos personas, y después descansan eternamente en el
cajón, o mejor dicho, en la tarjeta o en el disco duro. Pero también es cierto
que gracias precisamente a la tecnología digital y al mundo de Internet tenemos
posibilidad de sacar esas imágenes del cajón y compartirlas de forma muy
sencilla. Y eso es lo que me propongo. Intentaré, eso sí, no incluir ningún
“selfie”.
Presento esta colección, breve, de apenas
nueve imágenes, en dos formatos. Por un lado, una sencilla edición en vídeo
para la que me he auto-establecido una estricta limitación de medios, pensando
en no restar protagonismo a la fuerza de las imágenes: unas transiciones
simples, un fondo sonoro de acompañamiento y un límite de duración de tres
minutos, casi un micro-vídeo:
Por otro lado, la propia colección de
imágenes, que no han sufrido ningún tipo de retoque. No se les ha añadido ni
quitado nada y mantienen el encuadre original del “click”, sin recortes ni alteraciones.
Pinchando sobre cualquiera de las fotografías se abre la galería de imágenes.
¿Y todo esto por qué o para qué? Supongo que
como mero ejercicio. Es cierto eso de que a veces los árboles no nos dejan ver
el bosque, y es tal la cantidad de herramientas y medios de los que disponemos
actualmente tanto en el mundo de la fotografía como de la edición de vídeo y
otras actividades (que yo mismo he utilizado habitualmente), que nos perdemos
practicando mucho fuego de artificio y alejándonos de la esencia de las cosas. De
esta forma intento ocuparme casi exclusivamente de lo básico: el momento de
apretar el botón de la cámara.
NOTA: Cuando ya estaba la colección
seleccionada y el vídeo editado comprobé, con sorpresa, que en una de las
fotografías aparecía una moneda. Pero, fiel a las normas establecidas, rechacé
pasarla por el retoque fotográfico para eliminarla. Y ahí está. Ahora os toca a
vosotros encontrarla, porque yo no la recogí, claro.