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viernes, 1 de diciembre de 2017

MAMIHLAPINATAPAI

Algunos viajes son rebeldes, van trazando su propio itinerario, más allá del que se haya planificado. Y esa rebeldía los hace únicos. En aquel viaje buscábamos el mítico Cabo de Hornos, y lo encontramos. Pero también encontramos a Robin. Y a Cristina.

Y así las velas de nuestro barco fueron empujadas por los vientos de tres historias diferentes, pero con un elemento en común, el mar. Y cada una de ellas podría tener su propio título: “Navegando por Cabo de Hornos”; “Regata de titanes”; “El final de un pueblo”. Pero nos quedamos con esta palabra, casi impronunciable: MAMIHLAPINATAPAI.

Vídeo:


miércoles, 5 de julio de 2017

PISCINAS VACÍAS

Piscina en La Escala, Girona.

“El nadador” (“The swimmer”. Frank Perry, 1968) arranca con una propuesta argumental sugerente: Ned Merrill (Burt Lancaster), que vive en una zona residencial de clase alta en las afueras de Connecticut, decide recorrer el valle de piscina en piscina, ante el asombro de sus amigos y vecinos. Pero a medida que la narración avanza este original planteamiento se va diluyendo como un azucarillo en una taza de café caliente. Y es que cualquier aspecto cinematográfico de la película que analicemos mínimamente hace más aguas que las contenidas en todas las piscinas del valle.

Las transiciones entre secuencias son torpes, hay numerosos fallos de continuidad entre los planos medios y cortos, la música es bastante odiosa, los pretendidos toques naif con evocadoras imágenes superpuestas resultan pretenciosos y los primeros planos estáticos del rostro del protagonista son cansinos e inexpresivos.

¿Cómo es posible, por tanto, que con estos mimbres tan frágiles la película quede sólidamente construida y transmita una cierta fascinación? Fascinación que, en mi caso, ha conseguido que al menos una vez al año salga de la estantería en dirección al reproductor de DVD.

Y ahora, claro, viene la pregunta del millón: ¿dónde radica ese grado de fascinación? Pues confieso que ha estado bien escondido para mí todos estos años, en los que no he sido capaz de identificarlo. Hasta el último visionado, hace unos días. La clave, las auténticas protagonistas del filme, las piscinas. Y en concreto una de ellas, la que aparece a mitad del metraje en la que sin duda es la mejor secuencia de la película: el encuentro de Ned con el joven muchacho de la flauta. Una piscina sin agua, una piscina… vacía.

"El nadador"

Una piscina llena de agua, en uso, en su “estado natural” nos sugiere alegría, voces, juego… Si además esa piscina (privada) es de gran tamaño nos está hablando también de bienestar, de éxito, ya que generalmente acompaña a una mansión de lujo, a una situación económica acomodada.
Por contraposición, una piscina vacía, sin agua, resulta, sin duda, una de las mejores metáforas de la decadencia, del fracaso. Frente a la lámina inmaculada de agua transparente, el gran espacio vacío que la ha contenido, la suciedad en el fondo, el óxido, el silencio. Lo que ha sido un entorno acogedor y luminoso se ha vuelto lúgubre y siniestro, una construcción inútil e inquietante que nos insinúa de alguna forma su pasado. Y si a ese profundo vaso, convertido en pozo inmundo, le añadimos en su borde la silueta de un trampolín, a la metáfora de la decadencia y el fracaso se añade la del peligro, la del salto mortal. El símbolo perfecto para un melodrama.

Ahora ya conozco el motivo de mi reincidencia periódica hacia esta curiosa parábola mágnetica y turbadora, en la que a través de las swimming pools se van desnudando las miserias de unas vidas opulentas. Y reconozco que ando “buscando desesperadamente” piscinas vacías que poder fotografiar. Supongo que para ver si soy capaz de encontrar en alguna de ellas las almas errantes del fracaso y la decadencia. Aquí está la primera. Si tenéis alguna piscina vacía por ahí…  

miércoles, 18 de enero de 2017

¡CORTEN!


Una de las mejores entrevistas que he escuchado jamás tuvo como protagonista, al final de su trayectoria profesional, al cineasta John Ford. El mérito no fue precisamente (o quizás sí) de su entrevistador, el también director de cine Peter Bogdanovich, que se afanaba en intentar extraer de su entrevistado las claves más profundas de su obra cinematográfica.

P.B.: Señor Ford, su visión del Oeste es cada vez más melancólica, si comparamos por ejemplo “Caravana de paz” con “El hombre que mató a Liberty Valance”. ¿Se había dado cuenta?
J.F.: No.
P.B.: Ahora que se lo comento, ¿quiere decir algo al respecto?
J.F.: No sé a qué se refiere.
P.B.: Señor Ford, ¿diría que en “Fort Apache” la moraleja era que el ejército era más importante que el individuo?
J.F.: ¡Corten!

Sin duda el sabio y huraño Ford en estado puro. Un Ford que nunca mostró interés alguno en hablar de su cine, en explicar ni analizar sus películas. Ya serían otros los que se ocuparían de elucubrar, interpretar y decidir por qué su cine era así y no de otra manera, llegando a conclusiones incluso contradictorias en muchos casos.

En los tiempos que corren, por el contrario, parece que los propios artistas y creadores de diferentes ámbitos (cine, literatura, música, artes plásticas…) se empeñan en explicar y justificar sus propias creaciones, convirtiéndose, de alguna forma, en sus propios entrevistadores, dirigiendo o predisponiendo al espectador ante sus obras, eliminando el factor sorpresa o la capacidad de emocionar o sugerir que toda obra artística debería poseer por sí misma. Y esos creadores dedican más energías (demasiadas, diría yo) a convertirse en guías espirituales, en divulgadores y voceros culturales de sus propias obras. Y cuando eso sucede, cada vez de forma más habitual, me pongo en guardia, recelo de la capacidad creativa real de esas personas.

Estos días disfruto, gracias a la generosidad de los Reyes Magos, de la escucha de un disco grabado en 2016, con motivo de la despedida de un grupo de música de nuestra tierra, Oskorri, tras cuarenta y cinco años de trayectoria profesional. Nunca me he parado a analizar y diseccionar sus canciones. Tampoco he escuchado de ellos explicaciones metafísicas ni filosóficas sobre su trabajo. Pero han sido y son muy buenos, los mejores, un escalón o dos por encima del resto. Sólo hay que dejarse llevar por su música. Que si son grandes intérpretes, que si fusionan de forma magistral tradición y modernidad, que si son exquisitos músicos en directo, que si… Como diría John Ford… ¡corten!

Oskorri & Ruper Ordorika en 1996:


jueves, 27 de octubre de 2016

LAS PESTAÑAS QUE CAMBIARON LA HISTORIA DEL CINE


Maksymilian nació en el seno de una familia judía el 15 de Septiembre de 1872 en Zduńska Wola, Polonia. Con ocho años empezó a trabajar como asistente de un dentista y con nueve era ya aprendiz en una empresa de cosméticos. Se trasladó a Berlín donde trabajó como peluquero y con catorce años ya estaba integrado en la plantilla de Korpo, como maquillador de la Gran Ópera Imperial Rusa. Tras cumplir el servicio militar en la armada rusa, con veinte años abrió su propio negocio en la ciudad rusa de Ryazan, donde empezó a comercializar sus pintalabios hechos a mano, sus perfumes y sus pelucas con gran éxito. Su popularidad llegó a oídos de la nobleza rusa, que le nombró director de cosméticos de la familia real y de la Gran Ópera Imperial Rusa en la que había trabajado anteriormente.

Tras nacer sus tres hijos y afectado por la creciente persecución antijudía que se estaba desarrollando en Rusia decidió desplazarse con su familia a Estados Unidos e inició su nueva andadura en la ciudad de San Luis. Pero problemas con su socio financiero le llevaron a la quiebra y tuvo que empezar nuevamente de cero abriendo una pequeña barbería. Poco después de nacer su cuarto hijo falleció su esposa de una hemorragia cerebral en 1906. Un nuevo matrimonio, fallido, tras el cual se trasladó con sus hijos a Los Ángeles, donde se introdujo en el mundo del teatro y de la incipiente industria cinematográfica con sus maquillajes y sus pelucas. A partir de ese momento desarrolló nuevos productos y sistemas de maquillaje (incluyendo el uso de pestañas postizas), entendiendo que los utilizados hasta entonces en el mundo del teatro no eran adecuados para el mundo del cine, y que la gran pantalla necesitaba tratar de forma diferente el rostro de las actrices, fundamentalmente, con tratamientos faciales más delicados que permitieran una mayor expresividad.

Empezó a experimentar con distintos compuestos y para 1914 había obtenido y perfeccionado el primer maquillaje expresamente creado para ser usado en los rodajes cinematográficos, con una gama mucho mayor de matices y de sombras que los utilizados hasta ese momento. De esta forma Maksymilian se convirtió en la máxima autoridad en la imagen facial de las actrices, combinando maquillajes, nuevas pelucas de pelo humano y pestañas postizas.

A su vez comercializó una amplia gama de productos cosméticos para que, según sus propias palabras, “cada muchacha pudiera parecerse a una estrella de cine”. Así el uso de cosméticos y maquillajes se fue generalizando en la sociedad norteamericana y en el mundo entero. Él era capaz de personalizar el maquillaje de cada actriz para que lucieran lo mejor posible en la pantalla. Gloria Swanson, Mary Pickford, Jean Harlow, Claudette Colbert, Bette Davis, Norma Shearer, Joan Crawford o Judy Garland pasaron por sus hábiles manos. Falleció a la edad de 65 años en Beverly Hills.

No cabe duda de que, más allá de incorporaciones tecnológicas, aparición de nuevos géneros, puestas en escena sorprendentes, directores innovadores… ha habido un nombre que con su visión, su experimentación y sus creaciones influyó de forma relevante en esa época inicial de la historia del cine, deudor aún de la actividad teatral, mudo y en blanco y negro, en su tránsito hacia su despegue definitivo. Sin embargo he repasado unas cuantas publicaciones que estudian y analizan este período y en ninguna de ellas se cita siquiera a este hombre que con sus pestañas, sus maquillajes, sus pintalabios y sus pelucas cambió la historia del cine y, quizás también, la historia del aspecto y de la apariencia humana, de la verosimilitud y de la probabilidad, de lo que parece y no es.

Ese nombre: Maksymilian Faktorowicz, o lo que es lo mismo, Max Factor


martes, 13 de septiembre de 2016

EN EL SÓTANO


Hace unos meses el cineasta austríaco Ulrich Seidl estrenó su nuevo documental, “En el sótano”, donde desvela qué ocultan sus compatriotas debajo de sus impolutos hogares. En esos espacios a los que se accede a través de una estrecha y empinada escalera mal iluminada parece que nada bueno puede ocultarse. No hay prohibiciones ni tabúes y en ellos se puede dar rienda suelta a todo tipo de fantasías y perversiones, ya sea en forma de objetos y utensilios almacenados o en actividades “retorcidas” lejos de las miradas de los demás.

Dice Juan Eduardo Cirlot en su “Diccionario de símbolos”: “Una escalera que comunica con un nivel inferior al del suelo es siempre un símbolo de apertura hacia lo infernal”. Esos lugares subterráneos de las viviendas provocan un “yuyu” del que la literatura y el cine se han aprovechado para la ambientación de sus historias de terror, horror y actos viciosos varios. Junto con los desvanes (unos abajo y otros arriba), y apartados de lo que sí mostramos a los demás, recogen esa parte subconsciente y oscura del ser humano. “Psicosis”, “El sótano del miedo”, “Memorias del subsuelo”, “Drácula”, “Captivity”, “Secreto tras la puerta”, “La torre de los siete jorobados”, “La escalera de caracol” y tantos y tantos otros, son títulos que se adscriben a esta tendencia de los submundos ocultos dentro de los hogares “normales”.

El caso es que los arquitectos, tal vez por un exceso de celo profesional, nos empeñamos últimamente en diseñar sótanos en las viviendas en los que apenas percibimos esa sensación de estar bajo el nivel del suelo. Nos las ingeniamos para darles ventilación, hacerles llegar luz natural, los revestimos y los amueblamos como si de una dependencia más de la casa se tratara. Y además les damos usos confesables: sala de cine, txoko, gimnasio, bodega… Craso error. Catarsis, prohibición, infierno, crimen, terror… Esos sótanos deben ser lugares constructivamente inacabados y funcionalmente indefinidos. Espacios para ser habitados por seres malignos o para convertirse en escenarios de acciones criminales y tendencias psicóticas. Submundos “normales”.

¿Quién me acompaña al sótano?

domingo, 10 de abril de 2016

CINE Y ARQUITECTURA (6): CASA SKYBREAK

¡ESTRENO! Lanzamos el primer programa de echonovemberecho en formato de vídeo.

Iniciamos hace ya unos meses el repaso a algunos proyectos emblemáticos de arquitectura residencial que, posteriormente y sin ser su destino inicial, se han ido convirtiendo en escenarios cinematográficos. El primer ejemplo fue la Casa Malaparte:

En 1966 el Team 4, un equipo de jóvenes arquitectos formado por Su Brumwell, Richard Rogers, Wendy Cheesman y su marido Norman Foster proyectan una casa de campo a las afueras de Londres, en Radlett: la casa Skybreak, también conocida como Jaffe House.

Vídeo:


Escena de la película:  



sábado, 19 de diciembre de 2015

EN BUSCA DE LOS ALISIOS (2)


Estos días se cumplen diez años de aquel viaje. Y puedo caer en la tentación de decir aquello de que “aquel viaje marcó mi vida…dejó una huella imborrable…hubo un antes y un después…” No sé hasta qué punto en mi caso pueden ser ciertas esas afirmaciones. Lo que sí es cierto es que con la edición de este documental he vuelto a disfrutar de mi primera travesía atlántica. Y ahí lo voy a dejar, no quiero ponerme ñoño.

Este trabajo se lo debía a mis compañeros de travesía y, aunque “con unas cuantas lunas de retraso”, aquí está. Cuando embarqué en el NUI con mi cámara a cuestas no llevaba ningún guion preparado, no sabía realmente lo que me esperaba allí afuera. Así que fui grabando imágenes y sonido de forma intuitiva, sin pensar en el resultado final. Eso sí, descubriendo la dificultad de hacerlo sobre algo que no para de moverse, con un viento que sopla a menudo y con un océano que salpica agua salada.

Y ahora me ha tocado unir todos esos fragmentos e intentar construir una parte, al menos, de aquella historia. Las más de cinco horas de grabación se han quedado en poco menos de una. Y esa labor de síntesis, de recortes (en el buen sentido) siempre resulta difícil y dolorosa, pero necesaria (ya nos hemos tragado todos demasiados vídeos interminables e infumables de vacaciones, bodas y demás zarandajas).
Una vez más tengo que agradecer la generosidad de The Godoys Wonderers al aportar la canción de cierre, que resume muy bien lo que fue aquel viaje:

“the sea has been just like my mum,
living with fishes,
surrounded by nature,
breathing fresh air grew up.
We are one, we are one”.

Y quiero felicitar a Santi Vega, que nos acompañó en la primera parte del viaje (con su guitarra), por su reciente nominación a los Premios Goya gracias a su banda sonora para la película “El teatro del más allá”.

Soy consciente de que el estreno de “En busca de los alisios” coincide con el de la séptima entrega de “Star Wars”. Lo siento por George Lucas y los suyos. Ellos tendrán el halcón milenario pero nosotros siempre tendremos el NUI. Que la fuerza y los buenos vientos (echo-november-echo) os acompañen.

La película:


Y la versión reducida, el tráiler, para los que cincuenta y ocho minutos de cine sean demasiados:




jueves, 5 de noviembre de 2015

LLORAR CUESTA 74 EUROS


Llorar no es gratis, al menos en Japón, un país en el que expresar los sentimientos abiertamente es casi un tabú. Un céntrico hotel de Tokio ha dispuesto una serie de habitaciones, denominadas las “habitaciones del llanto”, en las que por un ¿módico precio? (entre 74 y 148 euros) se puede llorar a moco tendido, sin vergüenza y sin miedo a ser objeto de burla o desdén. En sus estanterías, películas y libros de marcado perfil lacrimógeno ayudan en el empeño.

Hace tiempo, al menos en la cultura occidental, se abandonó la idea de que las lágrimas eran un signo de debilidad y que llorar demostraba una personalidad inmadura. Incluso distintos estudios científicos han ido abonando la idea de los beneficios del llanto: anestesia natural contra el dolor, eliminación de toxinas, hidratación de los ojos, eliminación de gérmenes nocivos… Por tanto, tras conocer las bondades que aporta a nuestra salud emocional y física deberíamos tener totalmente asumido que no debemos sentir temor ni vergüenza cuando una lágrima asoma amenazante bajo nuestros párpados.

Todo esto estaría muy bien si no fuera por un pequeño detalle: las “habitaciones del llanto” japonesas han sido diseñadas solo para mujeres. A lo que sumo otro pequeño detalle: buscando documentación gráfica para ilustrar esta entrada, de las 100 primeras imágenes aparecidas bajo el epígrafe “llorar”, 69 correspondían a mujeres, 24 a niños o bebés y solo 7 a hombres con el lacrimal desbordado. Por lo visto lo masculino está reñido con los beneficios del llanto. O se practica “en la intimidad”.

Se me ha ocurrido bucear en el séptimo arte para comprobar si los tipos duros del cine han tenido que forzar alguna vez su glándula (la del párpado) por exigencias del guion y el resultado ha sido éste: todos han llorado en alguna ocasión pero, por regla general, sin desatarse, conteniendo el sentimiento, con mesura. Aquí van algunos:

Clint Eastwood


Humphrey Bogart


Marlon Brando


Dustin Hoffman


Robert de Niro


Brad Pitt


Incluso “El hombre de lata”, que a pesar de su robusta coraza no era un tipo muy duro.


Sin embargo, no puedo resistirme a cerrar este repaso cinematográfico sin incluir una secuencia de “Paris, Texas” (Win Wenders, 1984), protagonizada por Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski, con un estremecedor primer plano fijo de más de tres minutos de duración (entre los minutos 4.43 y 7.50 del vídeo). Sí, la que llora es una mujer. Y la sutil música de fondo de Ry Cooder también ayuda. Pero esa es otra historia.

Nastassja Kinski


martes, 20 de octubre de 2015

EN BUSCA DE LOS ALISIOS (1)

Tráiler o avance del documental “EN BUSCA DE LOS ALISIOS”. Con la canción “We are one” de The Godoys Wonderers, a los que agradezco su generosidad. Hasta aquí puedo leer… de momento.

La película completa, PRÓXIMAMENTE, en alguna pantalla.


jueves, 17 de septiembre de 2015

ARQUITECTOS BAJO TIERRA


Hubo un tiempo en el que dedicarse a la profesión de arquitecto suponía asumir toda una vida dedicada en cuerpo y alma a un único proyecto, y una muerte segura como “premio” a dicha dedicación. Eso era vocación. Como la que tenía Vashtar, el arquitecto que diseñó la pirámide de Keops para el faraón del mismo nombre en la dinastía IV del Antiguo Egipto. Vashtar sabía que el pago a su trabajo consistiría en ser sepultado bajo las piedras de la pirámide, junto con la familia del faraón y sus tesoros, para que no pudiera revelar los secretos de tan extraordinaria construcción. Estos hechos se relatan en la película “Tierra de Faraones” (Howard Hawks, 1955), y en la siguiente secuencia se recoge el momento en el que el arquitecto presenta al faraón, su cliente, el mecanismo ideado para el sellado de la cámara mortuoria:

“Land of the pharaohs”

En este caso el anciano arquitecto casi ciego y su hijo, que había sido su mano derecha durante los últimos años de la construcción, fueron perdonados y liberados, al menos en la ficción de la película.

Sin embargo, 4.500 años después, el arquitecto Ma Won Chun no ha corrido la misma suerte. En el acto de inauguración del aeropuerto internacional de Pyongyang, construido según proyecto suyo, se echó en falta su presencia. Tras una serie de investigaciones se descubrió que su “cliente”, el mandatario norcoreano King Jong-un, había ordenado su ejecución al considerar que no se había ajustado al programa planteado y que el resultado no era de su agrado.

Aeropuerto de Pyongyang

Así que, compañeros de profesión, colegas, no olvidéis leer la letra pequeña de los contratos de redacción de proyectos o, mejor aún, mirad a los ojos a vuestros clientes e intentad discernir si tras ellos se oculta ese pago de honorarios “en especias”. Nunca se sabe.

NOTA: También 4.500 años después de que aquel brillante arquitecto ideara el mecanismo para el sellado de la cámara real, tuve la oportunidad de utilizar esa misma técnica, basada en el desalojo de la arena, en una de mis obras. A muy pequeña escala, por supuesto. Y también fui perdonado. Gracias Vashtar, te debo una.

miércoles, 22 de julio de 2015

SHIRLEY VALENTINE


“Mujer madura, ama de casa ocupada en sus tareas domésticas, con hijos, casada con un buen hombre que la ignora casi por completo, atrapada en su rutinaria vida, que un día…”

Es un argumento que ha sido abordado a lo largo de la historia del cine en varias películas, algunas muy celebradas, y desde distintas perspectivas, sensibilidades y estilos. Desde el tono épico de “Thelma & Louise” (Ridley Scott, 1991) al tono romántico de “Los puentes de Madison” (Clint Eastwood, 1995), pasando por las reflexiones metafísicas y existenciales de Bergman en películas como “Persona” (1966) o “Gritos y susurros” (1972). Y habría que remontarse a 1945 para toparse con “Breve encuentro”, dirigida por David Lean, la quintaesencia del drama romántico que explora las dificultades de una relación amorosa extramatrimonial en los años 40 del siglo XX.

Shirley encaja en ese perfil de ama de casa aburrida de su rutinaria vida que, probablemente, haya sido una adolescente apasionada y rebelde pero que, tres décadas después, conversa más con la pared de su cocina que con cualquier miembro de su familia. Y con estos mimbres el director Lewis Gilbert construye una deliciosa película, “Shirley Valentine” (1989), adaptación de una obra teatral que, para buena parte de los críticos, está varios escalones por debajo de las citadas anteriormente. Sin embargo creo que la invisibilidad de este film radica, por un lado, en el escaso glamour o renombre del propio Gilbert y de la actriz protagonista, una extraordinaria Pauline Collins. Y, por otro lado, en el tono de comedia (aparente), directa, fresca y sencilla (aparentemente también).

Bajo ese barniz de obra menor, y a poco que rasquemos, van surgiendo pequeñas joyas en forma de escenas delirantes (la de los huevos fritos con patatas), diálogos brillantes que ponen encima de la mesa y sin tapujos el tema central de la historia, y planteamientos arriesgados de puesta en escena como los monólogos de Shirley hablando directamente a la cámara. Por tanto, película sencilla, sí, pero menos.

Y para terminar, un final abierto, mucho más valiente que, por ejemplo, el planteado por Eastwood en “Los puentes de Madison”, acorde con la conservadora sociedad estadounidense. Como dice Shirley al comienzo de la película: “¿Por qué se nos da tanta vida si no sabemos vivirla?” Una vez recuperada la identidad… todo es posible. Autoestima, frescura y valentía. Argumentos suficientes para disfrutar de “Shirley Valentine”, en la que además, tal vez en forma de profecía, se escucha la siguiente frase: “España no es Grecia”. ¿Os suena de algo?


Vídeo:

domingo, 5 de abril de 2015

DUBLINESES. LOS MUERTOS

He vuelto a leer “Los muertos”, el último relato o novela corta que escribió James Joyce con el título genérico de “Dublineses” en 1914. Y también he vuelto a ver la adaptación cinematográfica que hizo el director John Huston (su última película) en 1987. No recuerdo qué fue primero (para mí), si el libro o la película. De lo que no me cabe duda es que, tanto en un formato como en otro, se trata de uno de los relatos que me ha dejado una huella más profunda y que seguirá acompañándome en esas revisiones que, de vez en cuando, me gusta redescubrir.

A pesar del tiempo transcurrido desde su publicación creo que “Los muertos” es, tanto en su contenido como en su estructura, un relato moderno, vanguardista, transgresor. Porque bajo su apariencia de retrato costumbrista de la sociedad dublinesa de comienzos del siglo XX, de la “parálisis cultural, mental y social del país”, según palabras del propio Joyce, se oculta una desgarradora reivindicación de la pasión y de las emociones en la existencia humana frente al transcurrir de las vidas grises, planas y arquetípicas.

Y todo ello con un planteamiento sorprendente e impecable en cuanto a su estructura narrativa. En el libro, de sus 276 páginas dedica 267 a la introducción de la historia, 7 al nudo o historia principal y 2 al desenlace y conclusión final. Casi nada. Y en la adaptación de Huston, muy fiel a su base literaria, ocurre algo parecido.  

Esta frase de la penúltima página resume e ilustra la sensibilidad de esta obra: “Uno a uno todos nos convertiremos en sombras. Es mejor pasar a ese otro mundo impúdicamente en la plena euforia de una pasión que irse apagando y marchitando tristemente con la edad”. A veces siete páginas son suficientes para contar una historia de amor extraordinaria, dos páginas son suficientes para transmitir un desconsuelo desgarrador. Y unas pocas líneas de una dedicatoria son suficientes para sentirse muy afortunado.

NOTA: El siguiente vídeo corresponde a la escena final de la película (por aquello del “spoiler”, destripe o destape de la trama). El doblaje no es de los mejores, pero las versiones originales que he encontrado iban acompañadas de unos subtítulos lamentables.  


martes, 3 de febrero de 2015

EL SUICIDA

Valladolid-Pucela, 1981. Un grupo de jóvenes universitarios aprovechábamos los ratos libres para devorar revistas de cómics y admirar las extraordinarias historias gráficas de Moebius, Milo Manara, Richard Corben, Carlos Giménez, Hugo Pratt
También para dar algún que otro paseo por la ciudad. Y desde el primer día nos llamó la atención la estatua del Sagrado Corazón que remata (supongo que aún sigue allí si no ha habido ningún alma caritativa que la haya echado abajo) la única torre de la Catedral, edificación inacabada y bastante desafortunada por cierto. El descomunal Cristo de hormigón que la presidía era conocido popularmente como “el suicida”.
De la unión entre nuestra afición al cómic y nuestra “devoción” al Cristo surgió la idea de realizar una historia gráfica que se tituló, evidentemente, “El suicida”

Un par de años después coincidimos con otro grupo de jóvenes entusiastas y emprendedores (como diríamos ahora) que estaban pergeñando la publicación de una nueva revista de cómics. Les presentamos nuestra historia, les gustó, y se publicó en el nº 1 de la revista “Zanco Panco”, junto a una entrevista al gran Carlos Gimenéz. Todo un honor para nosotros. En la introducción de aquel número nuestra historia se presentaba así:
“Esta es la primera y única historieta que el señor Bilbao ha realizado hasta el momento y la verdad es que no piensa continuar, ya se sabe, estudios…, pero claro, todo dependerá de nuestra habilidad persuasora.”
Su habilidad persuasora no debió ser muy grande porque nuestra trayectoria en el mundo de la historia gráfica empezó y acabó con esa doble página.

Portada del nº 1 de la revista Zanco Panco

Unos cuantos años más tarde he decidido rescatar aquella historia del papel impreso y pasarla a un nuevo formato, como mero ejercicio y sin más intención que compartir el recuerdo de aquellos años que tanta huella dejaron en nuestras vidas. No tenemos intención de hacer la secuela ni la precuela (que ahora mola más) de esta historia, al menos de momento.

En el vídeo se respetan los dibujos hechos en 1981 sin ningún retoque, así como la proporción del formato entre las viñetas. Probablemente la banda sonora incorporada lo estropea todo pero… “nadie es perfecto”.



martes, 30 de diciembre de 2014

LEYENDA O REALIDAD

Según el diccionario de la R.A.E. leyenda es la “relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos”. Podríamos decir también que una leyenda es una narración de apariencia histórica con una gran proporción de elementos imaginativos, un relato que pretende explicar un fenómeno natural a través de una historia fantástica.

Si visitamos un palacio que nunca se pudo terminar de construir nos contarán que se debió a la maldición que el diablo, en forma de viejo jorobado, lanzó sobre la familia que lo iba a habitar. Si nos asombramos ante la belleza de una laguna de intenso color verde alguien nos dirá que se debe a que en el fondo de sus aguas está enterrado el cuerpo de una princesa cuyos ojos eran de ese color. Nos gusta más escuchar estas historias que conocer los problemas económicos que impidieron la culminación de las obras del gran palacio. O aprender el impronunciable nombre de las algas responsables del tono verdoso de las aguas. ¡Dónde va a parar!
Un apartado apasionante dentro de este género fantástico lo constituye la creación de personajes de leyenda, elevados a seres mitológicos en muchos casos: Odín, Thor, en la mitología escandinava. Y qué decir de la mitología griega, en la que resulta casi imposible separar la historia real de la mitológica: Prometeo, Edipo, Ulises, los dioses del Olimpo… Pero hay un personaje, muy presente además en estas fechas, cuya fantástica historia y su “puesta en escena” (aspecto físico, vestimenta, medio de transporte…) se ha ido configurando, no ya a través de los años sino a través de los siglos. Hablo de San NicolásSanta ClausPapá Noel, con un largo periplo desde las tierras del norte de Europa en el siglo cuarto hasta su último “retoque” por parte de los publicistas de Coca Cola en 1931, que terminaron de darle ese aspecto más humano de tierno abuelito. A partir de entonces el marketing consumista aplicado a los personajes de leyenda ha sido una constante (cómics, películas, videojuegos…)


Y hablando de “puesta en escena”, estos días he vuelto a ver una de las últimas películas de John Ford, “El hombre que mató a Liberty Valance” (1962). Y he descubierto en ella nuevos matices, nuevos temas, que la mantienen totalmente vigente. He vuelto a disfrutar. Tanto es así que, tras varios años en los que mi película favorita de este director ha sido “Centauros del desierto”, a partir de ahora, y no sé durante cuánto tiempo, va a ocupar ese puesto este western (crepuscular, dirían algunos) que realizó ya al final de su carrera. Frente a los paisajes abiertos de “Centauros del desierto”, aquí la historia se desarrolla en decorados e interiores (la cocina, el bar, el salón…) en un argumento en el que destaca, precisamente, esa disyuntiva entre leyenda y realidad. Cuando Ransom Stoddard (James Stewart), relata al periodista la verdadera historia por la que ha acudido junto a su mujer Hallie (Vera Miles) al funeral de su viejo amigo Tom Doniphon (John Wayne), se produce este diálogo:


 R. S.: ¿Usted qué prefiere, la verdad o la leyenda?
Periodista: En el Oeste, cuando la leyenda supera a la verdad publicamos la leyenda.

domingo, 14 de diciembre de 2014

EL CORTOMETRAJE, ¿UN GÉNERO MENOR?

Cuando fue nominado para el Premio de la Academia por su actuación en “A propósito de Schmidt”, Jack Nicholson confesó una ilusión secreta: deseaba materializar una idea que tenía para un cortometraje. Pero ¿qué impedía a Nicholson hacer su propio corto? Ciertamente no era el dinero, principal escollo para la mayoría de los que se inician en el cine. No, Nicholson no había querido rodar un corto, a pesar del tiempo y la experiencia acumulada en el mundo del cine, porque sentía demasiado respeto por ese formato. Pensaba que realizar un buen corto debía ser motivo de orgullo y no estaba seguro de ser capaz de conseguirlo.

El cortometraje se ha entendido de forma mayoritaria como un medio de aprendizaje, un camino de inicio para posteriormente dar el salto al largometraje, un género menor en definitiva. Es cierto que un buen número de grandes directores han arrancado su trayectoria en este formato. Y sin embargo creo que el cortometraje es en sí mismo una disciplina autónoma, aunque utilice los mismos medios que una película o largometraje comercial. Pasa algo parecido como con el relato o micro-relato http://www.echonovemberecho.blogspot.com.es/search?q=el+dinosaurio en relación a la novela en el campo de la literatura. Aunque se utiliza el mismo lenguaje el cortometraje tiene sus propios códigos que provienen, fundamentalmente y como es lógico, de la limitación en su extensión. Un cortometraje puede girar sobre una sola idea, sin la estructura de giros y de tramas múltiples, sub-tramas o personajes secundarios que pueblan el largometraje. Es algo muy directo, casi meteórico… pero muy complejo a la vez. Todo tiene que estar perfectamente engranado.

Para celebrar el centenario de la primera película de los hermanos Lumière rodada en 1895 (un corto documental de cincuenta y dos segundos), cuarenta directores de cine famosos (Wim Wenders, David Lynch, Spike Lee, Peter Greenaway…) dirigieron cada uno cincuenta y dos segundos de película con la cámara manual original, de manivela, de los hermanos Lumière. El resultado fue que muy pocos salieron airosos del desafío y casi ninguna de las filmaciones de estos maestros modernos resultó tan impactante como la rodada un siglo atrás. Lo que demuestra que dirigir un corto, un buen corto, es mucho más difícil de lo que uno se imagina.

Antes no era fácil seguir el mundo del cortometraje, las proyecciones en salas comerciales eran escasas o nulas y solo de vez en cuando se editaban antologías de algunos cortos premiados en festivales. Actualmente el mundo de Internet y la edición digital han facilitado la producción, la difusión y el acercamiento a estos trabajos, así que todos somos potenciales directores de cortometrajes. Siempre he pensado que no hay nada que impida a nadie dirigir un corto. Y que la diversidad que esto genera es una de las causas de que en este formato se hallen las ideas más estimulantes y los trabajos más innovadores.

Pero no debemos incurrir en el error de pensar que las películas o historias cortas son una opción fácil, pues necesitan una construcción mucho más cuidadosa y una capacidad de síntesis mayor que las largas. Así lo refleja la cita del físico y matemático francés Blaise Pascal quien, en la posdata de una de sus largas cartas anotó: “Le ruego disculpe que la carta sea tan larga, no disponía de tiempo para hacerla más corta.”

Como norma general (aunque hay distintos conceptos sobre esto) se entiende que un cortometraje es aquella filmación que está por debajo de los 30 minutos de duración. Para mí, con 10 minutos es más que suficiente para contar una buena historia. Y como muestra de ello os dejo con uno de mis (muchos) cortos favoritos de estos últimos años, “18 segundos”, contados en menos de 7 minutos, unos de los cortometrajes más premiados en 2007.


Y con un “clásico” rodado con el cambio de siglo, “405”.


sábado, 2 de agosto de 2014

FINALES DE PELÍCULAS

“No me cuentes el final que no la he visto”.
De entrada desconfío de aquellas películas de las que no se puede desvelar el final, en las que todo su interés se basa casi exclusivamente en un desenlace sorprendente, genial, en un giro inesperado de la historia. Tengo la sensación de que los noventa minutos previos han sido una artimaña de distracción para sacarse al final un conejo de la chistera, un truco de magia con el que dejarnos boquiabiertos y con buen sabor de boca por el ingenio de sus autores. O dicho de otra forma, no me gustan las películas que no admiten ser revisitadas a través de un segundo o más visionados, que una vez descubierto el desenlace final pierden todo su interés.

Tampoco creo que los finales se puedan clasificar en felices o infelices, me parece simplificar demasiado. A veces cuando termino de ver una película tengo la sensación de que la historia continúa más allá de la pantalla. Sí, muy bien, el guionista y el director han marcado una raya en la cronología de los personajes porque consideran que ese es un punto adecuado para cerrar el argumento, pero no puedo evitar pensar que esos personajes siguen avanzando en su historia desobedeciendo a los autores del film. Y que el final feliz lo es únicamente en ese punto cronológico. Y a partir de ahí… O a la inversa. 

Por tanto me parece más adecuado afirmar que hay dos finales de películas básicamente, uno cerrado y otro abierto. Con el primero los espectadores respiramos tranquilos y con el segundo la incertidumbre nos provoca incomodidad, dudas, difuminándose de alguna forma esa línea que debía marcar claramente el final de la historia.

“Breve Encuentro” (David Lean, 1945), es un claro ejemplo de final cerrado, tan cerrado que la escena final coincide con la escena inicial. Es decir, un relato circular. La protagonista renuncia a proseguir la relación con su amante y vuelve al redil del hogar, de su marido y sus hijos. Unos lo considerarían como un final feliz y otros como terriblemente infeliz, si nos ajustáramos a esa clasificación.


“Breve encuentro.” Escena final.

En “Los pájaros” (Alfred Hitchcock, 1963), el maestro británico no solo plantea un final abierto con la incertidumbre de si los pájaros volverán a atacar sino que lo hace transgrediendo las reglas cinematográficas establecidas, consiguiendo con ello un efecto aún más perturbador: ausencia de música en la escena final (la música suele ser un fiel acompañante de los cierres argumentales) y eliminación del rótulo “The End”, atrevimiento que le costó una dura disputa con los productores. Y con todo ello consiguió acentuar ese concepto de final abierto, incómodo.


Escena final de “Los pájaros”

“Match Point” (Woody Allen, 2005) nos plantea la vida como una sucesión de acontecimientos en los que la suerte juega un papel esencial. “Más vale tener suerte que talento”, así empieza esta película donde Allen nos explica qué es la suerte a través de la metáfora del juego del tenis: hay momentos en los cuales la pelota choca contra la red, tambalea entre los dos lados de la cancha y cae en uno de ellos. Si cae hacia delante ganas y si cae de tu lado pierdes. Y es precisamente ese azar el que provoca que en el final de la película un crimen quede impune. Así que en este caso un final teóricamente cerrado nos genera sin embargo una cierta incomodidad ante la injusticia del azar.


¿Hacia dónde caerá la pelota?

Decía John Lennon que “la vida es esa cosa que pasa mientras haces otros planes”. Esta frase puede resumir el hilo argumental de “El primer día del resto de tu vida” (Rémi Bezançon, 2008) a través de la historia de los miembros de una familia francesa a lo largo de doce años. La línea que marca el final de la historia está trazada en el punto en el que una nueva vida va a sustituir a otra perdida recientemente, a través de una sencilla y a la vez extraordinaria sucesión de cuatro breves escenas que recogen ese inagotable ciclo de la vida. En este caso, al contrario de “Los pájaros”, la banda sonora sí ayuda a generar un ambiente concreto, y mucho. Habrá que hablar en algún momento del papel de la música en el cine. ¿Otro truco?


“El primer día del resto de tu vida”

NOTA: Se ha acuñado el término “spoiler” (destripe) para la descripción de una parte importante de una trama. Dicho de otra forma, destapar el final. Espero no haber “spoileado” demasiado en esta entrada. Pero como decía al comienzo, si no se puede desvelar el final…


martes, 8 de julio de 2014

PRINCESAS

Ahora que se ha apaciguado un poco el runrún de las abdicaciones y proclamaciones regias me apetece hablar de la monarquía, más en concreto de las princesas. De  boca de una de ellas salían las siguientes palabras:

“¿Sabes qué me jode también? Lo que más de todo que no te puedan ir a buscar a la salida. A mí es lo que más me gustaría. Trabajar en un despacho de lo que sea, da igual, pero que me vayan a buscar a la salida. ¿Te imaginas? Y verle esperando desde la ventana, que sea muy, muy guapo y se mueran todas de envidia. Fíjate, ya sólo decirlo es la hostia: Ven a buscarme. El amor es eso, ¿no? Que te vayan a buscar a la salida. El resto es todo una mierda, ni flores, ni anillos; por mí se lo pueden meter todo por el culo, pero que te vayan a buscar a la salida.”

Sí, esto decía Caye, el personaje interpretado por Candela Peña en la película de Fernando León de Aranoa, “Princesas”. El cine de León de Aranoa ha reflejado con crudeza pero a la vez con cierta dosis poética las distintas vertientes de la marginalidad social. El desarraigo familiar en “Familia”; la vida en la periferia de las ciudades en “Barrio”; el drama del desempleo en “Los lunes al sol”; o la desesperanza de la prostitución en “Princesas”. Vista de nuevo esta última película, y sin estar probablemente a la altura de las anteriores, he redescubierto sus reflexivos diálogos, casi monólogos en algún momento, en los que Caye revisa con emoción y enorme lucidez su situación, sus ideales, sus nostalgias…


Es difícil expresar mejor ese hormigueo interior al saber que alguien te estará esperando. A la salida, a la llegada, a tu regreso… Una espera muchas veces idealizada, recreada en nuestra mente, deseada pero imposible. Y la amargura y tristeza que nos produce esa ausencia, aunque prevista no por ello menos dolorosa. Saber que alguien nos estará esperando, al final de lo que sea, es probablemente una de las mayores satisfacciones que podamos sentir. Y León de Aranoa sabe transmitirlo a través de su personaje: “El amor es eso, ¿no?”

La película es, ante todo, una historia de nostalgias: de los hijos, de las tierras y personas dejadas atrás… Pero el personaje de Caye introduce un concepto interesante, dice tener “nostalgia del futuro”, e imagina cómo sería una vida “normal”. Una de las canciones compuestas por Manu Chao (*) para el film habla precisamente de los motivos que la vida da para vivir pero también de los que da para morir y Caye utiliza sus sueños en un futuro mejor para intentar escapar del presente:

"Se añora aquello que nos ha hecho felices. Yo añoro algo que todavía no me ha ocurrido, porque no tengo en mi pasado nada feliz que añorar."

"Mi peor pesadilla no es morirme, sino que me muera, que haya otra vida y que sea igual que ésta."

"Existimos porque alguien piensa en nosotros, y no al revés."

Pues que ese alguien que piensa en nosotros exista… y vaya a buscarnos a la salida.

(*) Mañana, miércoles 9 de Julio, concierto de Manu Chao en San Sebastián. Pura casualidad, lo juro.