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jueves, 19 de octubre de 2017

BILBAO Y SUS PUENTES


No es posible explicar ni conocer la historia de Bilbao sin su Ría. En ella se encuentran muchas de las claves del desarrollo de nuestra villa: sus orígenes como puerto interior, su actividad comercial e industrial, su configuración urbana, sus barrios, las relaciones con su entorno… Como llegó a decir Miguel de Unamuno, “la Ría sola explica la historia de Bilbao”.

Desde el siglo XIV las embarcaciones han remontado sus aguas a lo largo de casi tres leguas marinas o, lo que es lo mismo, más de siete millas náuticas, en unas duras condiciones de navegabilidad: la barra de arena de Portugalete, el escaso calado en algunos puntos, los fondos rocosos, las curvas cerradas… Aun así comerciantes y mercaderes preferían Bilbao como puerto interior frente a otros puertos costeros por dos razones fundamentales: su condición de enclave y cruce de caminos comerciales y su seguridad frente a temporales y ataques de barcos piratas.

No sería hasta finales del siglo XIX cuando la figura del ingeniero Evaristo Churruca surgió para establecer unas mejores condiciones de navegabilidad a lo largo de la Ría gracias a su proyecto de canalización, al que dedicó la mayor parte de su vida profesional.

Por tanto, desde su fundación en 1300 y durante más de siete siglos la ciudad ha escrito su historia urbana ampliando su territorio a ambas márgenes de la Ría. Y la unión de dichas márgenes a través de sus puentes se ha convertido en un relato apasionante dentro de la historia de la ciudad.


Todo es posible sobre un puente. Como decía Chale Nafus “el paso por el puente suele significar algún tipo de cambio, de transición”. Son construcciones artificiales que salvan un obstáculo, son el más prosaico ejemplo del triunfo del ingenio humano sobre la naturaleza. Y se muestran ante nosotros para decirnos que cualquier problema, por complicado que nos parezca, se puede resolver.

Vídeo:


domingo, 22 de mayo de 2016

martes, 27 de enero de 2015

VACAS MAGNÉTICAS

Los de la Academia de Ciencias de Estados Unidos me han hecho la puñeta. En la última salida a lomos de mi cabalgadura de dos ruedas me han obligado a hacer continuas paradas para tratar de dar validez a su reciente estudio publicado en la revista “Proceedings”. Así que cada vez que divisaba un prado con un grupo de vacas ponía pie a tierra para proceder a una minuciosa observación. Y todo porque dicho estudio sostiene que “los rebaños de bóvidos muestran una clara preferencia por una alineación acorde con el campo mágnético terrestre”. Vamos, que los animales se comportan como brújulas, indicando con los cuernos o con el rabo el norte mágnetico de nuestro planeta.

Me he puesto a la tarea y he observado con atención la dirección cuerno-rabo de estos animales intentando confirmar la tesis de los investigadores estadounidenses. No ha sido fácil, la reseña sobre el estudio no desvelaba si dicha alineación se da mientras pastan o mientras rumian recostadas. Ni si esa orientación es la misma en el hemisferio norte y en el hemisferio sur. Y tampoco si es el cuerno o el rabo-cola el que actúa como aguja magnética. De repente, y como respondiendo a mis dudas, una de las vacas ha levantado el rabo y he pensado: “Hacia allí está el norte”. Pero enseguida he podido comprobar que esa acción se ha debido a una necesidad fisiológica apremiante que poco tenía que ver con su orientación, supongo.

No acababa de verlo claro, si bien el número de ejemplares con que me encontraba en cada prado tal vez era escaso para sacar unas conclusiones definitivas. O, como se diría en términos estadísticos, las muestras y los perfiles no eran lo suficientemente amplios y variados. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, y tras una curva cerrada, ha aparecido una pequeña campa junto al río en la que… ¡se alineaban! de forma casi militar docena y media de vacas. ¡Eureka!, he exclamado. A ver si los de la Academia van a estar en lo cierto. La visión de ese rebaño geométrico me ha alterado de tal forma que no conseguía ubicar el norte. El cielo estaba nublado con lo que la posición del sol no podía ser mi aliado en esa búsqueda. Y no llevaba encima brújula ni artilugios similares. Sin embargo he sido capaz de imaginar mi próxima singladura, si se confirmaba la tesis, llevando a bordo una vaca tudanca que haría las veces de brújula y gps, y además nos aportaría los lácteos que siempre se echan en falta en las travesías.


Pero pronto se ha truncado mi fantasía marítima al comprobar la razón por la que las hermosas vacas tudancas se mantenían erguidas en dirección norte-sur, este-oeste o la que fuera: sus cuernos, su morro, sus ojos, apuntaban hacia la campa de al lado en la que tras una alambrada de espino se encontraba recostado, con aparente indiferencia, un magnífico ejemplar de toro negro zaino. Así que puedo confirmarlo: el efecto de la atracción magnética existe entre los bóvidos.

viernes, 13 de junio de 2014

LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA EN LA ARQUITECTURA


¡Vaya! La impresora no responde, se ha estropeado. Pues probablemente no, simplemente ha dejado de funcionar, que es distinto. Hoy ya sabemos que el fabricante ha instalado un diminuto chip en su interior, programado para que al llegar a un determinado número de copias la impresora diga que no. Un truco (llamémosle estrategia comercial) para que vayamos pensando en comprar una nueva. Y a esta acción le han puesto un nombre precioso, obsolescencia programada o planificada. Siendo un poco manitas y buceando en internet se pueden encontrar manuales para desactivar este chip y, como por arte de magia, la impresora vuelve a funcionar como si nada hubiera pasado.

Pero esto que parece asociado a las nuevas tecnologías y a todo el “aparataje” de última generación sin embargo no es nuevo. Se han encontrado documentos de mediados del siglo veinte, en los que se recogen acuerdos entre empresas para limitar la duración de sus productos a un tiempo determinado. Por ejemplo, la duración de las bombillas a unas horas de uso muy por debajo de lo que realmente podían aguantar. (En Estados Unidos hay una bombilla que lleva más de cien años encendida sin interrupción…) Y en esa misma línea hemos sabido también que al descubridor del nylon muy pronto le dieron una colleja para que “rebajara” la durabilidad de ese tejido, ya que la empresa que confeccionaba medias no estaba dispuesta a sacar al mercado un producto que aguantase años y años sin la más mínima carrera. Y el hombre tuvo que abdicar.

Y en el campo de la arquitectura ¿existe la obsolescencia programada? En principio deberíamos pensar que no, ya que una de las máximas de la arquitectura ha sido la solidez y la durabilidad. Pero se están dando algunas señales que parecen ir en otro sentido. Hablaba hace un par de años en este blog de “La insoportable levedad de la arquitectura actual”, alertando precisamente de que esas buenas prácticas arquitectónicas parecían empezar a hacer aguas. Y hay un dato muy significativo: la vida media estimada de un edificio construido en la actualidad es de cincuenta años. ¿Qué quiere decir esto? Pues que en una ciudad como Bilbao, por ejemplo, dentro de setenta y cinco años nuestros nietos o bisnietos ya no podrán contemplar el Museo Guggenheim, al menos tal y como lo conocemos ahora. Y sin embargo podrán seguir disfrutando del pórtico de la iglesia gótica de San Antón o del claustro de la Catedral de Santiago. Edificios estos últimos construidos hace siglos pero con carácter de permanencia en el tiempo.

Por tanto da la sensación de que, de alguna manera, la obsolescencia programada también ha llegado a nuestro campo. Y que los avances tecnológicos en la construcción y en el desarrollo de nuevos materiales “renovables” no van enfocados precisamente hacia una arquitectura más sólida y perdurable sino, más bien, hacia una arquitectura de consumo rápido y fácilmente sustituible. Pero yo diría aún más, y es algo que vengo barruntando desde hace tiempo: toda esta corriente o “tendencia” de la arquitectura sostenible, verde, bioclimática o como queramos denominarla me temo que no es más que un disfraz bajo el que se oculta precisamente el término que titula este artículo. Es evidente que en torno a esta corriente de sostenibilidad, a la que todos nos hemos apuntado, ya se ha creado una industria de productos, mecanismos e incluso sellos que certifican que una edificación cumple con ciertos requisitos que le añaden un plus de calidad. Sellos que, por cierto, hay que pagar (un negocio más). Y que tras su consecución te ofrecen el privilegio de poner una placa en la fachada que debería repercutir en un mayor valor del metro cuadrado de dicha construcción.

Creo que, una vez más, los árboles no nos dejan ver el bosque. Y estamos asumiendo como un valor añadido algo que debería estar implícito en cualquier buen proyecto arquitectónico y que de hecho se ha venido recogiendo en las construcciones desde la antigüedad: la relación con el entorno y la naturaleza, las orientaciones, la captación de sol y de luz natural, los microclimas generados con los patios interiores, las formas adaptadas a las condiciones climáticas… Que se conceda la etiqueta de edificio sostenible a una torre de oficinas de ciento sesenta metros de altura totalmente acristalada, por muchos recursos tecnológicos y ahorros energéticos que presente, no deja de ser una contradicción ya que dicha construcción parte de una propuesta inicial totalmente ajena a los principios básicos de una arquitectura adaptada a su entorno. Podrá tener otros valores, pero no esos. Para conseguir esa etiqueta se puntúa, por ejemplo, que se pueda llegar al edificio a través del transporte público y, sin embargo, se construyen un buen número de plantas subterráneas de aparcamiento, con el coste añadido que ello supone.

En definitiva, parece que la obsolescencia programada va impregnando, si no lo ha hecho ya, todas las capas de nuestra vida diaria. Los que la defienden argumentan que esto del consumo rápido es la mejor forma de generar actividad comercial, económica y laboral. Tal vez tengan razón y no sea algo tan pernicioso porque, puestos a pensar, también nuestra vida está “obsoletamente programada.” 

martes, 13 de agosto de 2013

GUERRAS Y EXOESQUELETOS


Leo una noticia titulada “El soldado perfecto”. Comienza dando detalles sobre un mecanismo, artilugio o similar que aumenta de forma considerable las capacidades físicas de los soldados estadounidenses, el exoesqueleto. Un esqueleto exterior acoplado al cuerpo que dota de una mayor fuerza y resistencia a los ¿afortunados? que lo portan.
Asimismo, y a través de un acuerdo entre una prestigiosa universidad y el gobierno estadounidense, este último aporta una importante cantidad de dólares para que los científicos de dicho centro investiguen y desarrollen fórmulas y productos que complementen las capacidades de dichos soldados perfectos: aguantar muchas más horas sin dormir, sin comer, sin tener relaciones sexuales… Un chollo, vamos.

Nada más leer la noticia me vienen a la cabeza imágenes de una de las películas que mejor ha recogido la locura de la guerra, Apocalypse Now, de la que ya he hablado en este blog, en una entrada titulada “Películas ¿de guerra?”. Aquella absurda guerra de Vietnam en la que se sumergieron los estadounidenses, tecnología armamentística frente a naturaleza hostil, aviones supersónicos echando napalm frente a lanzas y machetes, de la que, sin embargo, salieron derrotados y con graves secuelas sicológicas en un gran número de combatientes. Precisamente porque, como expresa uno de los protagonistas de Platoon (otra interesante película basada en estos acontecimientos) empezaron a surgir en los soldados las dudas, el porqué de aquella guerra, de aquel enemigo invisible, qué estaban haciendo realmente allí. Y cuando un soldado se cuestiona su misión, de una forma o de otra puede darse por muerto.

Cuesta creer que las cifras de bajas fueran de 58.000 estadounidenses frente a 3.500.000 vietnamitas y que, aun así, éstos ganaran la guerra. Cuando hablamos de estas cifras perdemos la dimensión del drama que estas pérdidas suponen. Nos afecta más una muerte con nombres y apellidos, con fotografía y con una historia conocida que 3.500.000 muertos en una guerra. Para estos casos he desarrollado un mecanismo nada original: empiezo a contar 1, 2, 3, 4, 5… Cuando voy por el 50 me doy cuenta de lo que queda para llegar a la cifra total y empiezo a tomar conciencia de la magnitud del drama. Y cada muerto tiene su nombre y apellidos, su foto, su familia, su historia.

Dicho esto me sorprende, o quizás debería decir me indigna, que la guerra siga marcando la agenda investigadora de científicos y universidades. En alguna ocasión he escuchado que la locura de la guerra no es un episodio aislado al que ciertos hombres se ven arrastrados sino que la pulsión de matar es algo inherente a la condición humana. Me cuesta creerlo. Pero es lo que hay. El corazón de las tinieblas, la barbarie de la guerra, sigue aquí.

domingo, 23 de diciembre de 2012

SOLSTICIO DE INVIERNO


La Tierra gira sobre sí misma alrededor de un eje que no es perpendicular a la órbita que sigue el planeta en torno al Sol. El eje se aparta de la perpendicularidad en 23.5 grados, y está orientado de manera que apunta al mismo lugar del cielo con independencia de la posición que ocupe la Tierra en su órbita anual.

En un lado de la órbita el hemisferio norte, en el que nos encontramos, está inclinado hacia el Sol produciéndose los días largos y calurosos del verano boreal. Medio año más tarde la Tierra se halla en el extremo opuesto de su órbita y el hemisferio norte queda entonces inclinado hacia la dirección opuesta al Sol, los días se hacen cortos y fríos y el Sol se levanta poco en el cielo: es el invierno boreal en el que acabamos de entrar. En esta posición, la energía solar incide de forma muy inclinada en la atmósfera de nuestro hemisferio y se dispersa sobre un área extensa, con lo que disminuye su potencia calorífica. El 21 de Diciembre ha marcado por tanto el solsticio de invierno para nosotros (y el solsticio de verano para quienes se encuentran en el hemisferio sur).

Hecha la explicación astronómica de forma simplificada (el tema da mucho más de sí  atendiendo a los distintos calendarios, ciclos temporales, correcciones etc.) lo cierto es que el significado o interpretación de este evento ha variado en las distintas culturas del mundo pero casi todas lo reconocen como un período de renovación y renacimiento que, habitualmente, trae consigo festivales, rituales y otras celebraciones. Sitios arqueológicos como Stonehenge o Nueva Grange fueron cuidadosamente dispuestos y alineados apuntando a la salida y a la puesta del sol del solsticio de invierno respectivamente. Por tanto, ya en el Neolítico y en la Edad de Bronce tenían conciencia de este hecho y lo reconocían con sus construcciones.

La importancia del solsticio de invierno para las comunidades se basaba en que éstas iban a ser privadas de muchas cosas durante el invierno y por tanto era el momento de acumulación de víveres y sacrificios de animales. Los festivales y celebraciones en la noche más larga del año van encaminados a la petición de la floración perenne, la iluminación, la comunión con el prójimo. En definitiva, terapias culturales dirigidas a evitar el malestar y reavivar el espíritu.

Así que, como el fin del mundo no ha llegado, agitemos el conocimiento y reiniciemos nuestro reloj interno para este nuevo ciclo que acaba de comenzar.

martes, 9 de octubre de 2012

BALBUCEOS DIGITALES


Ordenador Amstrad CPC 464

El CD cumple treinta años. Este aniversario me hace recordar aquellos años heroicos en los que a nuestra generación le tocó dar el salto de lo analógico a lo digital, de lo manual a la programación y los comandos.

Mi primer ordenador fue un Amstrad CPC 464 de color negro: una pantalla o monitor cabezón y un teclado que incluía un habitáculo para una cinta de cassette. Mis primeros balbuceos en este nuevo mundo fructificaron en el desarrollo de un programita para armado de vigas a través del lenguaje Basic. Todo un logro con el que incluso conseguía dibujar una sencilla sección de ese elemento constructivo… si es que la cinta no se atascaba.

Pero todo lo que conseguías materializar en este nuevo mundo se quedaba ahí, en el limbo del ordenador. Las impresoras y plotters tardaron un tiempo en llegar, y entonces comenzó otra gran batalla, la de la conexión. Lo que hoy se resuelve con un sencillo cable USB (o de forma inalámbrica) y una pulsación sobre el comando Imprimir, en aquel momento suponía una ardua tarea de prueba y error a través de complejos comandos y órdenes que copiábamos de un grueso manual. Después tocaba esperar y cruzar los dedos para que la enorme impresora matricial se desperezara e iniciase su labor bajo un ruido ensordecedor. Cuando llegaron los plotters, media oficina se arremolinaba a su alrededor para alucinar con el rápido movimiento de sus plumillas sobre el rollo de papel.

Mi primer contacto con un programa de dibujo fue a través de Autocad (programa de referencia en la actualidad), desarrollando el diseño de unos elementos de mobiliario urbano para playas. El trazado de cada línea suponía una compleja introducción de datos a través de coordenadas. De color nada. Pantalla monocromo, por supuesto.

Y qué decir de la comunicación entre máquinas, eso que hoy hacemos de forma habitual pulsando sobre el comando Enviar. Pasaron unos años hasta que una mañana de invierno, y gracias a la habilidad de un ingeniero cerebrillo, lanzamos un mensaje que debía cruzar, a través del espacio digital, desde Bilbao hasta Valencia. Nos fuimos a comer, volvimos a la oficina y estuvimos en tensión esperando una llamada telefónica. A última hora de la tarde el teléfono sonó: un pequeño salto en la geografía española pero un gran salto para nuestra confianza en el nuevo mundo digital que acababa de nacer. Arrinconamos definitivamente la mesa de dibujo, el paralex y los rotrings. Las máquinas de escribir se convirtieron en objeto de anticuario. Empezaba una nueva era y nos tocó estar ahí.

jueves, 2 de agosto de 2012

CÁPSULAS


De pequeño, en mi relación con los medicamentos, mis bestias negras no eran ni las inyecciones ni los supositorios. Eran las cápsulas. Esos diminutos artefactos, normalmente bicolor, que había que tragarse sin rechistar. Y ahí radicaba el problema, en tragar. Vasos y vasos de agua pero aquello no pasaba. No había manera. Los músculos de la garganta se contraían y la cápsula se atascaba.
Hoy en día la mecánica del tragar está ya superada. Tengo en mi mano izquierda una preciosa cápsula azul y blanca dispuesta a iniciar su viaje hacia mis entrañas, y en mi mano derecha ese papelito plegado que conocemos como prospecto. La letra es pequeña así que tengo que enfocar alejándolo un poco:

“Información al usuario.
Debido a la presencia de la piridoxina en su molécula desarrolla una actividad coenzimática complementaria de las aminoferasas o transaminasas y de las decarboxilasas. Solamente nombraremos a las más importantes bajo el punto de vista del metabolismo cerebral; las que decarboxilan la histidina a histamina, las de la dopa a dopamina, las del ácido glutamático a gaba y las del 5-hidroxitriptófano a serotonina.”

¡Vaya!, menos mal que es la información al usuario. Esto promete. Pero parece que lo más interesante viene ahora, en las “acciones a destacar”:

“Efecto anticonvulsivante, frente a convulsiones provocadas por Bemegride, semicarbacida y tio-semicarbacida. Mejor control del estímulo exteroceptivo en animales de experimentación que se producen ante estímulos discriminativos luminosos o acústicos, caja de Skinner. Aumento de la performance en los animales de experimentación y protección contra la toxicidad del éter, metoxifluorano, ketamina, fluotane, etc.”

Me empieza a temblar la mano izquierda, la de la cápsula. ¿Me la tomo o no me la tomo? Para salir de dudas decido ir directamente al último apartado:

“Contraindicaciones, incompatibilidades y efectos secundarios.
No se han descrito.”

Pues ¡hala! ¡Para dentro!