martes, 20 de septiembre de 2011

GRAHAM DALTON

Ordenando unos archivos de fotografías he encontrado una fechada el 18 de Junio de 2007 en la que estoy junto a Graham Dalton en el puerto deportivo de Getxo. Seis meses antes de que se hiciera esta fotografía yo no sabía quién era este hombre. Y un mes antes les contaba a mi mujer y a mis hijos en la cocina de casa mientras cenábamos la historia de Graham Dalton durante su participación en la regata Velux 5 Oceans, regata vuelta al mundo de veleros para navegantes solitarios. Creo que ha sido una de las pocas ocasiones en que mis hijos me han visto llorar, mientras les indicaba sobre un mapa de la regata que había pegado en la pared la ruta que su barco había llevado. Esa regata tuvo para mí muchas historias encadenadas y algunos de los momentos más emocionantes en mi relación con el mar, pero hoy me voy a centrar exclusivamente en nuestro hombre y en su periplo a través de los océanos. Voy a intentar relatarlo de forma casi telegráfica:
-          Dalton, marino neozelandés, llevaba 40 de sus 54 años pensando en circunnavegar el globo en solitario.
-          Mientras construía su barco para la regata (un open 50, más pequeño y menos veloz que los open 60 que conformaban el resto de la flota) su hijo Anthony, de 23 años, murió de cáncer. Antes de morir le pidió que siguiera adelante con su proyecto. Dalton bautizó el barco con el nombre de “A southern man” (Un hombre del sur) en homenaje a su hijo y colocó en el casco su fotografía y sus iniciales, AGD.
-          Su prólogo de regata desde Estados Unidos hasta Europa fue accidentado ya que en su aproximación al puerto de Getxo, y sólo tres días antes de la salida de la regata, atravesó un fortísimo temporal que le obligó a retrasar la salida cinco días.
-          En su descenso por el Atlántico se vio obligado a detenerse en Porto Santo (Madeira) para reparar el timón.
-          Navegando ya por los mares del sur tras haber doblado el cabo sudafricano de Buena Esperanza tuvo que detenerse también en las remotas islas Kerguelen por la rotura de una vela.
-          Antes de llegar a Australia, una tormenta con vientos de más de 150 km/h le llevaron a llamar a través del teléfono vía satélite a su casa para despedirse, porque creía que no iba a ser capaz de superar el temporal que le estaba destrozando a él y a su barco. Pero nadie respondió a su llamada.
-          Logró finalizar la primera etapa en Australia con las velas hechas jirones y graves desperfectos en el resto del barco. Su mujer le comunicó que le habían detectado un cáncer. Por eso su llamada no había tenido respuesta. Al no contar con ningún patrocinador oficial como el resto de participantes en la regata, no disponía de ningún equipo de apoyo en tierra para reparar el barco. Un grupo de gente voluntaria le ayudó y pudo zarpar iniciando la segunda etapa.
-          Al poco de tiempo tuvo que recalar de nuevo en puerto ya que una fuga de combustible había echado a perder buena parte de sus provisiones.
-          Nada más atravesar el cabo de Hornos en su regreso al Atlántico se fracturó dos dedos y una nueva avería le obligó a parar en las islas Malvinas.
-          Más tarde se volvió a romper el timón frente a las costas de Brasil y tuvo que atracar en Fortaleza. Sufrió una grave gastroenteritis y mientras se recuperaba su barco fue asaltado por unos ladrones que se llevaron todo el equipamiento electrónico de navegación.
-          Cuando iba a zarpar de nuevo, observó que la quilla del barco había perdido el bulbo (contrapeso de más de mil kg.). Buscó en tierra un taller metalúrgico y construyó un nuevo bulbo zarpando en unas condiciones bastante precarias.
-          Una nueva tormenta destrozó una de las velas así como el piloto automático, lo que le obligó a una nueva parada, en esta ocasión en las islas Bermudas.
-          El 25 de Abril entró en el puerto de Norfolk, final de la segunda etapa, pero fuera del tiempo establecido por la organización por lo que resultó descalificado.
-          Ya sin ninguna limitación temporal Dalton se tomó tiempo para reparar el barco y el 31 de Mayo zarpó definitivamente desde la costa de Virginia rumbo a Bilbao.

18 de Junio. Madrugada del domingo al lunes. Para muchos, la noche de la salvación del Athletic, que había estado a punto de bajar a segunda división. Para unos pocos, la noche en que Graham Dalton llegó al puerto de Getxo a bordo de su velero “A southern man”, culminando su particular vuelta al mundo. Media docena de barcos salimos hacia las 02.30 h. a su encuentro. Era una noche estrellada. Cuando llegamos a puerto nos dijo:
“En todo mi viaje he estado acompañado por mi hijo. Él ha pasado conmigo los momentos buenos y los momentos malos. Hemos llegado hasta aquí y hemos conseguido nuestro objetivo. Ahora puedo dejarle marchar”.
Vuelvo a mirar la fotografía, su profunda mirada hacia el cielo. Y vuelvo a llorar.



LA INSPIRACIÓN DE KRIER

Robert Krier, arquitecto y escultor centroeuropeo, se ha sumado a la pléyade de arquitectos foráneos que han ido dejando su huella en el nuevo Bilbao. Su edificio de viviendas, cerrando la nueva Plaza de Euskadi, ya aparece reluciente tras la retirada de los últimos andamios. El emplazamiento de su proyecto es estratégico: por un lado, dando fachada a esta nueva plaza sobre la que se erige la Torre Iberdrola de César Pelli, y por el otro, asomándose al parque de Doña Casilda, uno de los emblemas del ensanche bilbaíno, y dialogando con el Museo de Bellas Artes. Un lugar “emblemático” o “privilegiado” para el desarrollo de un proyecto con el que todo arquitecto sueña. Krier no engaña a nadie con su arquitectura. Ya conocemos desde hace muchos años cuáles son sus claves y sus postulados. Por lo tanto no pretendo desvelar aquí nada nuevo al respecto. Vaya por delante, y para poner mis cartas boca arriba desde el principio, que su arquitectura me interesa poco. Pero es ese tipo de arquitectura que resulta “vistosa” para parte del gran público y que, enfrentada (nunca mejor dicho) a otro tipo de arquitectura tan alejada conceptualmente como el nuevo rascacielos acristalado que le da sombra o el propio museo Guggenheim, por poner dos ejemplos, genera un cierto estado de opinión y de debate a nivel ciudadano sobre la idoneidad de una arquitectura o de otra. Lo que me molesta del proyecto de Krier es que sea tramposo, que su autor diga que se ha inspirado para su edificio de viviendas en los excepcionales edificios de nuestro ensanche de principios del siglo pasado. Su afirmación no resiste un mínimo análisis comparativo: si algo caracteriza a los edificios de nuestro ensanche es la solidez, su robustez constructiva, que en la obra de Krier no aparece por ningún lado. No respeta la parcelación completa de manzana sino que plantea  una especie de “parcelación gótica” más propia de nuestro histórico casco viejo como bien apuntaba una colega, no respeta siquiera la continuidad de los remates de cornisa, utiliza un catálogo inagotable de huecos de ventanas, miradores, arcos, molduras que no responden en absoluto a la claridad compositiva de los proyectos del ensanche ya sea en sus variantes historicistas, eclécticas o racionalistas. En definitiva, Krier hace su arquitectura, la que ha venido haciendo siempre. Por tanto “que no nos venda la moto” de sus paseos por la ciudad cámara en mano para inspirarse en el espíritu del ensanche bilbaíno. A no ser que su mecanismo de inspiración sea por negación, por contraste. Pero un dato lo delata definitivamente: su proyecto resulta sospechosamente similar al que realizó hace unos años en el barrio de Txurdinaga. ¿También para aquel proyecto se inspiró en el ensanche? ¿Se dan unas condiciones de entorno equivalentes en ambos proyectos? Te hemos pillado Bob. Entiendo que cuando se presenta un proyecto de estas características hay que venderlo de alguna manera - recuerdo a Ricardo Legorreta presentando la maqueta del edificio del nuevo Hotel Sheraton en Abandoibarra pretendidamente inspirado en las esculturas de Eduardo Chillida ¿?? – pero ya empezamos a ser mayorcitos para estas trampas tan burdas.
Hace unas semanas me contaron una anécdota que viene al pelo. En una de las últimas visitas de obra del citado César Pelli, en conversación con dos colegas bilbaínos con responsabilidades en los procesos urbanísticos y arquitectónicos de nuestra ciudad (no voy a revelar sus nombres por discreción), uno de ellos se lamentaba porque vive en un piso de un edificio histórico que se encuentra frente al que estamos haciendo referencia:
- Ahora, cada vez que salgo al balcón veo ese edificio horripilante, y no puedo con ello.
A lo que Pelli, desde su octogenaria lucidez le respondió:
- Tienes una solución muy sencilla. Vende tu piso, compra un nuevo piso en el edificio de Krier, y así cada vez que te asomes a la ventana disfrutarás viendo tu anterior edificio que tanto te gusta.
Desconozco el final de la historia.
De cualquier manera, al ser una obra que está dando tanto juego  a la opinión y a la controversia se merece, creo yo, que le pongamos un nombre, un apodo o “mote”, algo que no es nuevo en nuestra ciudad. A lo largo del tiempo tenemos ejemplos como “la Bombonera” (Teatro Campos Elíseos), “las casas americanas” (viviendas municipales en Deusto), o “la casa de Gaudí (que no es de Gaudí). Desde luego su nombre oficial, Arklass, aparte de impronunciable es poco emotivo.
Ayer caminaba por una calle de Bilbao y me detuve ante el escaparate de una agencia inmobiliaria. En él lucía impecable una maqueta del edificio Arklass junto a información sobre programas de viviendas, superficies, precios, posibilidades de financiación… Seguí caminando y unas manzanas más allá me deslumbró la cúpula dorada del Arklass, y entonces lo entendí todo. Es también una maqueta. No es un edificio real. Es una maqueta de cartón a escala 1/1 muy bien ensamblada y pintada. ¿O no?
Bueno, ya había puesto mis cartas boca arriba desde las primeras líneas y quizás por ello sorprenda lo que ahora voy a decir. Robert Krier es un arquitecto necesario. Si no existiera habría que inventarlo. Y si el Arklass no existiera habría que construirlo de inmediato. En definitiva, su proyecto es un edificio necesario para Bilbao. ¿Por qué? Porque hace mejores, mucho mejores, a “nuestros edificios del Ensanche”.